DIEGO MARÍA CREHUET DEL AMO (UN JURISTA EN LA LITERATURA)

– I – Introducción y Fuentes.

Con harta frecuencia, las biografías de los hombres notables no son más que relatos circunstanciados de unas vidas corrientes, a las que se han añadido algunas dosis de apología elogiosa, un amago de análisis psicológico – con algún incipiente desequilibrio mental -; quizá, algo de intriga política o religiosa, para dar mayor interés al argumento, y los indicios o sospechas de ciertos desvíos sexuales. Todo ello empastado en una base bien amasada de historia local o nacional, dependiendo del relieve que se quiera dar al biografiado, que le sirva de fundamento literario para lograr un molde en el que recortar y resaltar su figura.
En estos relatos sobre vidas singulares que buscan, como las antiguas hagiografías, crear paradigmas para un mundo moderno y cambiante, se suelen mezclar sustancias que pertenecen a la naturaleza de las personas, a sus circunstancias familiares e individuales, con elementos entresacados de lo que cada uno representa en su contexto social o laboral, para hacerlo resaltar sobre un montón de datos y problemas latentes en el trasfondo político, cultural o económico de cada época, que den color y credibilidad a las distintas fases y momentos de cada peripecia vital.
Un hombre o una mujer son “notables” cuando se han hecho notar a lo largo de sus vidas. Cuando resaltan y sobresalen de la escenografía histórica que les sirvió de fondo de pantalla, por sus acciones y creaciones o por el papel destacado y singular que desempeñaron en el decurso de su existencia. Por eso, el biografiador, ha de empastar con colores más fuertes y contrastados aquellos aspectos que los diferenciaron del común de sus coetáneos; y, al tiempo, a veces, también tenga que difuminar con veladuras y “sfumatos” leonardescos ese trasfondo social o familiar para que resalten más las líneas y ángulos que los caracterizaron como individualidades extraordinarias.
En el caso de don Diego María Crehuet del Amo, a quien vamos a dedicar estas páginas con los rasgos más notables y destacados de su biografía, no es necesario difuminar el fondo para que resalte su figura; pues, el viejo Cáceres de finales del siglo XIX y de la primera mitad del XX, era ya una ciudad un tanto neutra, anodina, provinciana y con escasos impulsos creativos en la mayoría de su escasa población.

      

Vista parcial de Cáceres a comienzos del siglo XX,
      desde el camino que ascendía a La Montaña.

Si exceptuamos a aquellas honrosas minorías de intelectuales – ensayistas, polemistas, pensadores y poetas – que animaban las páginas de los enjundiosos periódicos y revistas literarias, editadas en y para círculos muy reducidos, la mayoría del vecindario se situaba al margen de las inquietudes estéticas o filosóficas que rebasaban las simples necesidades de supervivencia; pero la pequeña élite, consciente e insatisfecha de la realidad urbana, se lamentaba con versos y proclamas de cierta originalidad y rebeldía, reivindicando, en tono menor, esa situación social, cultural o económica de la ciudad, que siempre aparecía moviéndose en los márgenes de la escasez y el subdesarrollo.
Aún así, estos círculos literarios o políticos – nacidos y germinados en las bases de la pequeña burguesía cacereña – se mostraban siempre sumisos a los parámetros normativos que imponía el catolicismo más acendrado. Acatando, sin críticas ni discusiones, el sistema político implantado por la reciente “Restauración” de una monarquía conservadora y militarizada; manteniendo en sus usos y costumbres familiares los rígidos mandamientos de las “clases acomodadas” – o de las “gentes de bien” – que eran frecuentemente los argumentos escogidos por la mayoría de los escritores para sus cuentos o novelas.
Cualquier disidencia de estos parámetros sociales, o cualquier excepcionalidad en la aceptación de estos mandamientos, creaba una notoriedad personal que hacía sobresalir a los rebeldes por encima de la mediocridad reinante, y los convertía en individualidades destacadas, que cobraban pronto fama y prestigio.
En este largo período en el que se desarrolló parte de la vida del joven Diego María en Cáceres, la ciudad pasó de ser un poblachón de escaso vecindario, dedicado a la explotación de las huertas del Marco, o a cuidar de una pobre ganadería en establos y corrales extendidos por toda la trama urbana, con algunos artesanos y servidores domésticos, dependientes u obreros que mantenían un régimen económico atrasado y casi miserable; a ser una floreciente “capital” de provincia, con nubes de funcionarios de la Administración local y provincial; profesores del Instituto de Segunda Enseñanza; tenderos y comerciantes establecidos en los aledaños de la Plaza Mayor; y, muy especialmente, abogados, procuradores, fiscales y magistrados de la Audiencia Territorial de Extremadura, que ejercieron una notoria influencia en los ámbitos de esta incipiente burguesía y en el futuro profesional de muchos estudiantes.

La Plaza Mayor cacereña en las primeras décadas del siglo XX
era el centro de la vida social, económica y cultural de la ciudad.

Abogados, profesores y funcionarios, se encontraban ensamblados en una población que creció paulatinamente, desde unos 14.000 a sobrepasar los 35.000 habitantes, más o menos; mayoritariamente huertanos, ganaderos, artesanos, servidores y trabajadores de gremio, tales como caleros, bataneros, zapateros o pintores, cuyas inquietudes intelectuales o literarias eran prácticamente nulas y un alto índice de analfabetismo; dando una estructura social irregular y contrastada en todos los aspectos del espectro estamental: desde las gentes ricas y cultas de los niveles superiores, a las masas pobres e ignorantes que formaban la extensa base vecinal.
Un vecindario, pues, incoherente en sí mismo y lleno de contradicciones, que acabaría desembocando en divisiones y enfrentamientos políticos, cada vez más violentos, y en aquella hecatombe trágica de la Guerra Civil, que tan bien conoció y padeció el joven jurista que estamos biografiando.
Sobre este abrupto e irregular paisaje social, ilustrado por agudos contrastes y desigualdades, destacaba sobre todos una élite aristocrática poderosa y bien caracterizada: una minoría de terratenientes y latifundistas titulados que ocupaban la cúspide de la pirámide cacereña, residiendo en lo más alto y encumbrado de su Ciudad Monumental; ya que todos ellos poseían y residían en ostentosos palacios y caserones del barrio antiguo, o en hermosos castillos y dehesas cercanos la propia ciudad, con abundante personal de criados y servidores.
Otros, aprovechando la fugaz prosperidad económica que daban los conflictos exteriores, en los que España era proveedora neutral de productos agrícolas o agroalimentarios, se hicieron construir vistosas mansiones de fachadas “modernistas” en los aledaños del llamado Paseo de Cánovas o en las antiguas calles de Moros, Margallo, Barrio Nuevo, plaza de La Concepción, etc., en las últimas décadas del XIX y en las primeras del XX, readaptando el estilo a los pobres materiales con que se podía contar en esta tierra.
Como en casi todas las épocas de su historia, Cáceres siguió ejerciendo un notable impulso de atracción sobre gentes foráneas que veían en la ciudad un remanso de sosiego urbano y una promesa de prosperidad en los diversos ámbitos de la naciente economía. De ahí que a lo largo de los siglos XIX y XX numerosas familias francesas, catalanas, castellanas o de otras procedencias se asentasen en sus barriadas y colaciones, como lo habían hecho en las edades pretéritas. Los Crehuet fueron una de esas sagas foráneas que echaron raíces profundas en las empedradas y empinadas calles cacereñas, como los Calaff, los Michel, Busquet, Uribarris, Ibarrolas, Baudesson, Canales, Casati, etc. que vivieron y convivieron durante los avatares y secuencias de los dos últimos siglos, integrándose sin fisuras en el vecindario más castizo de este municipio.
La pulsión vanidosa de autocomplacencia que conlleva siempre la pertenencia a una clase privilegiada, inducía a esta minoría – por lo menos a algunos de sus miembros – a escribir las viejas historias en las que aparecían sus antepasados, o las condiciones en que fueron encumbrados a la aristocracia local. Con lo que, de una forma o de otra, fueron apareciendo obras que describían y recreaban a la sociedad cacereña – siempre vista desde la altura – que son hoy las principales fuentes para conocer y encuadrar este ambiente social y cultural en que se desenvolvió la vida de don Diego María Crehuet, mientras permaneció en Cáceres.
La primera de las historias cacereñas, el famoso “Memorial de Ulloa”, responde plenamente a estos parámetros bibliográficos; pero las noticias y relaciones de los que vamos a sacar el retrato de la ciudad en los siglos XIX y XX, son mucho más actuales y numerosos.
En primer lugar debemos destacar las Fuentes Documentales de las que nos hemos servido, procedentes del Archivo Diocesano del Obispado de Cáceres, especialmente de los “Libros Sacramentales” de la Parroquia de San Mateo. También del Archivo Histórico Municipal, ubicado actualmente en el Palacio de “La Isla”, con su notable Hemeroteca de periódicos antiguos y modernos. Del Archivo Histórico Provincial de la Excma. Diputación y el Archivo de la Audiencia que se encuentra en el Palacio de Justicia.
Por razones de calidad, amplitud y garantía, para recensionar las Fuentes Bibliográficas, hemos de comenzar con las obras del erudito cacereño don Publio Hurtado Pérez, sobre todo en sus dos libros: “Ayuntamiento y familias cacerenses”, publicado en 1915, y “Tribunales y abogados cacereños”, algo anterior – 1910 – en el que intentó reflejar la situación de sus colegas juristas y la de los tribunales de la Audiencia Territorial de Extremadura, de la que él mismo era Secretario de Sala; con referencias tan firmes y completas que hacen de sus libros auténticos documentos. El hecho de que su hijo Gustavo Hurtado perteneciera, precisamente, a la misma generación que Diego María Crehuet – entre los alumnos del Instituto – nos hace pensar que sus datos y comentarios se ajustan a la más incontrovertible verdad, ya que los conocía personal y directamente.
Otra cosa eran las noticias que nuestro cronista tuviera de los antecesores remotos del joven Diego María y de su llegada a Cáceres; noticias que sin duda tomó de informaciones orales y de viejos recuerdos, con la falta de constatación que estos procedimientos de investigación histórica suelen conllevar.
Aunque nos dé menos semblanzas de las personas, en cambio Juan Sanguino Michel nos ofrece muchas más acerca de la ciudad, de su barrio monumental y de su historia, en sus cuadernos de “Notas referentes a Cáceres”, que han sido publicados recientemente, en 1996, por Ed. “Norba”. También nos ha servido para conocer mejor el Cáceres de finales del siglo XIX y comienzos del XX, el libro de don León Leal Ramos – “Ráfagas” – publicado por sus amigos y admiradores en 1960, a raíz de su fallecimiento. En él vuelven a salir a la luz una serie de columnas periodísticas y pequeños artículos, que ya se habían incluido durante años en la prensa cacereña, con escenas y retratos locales de una viveza y autenticidad extraordinaria.
Algunos notables paisanos coetáneos, hombres de la política y del periodismo, merecieron también la atención del poeta y crítico Juan Luís Cordero Gómez, en su libro “Regionalismo. Problemas de la provincia de Cáceres”, publicado en Barcelona en 1917, en el que se hacen referencias puntuales, apologéticas y elogiosas de algunos de ellos por sus coincidencias políticas con el autor. Aunque a Diego María Crehuet solo le cita de pasada, incluyendo una fotografía del personaje que nos permite adivinar su fisonomía individual; quizá porque el ilustre jurista cacereño ya no residía en la ciudad y no participaba de las mismas inquietudes sociales que el autor.
Más explícito es Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros y de San Miguel, en su libro: “La ciudad de Cáceres. Estampas de medio siglo de pequeña historia.” – Cáceres, 1953 – reeditado por el Ayuntamiento en 1999 como homenaje a tan destacado erudito de la historia local, que describe en su libro – producto también de anteriores publicaciones en la Revista “Alcántara” – la intrahistoria cacereña, por la que van desfilando numerosos miembros de la familia Crehuet en distintos momentos y secuencias de la vida ciudadana; siempre que tuvieran relación con las vivencias personales del propio Miguel Muñoz de San Pedro, que eran el principal argumento de sus escritos; pues no es éste un libro de Historia, en el estricto sentido del término, sino una recopilación de recuerdos, de costumbres perdidas, de curiosidades y anécdotas, al que no podemos pedir rigor en los datos ni neutralidad en los juicios con los que adorna sus relatos.
En 1950, el Ilustre Catedrático de Derecho Penal y Magistrado del Tribunal Supremo don Federico Castejón presentaba en Madrid un voluminoso libro homenaje: Obras de Diego María Crehuet, en nombre de los Colegios de Notarios, Secretarios de Sala, Fiscales, Magistrados del Tribunal Supremo y de la propia Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, en el que se incluían casi todas las obras completas de tan destacado jurista, cuando estaba ya jubilado desde 1945 y frisaba los 77 años de edad. En este libro se encuentran datos e informaciones insustituibles para puntualizar muchos datos y circunstancias de su vida profesional y literaria, sus ideales sociales o religiosos, las bases en las que asentó su acción jurídica como Fiscal y como Magistrado del Tribunal Supremo de España.
Otras referencias muy puntuales – esporádicas, en cuanto que no se estructuran cronológicamente – también las encontramos en los dos voluminosos libros del notable reportero de la vida cacereña Germán Sellers de Paz: “Cáceres visto por un periodista”. Cáceres, 1964 y “La prensa cacereña en su época: 1810 – 1989”. Cáceres, 1997; en los que se recogen los escritos y discursos publicados en la prensa local de don Diego María y los periódicos que dirigió su hermano Gregorio, que fue hombre dedicado al periodismo en los ratos libres que le dejaba su ocupación como Contador de la Diputación Provincial. Aunque, frecuentemente, confunde Sellers a Diego Crehuet Guillén con su hijo Diego María Crehuet del Amo, creando con ello cierto desconcierto entre ambos personajes.
Otros dos notables periodistas: Domingo Tomás Navarro y su esposa y colaboradora, Luisa Fernanda, fueron recopilando datos y noticias de Cáceres a lo largo del siglo XX y publicándolos en el Diario “Extremadura”, entre 1972 y 1974 en una serie de amplias y variadas referencias de la vida local, que titularon “Cáceres: Su pequeña historia. (1901 – 1970)”, ilustrando magistralmente la vida política, cultural, literaria y religiosa, sin faltar anécdotas curiosas, “notas de sociedad” de la época y otros datos de enorme interés y oportunidad para entender y estudiar la sociedad de esta época. En ocasiones, incluso, el protagonismo de los grandes titulares periodísticos le correspondió a Diego María Crehuet – en los momentos en que fue objeto de acontecimientos noticiables o en la recopilación posterior – y en las columnas recuadradas en las que se incluían los datos biográficos de las grandes personalidades del momento, también se incluyó la suya, junto a las de otros relevantes cacereños; que, sin duda, merecerían también biografías más amplias y mejor redactadas.

Número Especial de la Revista ALCÁNTARA con los homenajes
a Luis Grande Baudessón y Diego María Crehuet de 1956.

Pero, muy especialmente, nos hemos apoyado en el número monográfico que la Revista “Alcántara” publicó en 1956 – Año XII, nº 99, 100 y 101 – como homenaje a los dos ilustres paisanos y juristas: don Luís Grande Baudesson y don Diego María Crehuet del Amo. Figuras ambas relevantes en la vida cultural y política de la ciudad a comienzos del siglo XX, que habían desaparecido ambas en los primeros meses de ese mismo año; y que representaban, con otros escritores y juristas del momento, la segunda oleada de intelectuales cacereños caracterizados por un deseo conservador tradicionalista – en el caso de Grande Baudessón – o renovador y progresista – en el caso de Crehuet del Amo – que podemos encuadrar en el incipiente “Regeneracionismo” político que sucedió a la Generación del 98.
La amplia semblanza de Luis Grande Baudessón le correspondió hacerla al inolvidable don Valeriano Gutiérrez Macías – que hace poco nos abandonó también, silenciando su fértil pluma – con la riqueza de datos y detalles con que solía acompañar sus escritos. La de Diego María Crehuet la escribió don Ildefonso Alamillo Salgado, Fiscal General del Estado y sucesor en tan alta magistratura al propio Crehuet. Cacereño también, con destacado perfil de ilustre jurista, que como su antecesor fue hombre de profundas convicciones religiosas y de dogmas culturales e históricos sacados de la obra – entonces verdadero “catecismo” de la intelectualidad católica – de don Marcelino Menéndez y Pelayo; que le hicieron desdeñar, en su articulo, “… las ásperas y abstrusas concepciones krausistas…” Ya que solamente aprendió en la Universidad “doctrinas tradicionales de ciencia española, libre de contaminación.”
Don Diego María, que había dedicado su fértil existencia a la Jurisprudencia y al Derecho – terrenos quizá áridos y poco proclives a la fantasía o a la creación – supo adornar esta profesión con delicados toques de brillante literatura. Con acertados análisis literarios de obras jurídicas o con interpretaciones procesales y penales de obras teatrales o poéticas del pasado; a las que dio una nueva dimensión y una nueva lectura. Y, junto a ello, desahogó también su inventiva en pequeños cuentos, narraciones e historias en las que vertió lo más característico de su mentalidad social y de su cultura religiosa.
Muestras de esta vena creativa, que tanto nos dice de su personalidad y de su cultura, la encontramos en la “Revista de Extremadura”, en la que colaboró desde sus primeros números, en 1899, y mientras sus obligaciones profesionales le mantuvieron en Arroyo del Puerco o en Cáceres. Igualmente colaboró en la revista “Extremadura Literaria” que dirigía don Pedro G. Magro, y en cuyo Consejo de Redacción figuraban: Publio Hurtado, Luís Grande Baudessón, Diego María Crehuet, Francisco Belmonte (“Higinio de Balmaseda”), Federico Reaño (“Edmundo”), Enrique Montánchez (“Ripiosín”), Juan Luís Cordero (“H. de X”) y Luís Marcelo (“Locemar”), que comenzó a publicarse en 1909, con una periodicidad mensual, de la cual sólo vieron la luz los tres primeros números.
Para ilustrar las variadas secuencias de la vida de don Diego María Crehuet hemos recurrido a los espléndidos fondos fotográficos del Archivo Histórico Municipal, recientemente adquiridos a la familia de Juan Ramón Marchena, que hoy forman ya parte del patrimonio iconográfico del Cáceres Antiguo más completo de la ciudad.
“Un personaje, una época…” como dice mi admirado maestro, don Manuel Fernández Álvarez en una de sus espléndidas biografías históricas, en este sentido, podemos afirmar que donde mejor encajó la personalidad y la obra de nuestro excepcional magistrado fue en ese momento cambiante, desestructurado e innovador que le toco vivir. Aunque, en realidad, fuera el contrapunto de las posturas y postulados que empezaban a dominar en la escena política, cultural y ética de la difícil España de entonces.
Solitario, misógino, de profundas convicciones católicas y con un sentido liberal y dialogante en lo político, para nuestra propia época y para nuestra forma de entender la vida y la convivencia, la figura de Diego María Crehuet y su mentalidad no sea el paradigma deseado. Pero, sin duda, para entender a Cáceres y su pasado histórico, las biografías de toda esta generación de escritores, pensadores y poetas, entre los que se movió don Diego María, resultan absolutamente imprescindibles e inevitables.
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– II – El comienzo de una saga.

Por los datos que nos ofrece Publio Hurtado en su libro, ya citado: “Ayuntamiento y familias cacerenses” – Cáceres, 1918 – aunque a veces sus referencias sean erróneas o imprecisas por la lejanía de la época que quiere reflejar – la saga de los Crehuet debió llegar a Cáceres a comienzos del siglo XIX, cuando don Gonzalo María de Ulloa y Queipo de Llano, conde de Adanero y marqués de Castro Serna, latifundista de los más acaudalados de la provincia, que era además Regidor del Concejo cacereño, Alcalde, Diputado y Senador, se trajo como administrador de sus posesiones a Antonio Jacinto Crehuet, un comerciante catalán de San Juan de Las Abadesas, en el obispado de Vich, instalado con su esposa Teresa Requena, de procedencia zamorana, en la ciudad castellana de Medina del Campo, próxima a Valladolid, que era desde antiguo núcleo del comercio y de prósperas ferias de lanas y ganados .
Incluso es posible que, andando el tiempo, llegasen a Cáceres, atraídos por su pariente, otros hermanos y familiares que se establecieran en la ciudad. O que viniesen, como ya había ocurrido con otras familias foráneas, a causa de la Guerra de Independencia o de la “desamortización” de las inmensas riquezas y predios de la Iglesia, que atrajo a Extremadura a nuevos compradores y poseedores de tierra.

Los primeros miembros de la familia Crehuet
llegarían a Cáceres bajo la protección del Conde de
Adanero Don Gonzalo de Ulloa Queipo de Llano.

Antonio Crehuet debió venir ya con varios hijos, de los cuales el mayor era un joven llamado Gregorio Crehuet Requena, que contaba posiblemente con 18 o 20 años en 1816, cuando llegó a Cáceres con sus padres. Posiblemente también otro llamado Prudencio y otro Joaquín, los cuales sólo aparecen citados en algunos de los libros sacramentales de difuntos de la parroquia de San Mateo, en Cáceres, única base documental con la que podamos constatarlo.
Gregorio sucedió a su padre en la administración de los bienes y posesiones del Conde, cuando aquel murió en los primeros años del siglo XIX. Este joven administrador de don Gonzalo de Ulloa, a quien el Conde había cedido una de sus casas en la llamada Cuesta de Aldana , contrajo matrimonio con la joven Catalina Guillén Muñoz, natural de Ibahernando – pueblo en el que debieron celebrar la ceremonia religiosa – de la que, como era habitual por aquellas fechas, tuvo numerosa descendencia. A los 58 años, ya viudo de Catalina, murió en Cáceres el 14 de enero de 1855, según quedó registrado en el Libro de Difuntos de la Colación Parroquial de San Mateo .
Su generoso protector le había confiado también la administración de los “Bienes de Propios” del Concejo cacereño, que eran entonces extensos y muy ricos; con fincas y dehesas como “La Zafra”, “La Zafrilla”, la “Sierra de San Pedro” y otras menores que cubrían la mayoría del término municipal; cuyos arrendamientos anuales para aprovechar la montanera, saca de corcha y leña, pastos y agostaderas, etc. cubrían sobradamente con sus ingresos los pequeños gastos que ocasionaba la vida pública local, a la que tenía que hacer frente el Municipio; al tiempo que el Administrador obtenía pingües porcentajes por su recaudación y custodia.
Siguiendo las escasas noticias que nos da Publio Hurtado sobre estos primeros Crehuet cacereños, y completándolas con las que figuran en los “Libros Sacramentales” de la parroquia de San Mateo – a la que pertenecieron, por residir en la zona alta del barrio monumental – Gregorio Crehuet tuvo, al menos, cinco hijos varones que ocuparon importantes y destacados puestos en la Universidad y en la Administración. El mayor fue Diego Pedro Lorenzo Crehuet Guillén, que sería apadrinado en la pila del bautismo por el mismo Conde de Adanero; que sucedió más tarde a su padre en la administración de las numerosas fincas de su protector y en las del Ayuntamiento.
Había nacido en 1825, y a partir de él seguirían: Ángel Crehuet Guillén, que fue Catedrático en la Facultad de Derecho de Salamanca – como se hace constar en la relación de juristas españoles -; Facultad en la que después cursaría la carrera su sobrino Diego María.
Silvano Crehuet, de quien nos dice Hurtado que fue ingeniero de Montes. Juan Crehuet, que según la misma referencia, fue Director de la Escuela Superior de Ingenieros de Montes. Terminando la lista en Higinio Crehuet, también Regidor del Concejo en 1881, que gozó en Cáceres de fama por ser un hombre ocurrente e ingenioso, y que moriría soltero el 14 de agosto de 1886 .
Como datos curiosos – que en poco se relacionan con el ilustre jurista y destacado escritor que aquí estamos estudiando – don Publio nos dice en su libro que una aplaudida actriz de la época sería Carmen Crehuet Rodríguez, nieta del citado ingeniero de Montes, don Silvano. También cita a un sacerdote, don Hilario Crehuet, “capellán de vida ejemplar”, y añade a otros individuos, de oficio carpinteros, que no hemos podido referenciar ni documentar.
La siguiente generación – ya plenamente enraizada en la vida cacereña – vendría de la rama iniciada por Diego Pedro Lorenzo Crehuet Guillén, nacido – como ponemos arriba – en 1825 en la Colación de San Mateo y ahijado del Conde de Adanero. Este había sucedido a su padre en la Administración de la Casa de Ulloa y en la Concejalía del Ayuntamiento desde 1876. Es decir, desde el momento histórico en que se había producido la “Restauración” borbónica en la figura de don Alfonso XII, que fue festejada largamente por el vecindario cacereño en enero de 1875 , cuando se solemnizó en Madrid la proclamación real.
Diego Crehuet Guillén ya figura en las relaciones de alumnos del Real Colegio de Humanidades de Cáceres en 1835, cuando contaba apenas con diez años, junto a otros nombres ilustres de la época, como Gabino Tejado, erudito y destacado editor establecido en Madrid, que publicaría por primera vez las obras de don Juan Donoso Cortés. Francisco Hernández Pacheco, procedente de Alcuéscar, antecesor a su vez de una destacada saga de científicos y catedráticos que habían de dar gran lustre a Extremadura. Antonio Hurtado Valhondo y su hermano Antero, también inspirados poetas y escritores cacereños – antecesores directos del tan mentado Publio Hurtado, hijo de Antero y sobrino de Antonio – que siguieron en el Real Colegio estudios secundarios de Latinidad, Metafísica, Matemáticas y Filosofía Moral; lo que les daba acceso a la Universidad de Salamanca, como Bachilleres en cualesquiera de estas materias, si deseaban seguir estudios superiores en Artes, en Derecho Civil y Canónico o en Filosofía. Algunos también escogerían la Universidad Complutense de Madrid, especialmente si deseaban hacer carrera en las ramas de Ciencias – Geología, Botánica o Física – en las que algunos de ellos destacaron incluso como Catedráticos de Universidad.

Fachada barroca del antiguo Instituto Provincial de
Segunda Enseñanza, que había sido noviciado de los
Jesuitas en el siglo XVIII.

En 1839, por Real Decreto de la Reina Gobernadora y Regente de España, doña María Cristina de Borbón, viuda de Fernando VII, se creaban los cinco primeros Institutos Provinciales de Segunda Enseñanza de todo el Reino, entre los que se encontraba el de Cáceres, con lo que desaparecía el Real Colegio de Humanidades y se transformaba en un Instituto de larga y fructífera vida académica, en el que estudiarían todos los miembros de esta familia que tuvieron su residencia en nuestra pequeña ciudad.
El tronco principal de este frondoso árbol genealógico podemos considerar que ya crecía y se ramificaba entre el vecindario cacereño, cuando Diego Crehuet Guillén contrajo matrimonio con la joven María del Carmen Petra del Amo, natural de Mérida, en quien engendró también numerosa prole.
El mayor de los hijos de los que tenemos noticia cierta, fue Gonzalo Francisco de Sales, nacido el 29 de enero de 1859, al que se puso el nombre del protector y señor de su padre, don Gonzalo de Ulloa, que seguramente fue su padrino de pila. De este Gonzalo Crehuet poco más podemos decir. El segundo, en orden de nacimiento, fue Cayetano, nacido en 1861. Debió ser joven de delicada salud pues a los 24 años entregó su alma a Dios, el 6 de noviembre de 1885. Le continuó Catalina, que casaría con el notable terrateniente y político José Trujillo Lanuza, de quien tuvo igualmente numerosa descendencia.
Gregorio Antonio Demetrio María del Carmen fue el cuarto, que vino al mundo en 1865; Publio Hurtado cita a un Antonio Crehuet que fue comandante de Infantería, pero la costumbre de poner a los nuevos cristianos varios nombres de santos y santas para segurar su protección y amparo, repitiendo varios de ellos en cada nuevo infante, hace difícil distinguir por el orden de sus epónimos entre unos hijos y otros. Anterior a este Antonio nacería Amalia, de la que tampoco poseemos mayores noticias, sino que contrajo matrimonio en Villanueva de La Serena. A ésta seguiría Diego Fabián Sebastián María del Carmen – y otros varios nombres más, como era habitual en los bautizos de entonces – que fue cristianizado en 1873 – protagonista de nuestra biografía. Finalmente, Diego Martín Cayetano María del Carmen, el más joven de los hermanos, que nació en 1874 , según figura en el Libro de Bautismos; que fue apadrinado por su hermano Cayetano, al que citábamos en segundo lugar. Este Diego Martín, que sería más tarde funcionario municipal, fue el que más tiempo convivió con Diego María y su señora madre, cuando marchara a residir a Madrid.
Pocos años después, el 16 de enero de 1886, con sesenta años, moría en Cáceres don Diego Crehuet Guillén dejando seis hijos vivos, puesto que los dos mayores desaparecieron antes que él.
Excepto Diego María, que permaneció soltero toda su vida, todos los demás miembros de la familia tendrían abundante descendencia y nuevas ramas genealógicas que hoy permanecen y conviven dentro del vecindario cacereño.
La prolongada etapa histórica del reinado de Isabel II fue, pues, para Diego María una etapa de juventud y formación estudiantil que pasó en Cáceres, entre el viejo Noviciado de los jesuitas – en donde se encontraba el Instituto – y su residencia familiar de la Puerta de Mérida, donde vivían sus padres y los hermanos que aún estaban solteros. En esta larga temporada de adolescencia y aprendizaje maduraron, sin duda, sus cualidades personales, sus relaciones de amistad y las raíces de su vida profesional futura.

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III .- Formación y personalidad.

Entre los expedientes académicos del alumnado que se conservan en el Archivo del Instituto de Segunda Enseñanza se pueden encontrar los de varios de los hijos de Diego Crehuet Guillén, aunque los datos que tiene estos expedientes no son abundantes ni reveladores. El mayor de los hijos que aparecen como matriculados en el Centro es Gregorio, nacido el 14 de octubre de 1865; que terminó sus estudios de Bachillerato en 1881, según queda registrado en los documentos de su dossier, con dieciséis años cumplidos . Ya no siguió otros estudios universitarios, sino que ingresó en la Diputación Provincial – suponemos que por oposición o por la notoria influencia social de su padre en los ámbitos políticos locales – en 1888, con 23 años, como Contador de los Fondos Provinciales; permaneciendo ya en este puesto administrativo hasta el final de sus días.
Fue Gregorio Crehuet hombre inquieto, comprometido y preocupado por los avatares políticos del momento. En 1895 – según nos dice Germán Sellers en su voluminoso trabajo. “La Prensa cacereña en su Época (1810 – 1990)” – dirigió el periódico “El Heraldo de Cáceres” junto a Juan Jacobo de La Riba, que era de tendencia conservadora y estaba muy ligado a la minoría aristocrática que controlaba a los partidos dinásticos. Partido Conservador o “canovista” que en el distrito electoral de Cáceres era casi el único que obtenía diputados, merced a los modos y métodos del “caciquismo” reinante.
La permanencia de Gregorio Crehuet en esta línea conservadora fue muy corta, debido a su mentalidad rebelde y a su talante liberal y progresista, también heredado de su progenitor, que siempre estuvo encuadrado en los ideales políticos del Conde de Adanero y de los miembros de la dinastía de los Ulloa.
Apenas unos meses después, el 15 de julio de 1895, junto con Manuel Uribarri Paredes – padre del que fuera joven malogrado escritor Felipe Uribarri, creador del famoso “El Gazpacho” – fundaron “El Norte de Extremadura”, órgano del Partido Liberal Democrático “canalejista”, que lideraba don José Trujillo Lanuza – su cuñado – en el que tampoco acabó de acomodarse el espíritu inquieto y crítico de este Contador de fondos de la Diputación.
Algo menor en edad era Diego María, que también curso sus primeros estudios en el Instituto, coincidiendo con notables profesores y catedráticos que dejaron huella en su formación y en su personalidad . Posiblemente, el más destacado iba a ser don Nicolás Carbajal y Cabrero, de nacencia zamorana, que impartía la materia de “Retórica y Poética”, siendo también por algunos años Director del centro educativo. Don Nicolás era hombre de profundas convicciones religiosas, conservador a ultranza y garantía de orden, lo que le valió ser nombrado como Alcalde de Cáceres desde 1895 a 1897.
También cabría destacar a don Nicolás González Garrido, médico de prestigio y Catedrático de Ciencias, que era el Secretario del centro; a don Ladislao Martín García, uno de los máximos contribuyentes a la Hacienda Pública del censo cacereño; o don Enrique Montánchez Campos, que le enseñó “Latín y Castellano”, siendo el padre de uno de los jóvenes poetas locales – “Ripiosín” – con los que tanto colaboró Diego María en las revistas literarias de la época.
Por estos mismos años, aunque en distintos cursos, también recalaban en el Instituto otros muchachos cacereños de distinguidas familias que fueron compañeros y amigos de Diego María. Quizá el más significado y con el que conservo una relación más completa sería Luis Grande Baudessón , que estudiaría la abogacía, como él, y mantendría también esa difusa afición literaria que les hizo colaborar en diversos proyectos editoriales. Gustavo Hurtado Muro , del que ya hemos hablado, hijo de don Publio Hurtado Pérez, que seguiría la carrera de Bellas Artes y llegaría a ser Catedrático de Dibujo Lineal y Natural, así como un destacado pintor de los paisajes urbanos de Cáceres. Ángel Sánchez Rodrigo, natural de Serradilla, que destacaría años después por editar en su pueblo aquel excelente método “Rayas” para la enseñanza de la lectura que se implantaría en toda España. Eduardo Callejo de la Cuesta , que llegó a ser Ministro de Instrucción Pública en la época del Directorio Civil de Primo de Rivera, cuando Diego María ocupó también la Fiscalía General del Estado, en Madrid. Marcelo Rivas Mateos, que también fue diputado en Cortes, destacado científico y Catedrático de Botánica en la Universidad de Santiago de Compostela y en Barcelona.
Por último, el propio hermano menor de Diego María, llamado Diego Martín, que ingresaría en el Instituto pocos años después que él, en 1886, cuando contaba 14 años. De las hijas, la mayor era Catalina que contrajo matrimonio con el notable terrateniente José Trujillo Lanuza, de quien hablaremos más adelante.
Toda una promoción de aplicados bachilleres cacereños que iban a ser testigos de las sonadas conmemoraciones del IV Centenario del Descubrimiento de América – que tanto se celebraron en Cáceres y en el Instituto -, de las desdichas del reinado de Alfonso XII, que también tuvieron su reflejo en la vida académica , y de otros avatares y tribulaciones nacionales que soportaron los españoles en las décadas postreras del siglo decimonono.
Quizá, por influencia de su tío Ángel Crehuet Guillén, Catedrático de Derecho Romano en Salamanca, o por vocación personal, Diego María derivó hacia la carrera jurídica, que era preponderante en Cáceres, por la preeminencia social que ejercían los numerosísimos abogados, fiscales, magistrados y jueces de la Audiencia Territorial, que representaban la tradición histórica y la presencia – desde su creación, hacía más de un siglo – de la Real Audiencia de Extremadura, implantada por Carlos IV en 1790.
Ya hacía algunos lustros, como consecuencia de la Revolución Gloriosa y de la Constitución Democrática – si es que se puede considerar así – en 1869, en Cáceres se había querido fundar una “Universidad Libre” con Facultades de Filosofía y Jurisprudencia, vieja aspiración de la ciudad de ser cabeza de un distrito universitario, que había fracasado en dos ocasiones; ambas Facultades estarían ubicadas en el edificio del Instituto, y debían ser financiadas por la Diputación Provincial.
Esta Universidad cubriría sus enseñanzas con personal docente salido de la propia Audiencia y del Instituto . Como esta Universidad tuvo muy escaso recorrido, los juristas y profesores se asociaron en una “Escuela Libre de la Facultad de Derecho ”, también de inspiración progresista y liberal; proyecto que naufragó igualmente por falta de recursos y de apoyos oficiales.
Definitivamente abortados los intentos de crear una Universidad cacereña, los alumnos del Instituto hubieron de optar por marchar a Salamanca, cabeza de su propio Distrito Universitario, pero a la que se llegaba con dificultad por no tener puente el río Tajo; o a Madrid, a donde se llegaba más fácilmente y contaba con mayor prestigio; si querían seguir los estudios superiores universitarios.
En Salamanca ejercía como Catedrático don Ángel Crehuet Guillén, tío de Diego María, que sin duda animó a su sobrino a comenzar la carrera de Derecho en las aulas salmanticenses. Después – quizá por la muerte de su tío – marchó a Madrid, a la Universidad Central, que era la única de España reconocida legalmente para conferir títulos de Doctorado, en cuya Facultad de Derecho, de la calle San Bernardo, acabó sus estudios de manera brillante y destacada.
Era el Madrid de entonces cuna de un “centralismo” radical e incontestable, desde que quedaran abolidas las ideas republicanas de “federalismo” o “cantonalismo” de la desdichada Primera República Española. Este centralismo académico se materializó en el traslado, a comienzos del siglo XIX, de la Universidad Complutense de Alcalá de Henares a Madrid, y su conversión en Universidad Central, que contó con más Facultades y Escuelas Superiores que cualquier otra “Universidad de Provincias” y con los apoyos estatales más destacados y cuantiosos. Era la única Universidad que podía conferir los títulos de Doctor, pues en sus aulas ejercían las cátedras los más conspicuos miembros de las Reales Academias, y la “pureza” de sus enseñanzas estaban garantizadas por normas y funcionarios que expulsaban de sus claustros a cualquier veleidad “innovadora” o demasiado “progresista”, como ocurrió con los defensores del “Krausismo” o de la “Escuela Nueva”.
En esta Universidad Central cursó Diego María los últimos cursos de su carrera de Derecho, teniendo entre sus compañeros a otros estudiantes cacereños, como Luís Grande Baudesson, al que ya conocía desde las aulas del Instituto, cuya compañía y amistad conservarían ambos hasta el final de sus vidas.
A comienzos del siglo XX, superaría las oposiciones a Notarías – posiblemente las más recias y difíciles entre las salidas de su carrera – ocupando la plaza de Arroyo del Puerco, que era uno de los cuatro pueblos más grandes e importantes de la Provincia, con Trujillo, Valencia de Alcántara y Plasencia.
Entonces Arroyo contaba con cerca de 8.000 habitantes, y su “Partido Judicial” era igualmente de los más ricos y prósperos de la jurisdicción cacereña, ya que su estación de ferrocarril era la más importante de toda la región, y etapa obligada para todos los viajeros o mercaderías que quisieran entrar o salir de Cáceres hacia Madrid o hacia Lisboa.
Asentado ya personal y profesionalmente, con la estabilidad y confianza que daba el despacho de una próspera notaría, Diego María pudo dedicarse a aquellas actividades literarias que le bullían en su interior desde hacía tiempo.
Si hubiéramos de reseñar algún aspecto o característica destacada de su personalidad, ya conformada y madura a comienzos del siglo XX, destacaríamos su tendencia a la soltería que se mantuvo a lo largo de toda su vida, y su profundo sentimiento religioso, heredado de sus padres y cristalizado en el ambiente de su niñez, que según suelen resaltar los que le conocieron, se incrementaría en Arroyo del Puerco por la influencia de las pinturas del retablo mayor de su Iglesia Parroquial – obra incomparable de Luis de Morales, al que se llamó “El Divino” – y por su devoción a la Virgen de La Montaña, a la que dedicó varios de sus más sentidos escritos.
En opinión de uno de sus más notables apologistas, don Ildefonso Alamillo, Diego María Crehuet se habituó a contemplar y gozar de las pinturas y cuadros del retablo del “Divino” hasta hacerse un “dilettante” del arte pictórico, como lo sería también de la música; a cuya audición dedicaría en Madrid todo el tiempo que sus tareas le dejaban libre.
Lo que sí podemos considerar es que su “viraje al mundo de las Letras” arrancó del “Certamen Literario Regional” convocado para festejar en Cáceres el III Centenario de la publicación de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha” – en 1905 -, que sería acogida con gran entusiasmo por todas las entidades, organismos y Centros académicos de Badajoz y Cáceres, según pusieron de manifiesto los periódicos de ambas capitales.

Don Luis Grande Baudessón fue uno de los
grandes amigos de Diego María Crehuet, aunque
militasen en partidos políticos distintos.

Diego María Crehuet publicaría en “El Adarve” – propiedad de su entrañable amigo Luis Grande Baudessón, que había sido eventualmente nombrado Gobernador Civil de Cáceres – un extenso y erudito artículo sobre esta efemérides, sobre la trascendencia histórica del “Quijote” y sobre la oportunidad del “Certamen”, que sería muy elogiado por todos los medios e, incluso, por el Alcalde José Elías Prats. Pero su enfoque “regeneracionista”, “progresista” y con miras amplias y abiertas que intentaban aglutinar en el empeño a toda la Región – como se ponía de manifiesto en la “Revista de Extremadura”, en “El Noticiero” o en “El Norte de Extremadura” – fue criticado y rechazado por los elementos más conservadores, que se decantaron por un “cacereñismo” tradicional, folclórico y “cateto”, que fue, al final, el que se impuso en la programación de actividades y ceremonias.
IV.- La peripecia política e un jurista.

Desde un punto de vista estrictamente documental no podemos encasillar a don Diego María Crehuet en una única corriente política, de las numerosas que nacieron y cohabitaron en el país a lo largo de este agitado periodo que le tocó vivir. Aunque por el círculo de sus amistades y por las tertulias y periódicos que solía frecuentar, dentro de las élites intelectuales cacereñas , podemos considerarle como un liberal-progresista, y hasta democrático, si la historia posterior no lo desmintiera con la tozudez de los acontecimientos.
Tampoco podemos considerarle como “apolítico”, alejado o desinteresado por la “res pública”; pues ningún jurista, abogado u hombre del Derecho podía entonces desentenderse de la vida ciudadana, de los problemas de la gente o de las corrientes o ideologías que informaban la actuación institucional de la naciente sociedad democrática, y Diego María Crehuet se comprometió significativamente en las tareas que se le encomendaron.
Durante su infancia y a lo largo de su periodo formativo, el joven Crehuet se desenvolvió en un ambiente liberal, vinculado de alguna manera al partido de don Práxedes Mateo Sagasta, en el que debió militar el Conde de Adanero y otros miembros de la saga de los Ulloas . Muy definidos también por el catolicismo tradicional dominante, por un notable sentimiento monárquico, vinculado a los Borbones, y por la fidelidad aristocrática o nobiliar que le exigía la situación de privilegio, de que gozaban estas familias.
Diego Crehuet Guillén, su padre, estuvo estrechamente vinculado a la dinastía Ulloa, Condes de Adanero y Marqueses de Castro Serna; y como miembro del Concejo cacereño, responsable de la Rentas de Propios del Municipio, también hubo de cooperar con alcaldes como José Calaff Hurtado, Tomás García Pelayo o al Vizconde de La Torre de Albarragena , entre otros de los numerosos que ocuparon la Presidencia del Ayuntamiento a lo largo de aquel período que solemos llamar “ La Restauración” ; caracterizado desde un punto de visto político por la alternancia en el gobierno de la Nación de los partidos políticos conservador y liberal, a partir de procesos electorales amañados y fraudulentos; que, en el distrito de Cáceres, casi siempre ganaban, en turnos irregulares, los candidatos de estos partidos dinásticos. Bien, unas veces, los salidos de la minoría aristocrática, representada por Mayoralgos, López Montenegro, Cabrera, Muñoz Higuero, etc., o bien los de los grandes poseedores de predios agrícolas, dehesas y latifundios, que residían en la ciudad o en las ostentosas mansiones de sus alrededores.
Por otra parte, siendo el joven Diego María de carácter retraído y sensible, la muerte repentina, en plazos muy cortos, de su hermano mayor: Cayetano, de su padre don Diego y de su tío Higinio, en apenas unos meses del año 1886 – cuando él apenas tenía 13 años – dejaron una huella imborrable en su personalidad de adolescente. Huella que le unió con especial pulsión a su madre, doña María del Carmen del Amo, de la que ya no se separó; ni siquiera, cuando hubo de marchar a Madrid como Fiscal General o como Magistrado del Tribunal Supremo..
La desaparición de los fundadores de estos partidos: don Antonio Cánovas del Castillo – de quien se puso el nombre al principal paseo de la ciudad, a raíz de su asesinato en 1897 – y don Práxedes Mateo Sagasta – que moriría a comienzos del siglo XX – provocaron la escisión dentro de sus partidarios y el nacimiento de nuevas tendencias políticas, más “personalistas”, que tendrían también su reflejo entre los afiliados de Cáceres.
No obstante, la creciente influencia de Segismundo Moret y Pendergast – Jefe del Partido Liberal- Progresista – con motivo de la creación en Cáceres de una empresa de fosfatos, de la que él era uno de los principales accionistas, y la construcción en “Aldea Moret” de una barriada minera para los obreros de “El Calerizo” , hizo nacer en la ciudad una corriente progresista, obrerista y democrática, a la vez que surgían las primeras células socialistas de agitación marxista . Este liberalismo “moretista” fue muy seguido entre los burgueses cacereños por el prestigio e influencia de don Juan Muñoz Chaves, que le lideraba; quien fundó desde el comienzo de su carrera como dirigente político cacereño, un periódico: “El Noticiero”, dirigido por el Catedrático de Francés del Instituto: don Manuel Castillo Quijada , que conquistaría pronto una amplia difusión como órgano de comunicación ideológica entre sus simpatizantes.
El hermano mayor de Diego María, Gregorio Crehuet del Amo – que era oficial de la sección de Cuentas Municipales de la Diputación Provincial – se sentiría pronto atraído por la tendencia política liberal más progresista y democrática que encabezaba don José Canalejas, fundando el 15 de julio de 1895 un periódico bisemanal: “El Norte de Extremadura” , en el que colaboraba también Manuel Uribarri Paredes, que se imprimía en “La Minerva” con otros periódicos de la misma tendencia: “El Partido Liberal” y “El Bloque”, el más radical de todos, que salía cada semana.
A principios del siglo XX, el 21 de enero de 1904, “El Norte de Extremadura ” dedicaría un número especial a José Canalejas Méndez, brillante jefe del Partido Liberal – Democrático, que representaba la tendencia más izquierdista y anticlerical del horizonte parlamentario nacional; promotor de la radical separación de la Iglesia y el Estado, del total laicismo de éste y de numerosas medidas sociales que mejorasen la condición y la vida de los trabajadores.
En Cáceres, quien encabezaba este sector “ canalejista” era un notable propietario rural, diputado en Cortes y Alcalde de Cáceres, llamado don José Trujillo Lanuza – cuñado de Diego María Crehuet, por estar casado con su hermana Catalina – con su apoderado y administrador Francisco Bazaga y otros destacados paisanos, como Juan Canales González, hermano del que años más tarde sería fundador de la Agrupación Obrera de la UGT; Juan Luís Cordero Gómez, poeta y ensayista de origen humilde, de tendencias igualmente democráticas y republicanas; el propio Gregorio Crehuet, y otros como Juan Becerra y Ladrón de Guevara, Emilio Herreros Estevan – director de “El Bloque” – y diversas personalidades destacadas en la vida local y provincial .
En general, representaban a una burguesía de clases medias, culta, dinámica y llena de proyectos económicos para sacar a Cáceres y a Extremadura de la tradicional abulia que la hacía quedar cada vez más atrasada y subdesarrollada.

“EL BLOQUE” uno de los numerosos periódicos políticos
que se editaban en Cáceres desde los últimos años del siglo
XIX y en las primeras décadas del XX.

En 1905 se convocaron elecciones para las Cortes Generales, y los diversos periódicos que se editaban en Cáceres tomaron postura por cada una de las corrientes políticas que había en la ciudad. “El Adarve” de Luis Grande Baudesson se situó al lado de los conservadores; “El Noticiero” con los liberales “chavistas”; “El Norte de Extremadura” con los “canalejistas” y “El Fomento” con las asociaciones obreras de la Casa del Pueblo, que lideraban los hermanos Juan y Antonio Canales, Andrés Paredes y otros incipientes socialistas, de ideología aún no muy definida.
Todos los liberales “canalejistas” participaron en un acto público que tuvo lugar en el Teatro “Variedades”, que entonces existía en la calle Nidos, cerca de la Audiencia Territorial, con motivo de la visita a Cáceres del presidente nacional de la tendencia democrática de este Partido, el citado don José Canalejas. Acto político en el que también participó, con un brillante discurso, Diego María Crehuet, que era entonces – como ya hemos dicho – Notario de la importante localidad y partido judicial de Arroyo del Puerco, muy cercano a Cáceres, en donde se encontraba la estación ferroviaria en la que había que hacer transbordo, si se quería llegar a la Capital, donde fue recibido Canalejas por sus partidarios.
Esta brillantez y profundidad de las intervenciones públicas del joven jurista empezaron a darle fama de buen orador y destacado comunicador; muy especialmente cuando al año siguiente, en 1906, pronunció un encendido discurso con motivo de la declaración canónica de la Virgen de La Montaña como Patrona de Cáceres – por Breve del Papa Pío X -, con lo que ya en 1907 se incluyó una elogiosa semblanza de tan destacado orador en el periódico “El Bloque”, órgano oficial del Partido Liberal-Demócrata “canalejista”, que editaban Emilio Herreros Estevan y Juan Luis Cordero Gómez; quienes comenzaron a darle un giro más populista – incluso “regionalista” – que le haría tan atractivo para una buena parte de las clases bajas cacereñas.
Una serie de acontecimientos – unos felices y otros desdichados – que tuvieron lugar en las primeras décadas del siglo XX, influirían en la marcha y orientación de estas peripecias políticas del joven jurista. Si bien, hemos de constatar que no iba a ser en los medios políticos locales donde se instalasen las inquietudes públicas o las ambiciones profesionales más deseadas por el notario de Arroyo del Puerco.
En el ámbito afectivo y familiar tuvieron lugar los eventos más relevantes: en septiembre de 1910 murió repentinamente, tras una corta enfermedad, el senador y antiguo alcalde cacereño don José Trujillo Lanuza , mentor y líder del partido liberal-democrático “canalejista”, de unas extrañas fiebres contraídas en Málaga en febrero, cuando fue a aquella ciudad a tomar posesión como Gobernador Civil; cargo para el que fue nombrado por el Gobierno Canalejas. Su hijo, Gonzalo Trujillo Crehuet, sobrino de los más apreciados por Diego María, moriría también cuatro años después.
Este mismo año se produjo en Portugal la conmoción popular y política que derribó a la Monarquía lusa en la persona de Manuel II, joven príncipe que sólo había reinado dos años. Su difunto y desdichado padre Carlos I había intentado salvar la Institución Real entregando el poder a un Dictador “regeneracionista” y liberal llamado Joâo Franco, pero su fracaso lo había pagado en 1908 , al ser asesinado en un atentado, junto a su hijo mayor, Luis Felipe, en el centro de Lisboa.
Los republicanos triunfaron en el país vecino, y en Cáceres se acrecentaron y fortalecieron los sectores más izquierdistas, cada vez más escorados al republicanismo radical de Alejandro Lerroux, que encabezaba el poeta cacereño Enrique Montánchez Jiménez, que solía firmar sus obras – poemas a veces mordaces y llenos de ironía – con el seudónimo de “Ripiosín”. Otro poeta, Juan Luis Cordero, se decantaba definitivamente por la solución republicana y comenzaba a editar “Era Nueva”, dentro del joven movimiento socialista que llamaron “La Joven España”
Para estas fechas, socialistas y republicanos – frecuentemente aliados en programas y objetivos – tenían una sede en la calle Nidos y colaboraban en “El Norte de Extremadura”, periódico al que ya nos hemos referido por haber sido fundado, entre otros, por Gregorio Crehuet del Amo. En él comenzaría a intervenir un tal Francisco González Castro – que se firmaba como “Lucifer” – marcadamente anticlerical y ateo. El nuevo periódico – antidinástico, laico y republicano – que se llamó “Era Nueva” – dirigido por Juan Luís Cordero – en 1911 fue, incluso, anatematizado por el obispo Ramón Peris Mencheta a raíz de un demoledor artículo contra los privilegios y prebendas de la Iglesia, y por la defensa de la “Ley del Candado” que quería imponer Canalejas.
En otro orden de cosas, desde finales de 1911 y en 1912 se produjeron en Cáceres varios temporales de frío, viento, lluvias y malas cosechas que desencadenaron hambres, carestías y hasta el derrumbe de varias casas que obligaron al Alcalde – entonces el alavés afincado en nuestra ciudad, José Acha Gutiérrez – a tomar medidas para paliar el grave estado de los cacereños.
Todos estos años van a ser especialmente controvertidos y tensos en la vida vecinal y ciudadana. En 1912, el conocido periodista ultracatólico y fundamentalista Manuel Sánchez Asensio, inflexible contra todo y contra todos los que no comulgasen con su dogmática ideología, empezó a arremeter en el “Diario de Cáceres” – periódico retrógrado y reaccionario – contra el gobierno de Canalejas por la serie de leyes sociales, y sobre todo religiosas – como la ya citada “Ley del Candado” – que estaba sometiendo a las Cortes. En otro de sus artículos arremetió contra Benito Pérez Galdós por su obra “Electra”, que había tenido un éxito arrollador en toda España y que se acababa de estrenar en Cáceres, en su Teatro Principal; en la que se denunciaba la tremenda y negativa influencia de los curas y confesores en las pacatas conciencias de las jóvenes adolescentes, truncando sus vidas, como había ocurrido con la joven Electra.
Contra don Jacinto Benavente también arremetió el fanático escritor cacereño por el planteamiento innovador y crítico de su teatro, en el que condenaba las viejas costumbres y creencias religiosas, hipócritas y farisaicas. Incluso contra un vago proyecto de ley que entonces sonaba, para permitir a los “sefarditas” volver a España y establecerse aquí; lo cual encendió llamas de Inquisición en varios artículos del periodista y de su periódico.
Para compensar esta postura ultramontana, en Plasencia se celebraría el “Certamen Científico y Literario” de aquella ciudad, con un sentido mucho más abierto y progresista. En el periódico “El Adarve” – propiedad de Luis Grande Baudessón y de inspiración conservadora y católica – se publicaría una amplia referencia a este Certamen Científico-Literario de Plasencia y al discurso de Diego María Crehuet, hacia el que se vierten notables elogios, calificándole de “… sabio y prestigioso orador, conocido más especialmente con el honroso dictado de “Castelar Extremeño” …”
Ganó el certamen el poeta Juan Luis Cordero Gómez con un encendido poema modernista: “La Santa Cruzada”, de indiscutibles resonancias “rubenianas”.
En noviembre de 1912 era asesinado en Madrid José Canalejas, Presidente del Gobierno y del Partido Liberal Democrático, al que siempre había pertenecido Diego María Crehuet. El 21 de septiembre de 1913 se suicidó en las puertas del cementerio don Juan Jacobo de la Riva, que había sido Alcalde de la ciudad, pero que tenía serios problemas con el alcohol, hasta el punto de llevarle a la autoaniquilación . Entre los periódicos cacereños “El Bloque” y “El Noticiero” – ambos liberales y progresistas – se desató una polémica muy violenta y agresiva que radicalizó las posturas dentro del propio Partido Liberal.
Todo era extremismo, dogmatismo y conflictividad dentro y fuera de las fronteras nacionales. Dentro, porque el triunfo de los conservadores y los desacuerdos entre las sociedades obreras crearon un clímax de enfrentamiento social y político que continuamente quedaba reflejado en “Editoriales” o en artículos de opinión de los distintos periódicos que se editaban. Y fuera, porque los más poderosos y civilizados países europeos emprendieron irremisiblemente el camino de la guerra, que terminó estallando al año siguiente, con tristes consecuencias para los cacereños; aunque España se declarase neutral desde el inicio del conflicto.
Aún así, la inmediata y creciente subida de precios, la escasez de recursos alimenticios y la paulatina pérdida de puestos de trabajo como consecuencia de la guerra, afectaron negativamente a una amplia mayoría de vecinos de casi todos los pueblos de nuestra provincia.
Si Diego María Crehuet, hombre liberal y democrático, estudioso y preocupado por el comportamiento humano – dentro y fuera del Derecho – y muy cercano a todos los fenómenos sociales, tuvo esperanzas o ambiciones a cargos y prebendas políticas dentro de su partido, éstas se disolvieron desde este momento de su vida, en el que las luchas internas de los españoles, o la guerra declarada entre los europeos, le demostraron lo falaz, inconstante y artificioso de la política, que siempre tendía a la ruptura, a la dominación o al enfrentamiento por simples ambiciones personales o por deseos de poder de ciertos elementos incontrolables. Además de que su carrera profesional le encaminaba ya hacia Madrid, al Tribunal Supremo, máxima instancia entonces del Poder Judicial del Estado, al que quedó ya vinculado por diversos puestos y misiones que le relacionaban con los órganos del Gobierno.
A las penurias económicas que padecieron los cacereños durante 1916, sucedieron las huelgas de 1917 en las que se radicalizaron las posturas y se violentó gravemente la convivencia ; hasta el punto de ser declarado en la ciudad el “estado de sitio” en el verano de aquel año, y quedar en suspenso las garantías constitucionales. Las consecuencias de estas huelgas y manifestaciones fueron funestas para la ciudad; la empresa “Sociedad General de Industria y Comercio” que explotaba las minas de Aldea Moret, decidió abandonarlas ante la actitud de los trabajadores; y porque ya había otras minas de fosfatos más rentables que las cacereñas .
En 1918 todo Cáceres, con el alcalde a la cabeza, hicieron una enorme manifestación en la que participaron todas las Asociaciones Obreras, los comerciantes, las Asociaciones Católicas, los socialistas, etc. pidiendo la reapertura de las minas. Pero la empresa ya no existía, los pozos se habían anegado de agua y las instituciones del Estado ya no tenían ningún interés en esta riqueza cacereña.
Para mayor desdicha, en abril de este mismo año comenzaron entre la población los contagios por tifus exantemático, que trasmitía el piojo verde; epidemia que se vería agravada por las malas condiciones sanitarias de la ciudad, rodeada de charcas y aguas pantanosas que favorecían, tradicionalmente, la presencia de la malaria. A esta situación se añadió, en ese mismo año, la presencia de la “grippe” o “influenza española” , que ya estaba ocasionando una alta mortalidad en todo el resto del país.

Monumento en Cáceres a don Juan Muñoz Chaves
Político liberal, promotor del “regionalismo” extremeño

A lo largo de 1918 fue cuajando entre las élites intelectuales extremeñas una vaga idea “regionalista” que había propiciado en sus discursos el ya desaparecido don Juan Muñoz Chaves, quien siempre utilizaba el término “Unión Extremeña” para referirse a la región o para reasaltar su “unicidad” frente al resto de España. Esta incipiente idea inspiraría los escritos y proclamas de Juan Luis Cordero y de otros correligionarios que convocaron una Asamblea Regionalista, a celebrar este mismo año en Cáceres.
De esta Asamblea nació una Junta Directiva presidida por el Marqués de Albayda, cuyo vicepresidente era el sacerdote José Polo Benito y Secretario Juan Luis Cordero Gómez. Vocales serían: Narciso Maderal Vaquero, Antonio Canales González, Juan Pérez García y Jacinto Cabrera Hurtado; contando en Madrid con Mario Roso de Luna, Diego María Crehuet – que ya era Secretario de Sala del Tribunal Supremo – y Eduardo Hernández Pacheco, Catedrático de la Universidad Central, también como vocales corresponsales.
La idea “regionalista” defendida por Diego María Crehuet – pergeñada ya desde 1905, con ocasión de los actos y certámenes convocados por el III Centenario de la publicación de “El Quijote” – no había pasado de la categoría estrictamente literaria; quedando especialmente reflejada en varios de sus cuentos y relatos, en los que insertaba diálogos en una especie de “habla popular” – a base de vulgarismos y defectos de pronunciación – que le habían llamado la atención en algunos de los poemas de Gabriel y Galán, y empezaba a utilizarlos también el joven poeta Luis Chamizo.

* * *

V .- Cáceres literario

Una pequeña ciudad de provincias, que apenas superaba los 14.277 habitantes en 1910 , que llegaba a los 17.910 en 1913, y que solamente rebasaría los 23.563 en 1920, aunque fuera cabeza y capital de una de las más extensas provincias de la dilatada España, ofrecía muy escasos alicientes culturales o lúdicos a los estamentos burgueses, con cierto nivel de estudios, en los que nacían y se desarrollaban las principales inquietudes intelectuales, filosóficas, artísticas o poéticas de la España de entonces. Movimientos culturales que se veían condicionados y hasta aplastados por los ecos que venían de Madrid, donde la Corte mantenía y animaba el centralismo cultural por encima del resto de las provincias.
La presencia en el contexto social cacereño de los numerosos abogados, fiscales y magistrados de la Audiencia Territorial, así como la relativa abundancia de profesores del Instituto de Segunda Enseñanza – que pasaría a llamarse “General y Técnico” a partir de 1901 – procedentes de numerosas capitales de toda España; más el plantel de médicos, administradores de fincas al servicio de los grandes latifundistas locales, maestros, funcionarios municipales y provinciales, etc. habían creado en la ciudad un estrato de “clases medias” cultas – no muy numerosas, pero sí muy activas – que demandaban esa actividad creativa, literaria, artística o científica que a finales del siglo XIX ya proliferaba en las capitales de todas las provincias españolas, convertido en nacionalismo secesionista en la periferia y mantenido dentro del sentimiento “españolista” tradicional y católico en las provincias centrales, especialmente en Madrid, como cabeza de todas ellas.
También es un dato a tener en cuenta la cantidad de periódicos, semanarios, boletines, folletines y publicaciones que se editaban entonces en Cáceres , que veían la luz en las tres o cuatro imprentas que existían en la ciudad, instaladas en los “portales” de la Plaza Mayor o en sus aledaños.
Había publicaciones curiosas, dedicadas a analizar y criticar la vida local con ingenio y desparpajo; las había destinadas a la propaganda política – quizá las que gozaban de menor audiencia – de las ideas sociales de izquierda; se editaban otras destinadas a acoger la abundante producción literaria de narradores y poetas; y las había, seguramente las menos, a la información general o de acontecimientos locales, con anuncios y reseñas.

En los soportales de la Plaza Mayor se encontraban
las boticas e imprentas donde se celebraban las tertulias
que ilustraban la vida intelectual cacereña.

Medios todos de comunicación social y de adoctrinamiento político, que fueron campo abonado para germinar y propagar todo tipo de ideologías y posicionamientos entre las clases de ciudadanos activos.
De este estrato social – burgués e ilustrado – nacería una notable pulsión literaria y crítica en la que se desenvolvieron numerosas personalidades, grupos, tendencias y corrientes que dieron al vecindario de los barrios céntricos un cierto lustre erudito e innovador, en el que florecería la vocación literaria de Diego María Crehuet, nacido, criado, educado y madurado en estos espacios y calles de la Ciudad Monumental; dotado de una personalidad introvertida y sensible que, sin duda, se vio afectada e influida por este ambiente.
Una vez asentado como Notario en Arroyo del Puerco, pudo empezar a colaborar asiduamente en revistas y acontecimientos literarios; especialmente en la “Revista de Extremadura” o en otras publicaciones menos significadas. Ya en 1900, en uno de los primeros números de esta publicación, dedicaría a su entrañable amigo y compañero de estudios, Luis Grande Baudessón, una pequeña narración – quizá algo sensiblera y llena de tópicos – sobre la virginidad y la abstinencia sexual, titulada “La eterna jugarreta”, en la que Simona, su protagonista, provoca su propia muerte y la de su enamorado, precipitándose ambos en el mar, desde unos acantilados, a causa de en arrebato amoroso.
Este mismo carácter represivo, envuelto en un sentido étnico, casi folclórico, sobre el amor carnal, vuelve a planearse en otro cuento o relato, titulado: “Los engrillados”, basado en una vieja costumbre religiosa mantenida en el mismo pueblo. Una mujer – Jenara – desencadena con su comportamiento la humillación pública de su amado Epifanio; resaltando los aspectos más traumáticos o vergonzantes de dicha humillación. En este singular relato, el autor introduce en los diálogos un peculiar lenguaje – “chinato” o “castúo” – derivado del habla vulgar del pueblo donde ejercía de Notario, que presta cierta originalidad a su redacción.
Desde 1900 hasta 1907 fue incluyendo en varios números de la “Revista de Extremadura” narraciones de este estilo tan personal, mezcla de un “Romanticismo” tardío y decadente – influido, quizá, por juveniles lecturas de Becquer, Zorrilla, W. Scott o Alejandro Dumas – con el incipiente “realismo social” que los autores de la “Generación del 98” comenzaban a introducir en la corriente literaria “Regeneracionista”, de la que Crehuet se mostró siempre entusiasta defensor y cultivador. Quizá por la influencia de don Miguel de Unamuno – a quien conoció personalmente en Salamanca – o por las frecuentes lecturas de Ángel Ganivet o Joaquín Costa, tan leídos y admirados en la época de referencia.
En la “Viuda de Lerma” plantea un drama amoroso entre una mujer mayor – Cecilia – y un jovencísimo estudiante que muere agotado por aquella pasión absorbente. Todo ello adobado con abundancia de descripciones emocionales y pasionales, con ciertos toques de lirismo morboso; posiblemente para desprestigiar al amor desigual, que nace de la pura pasión carnal.
Al año siguiente publica “Deshielo” y “Boda a satisfacción”, ambas cuajadas también de tópicos y prejuicios que ocasionan tragedias y desgracias irreparables, dolorosas, como la muerte de ambos novios en la boda a satisfacción; cuento en el que además vuelve a utilizar el lenguaje popular o vulgar como recurso literario. El “costumbrismo” desarrollado como estilo en pintura, con tan excelentes resultados entre los artistas extremeños, se vería también reflejado en estas narraciones, al describir las viviendas, los usos y formas de vida, la personalidad y la figura de sus protagonistas.
En “Deshielo” un hombre muy cabal y virtuoso se casa con una mujer fea y poco dotada: Anita Huertas, entre los que va creándose una capa de frialdad y una sensación de desamor que congela sus relaciones matrimoniales; hasta que se rompe el hielo amoroso y tienen una hija, en quien se consagra y perpetúa el amor de la pareja.
En años sucesivos va escribiendo y mandando a la Revista “Cosas de la vida”, en la que aparece una pequeña ciudad “Salora”, cuyos habitantes, especialmente las mujeres, son envidiosas, hipócritas, murmuradoras y maledicientes, hasta destruir los amores nobles y virtuosos de unos jóvenes desdichados. Después publicará “La Tirolesa” y “ Tropezando y Cayendo” en los que acaba la serie de estos tristes y trágicos cuentecillos, muy del gusto de la época, en los que el topónimo “Salora” – inventado por él sobre el nombre del río Salor – acaso quiera reflejar su propia opinión sobre los vecinos de todos estos pequeños pueblos extremeños .
Las brillantes intervenciones públicas de Diego María Crehuet en actos religiosos o literarios se fueron multiplicando a partir de 1905; cuando la Diputación, el Ayuntamiento y el Instituto General y Técnico organizaron actos y ceremonias para conmemorar el III Centenario de la publicación de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha” , en homenaje a la figura de Miguel de Cervantes; cuyo nombre quedaría reflejado en el callejero ciudadano en la “Avenida de Cervantes”, que iba desde la puerta San Antón hasta la Plaza del Obispo, en la que se encontraba el Seminario.
La comisión organizadora de dichos actos estuvo integrada por: Elías Prats – Alcalde de la ciudad -, Manuel Castillo – Director del Instituto -, José Ibarrola, Luis Grande Baudessón, Daniel Berjano, Publio Hurtado y Diego María Crehuet, que había participado también en la recepción oficial del rey Alfonso XIII, cuando el 25 de abril de ese mismo año llegó a Arroyo y a Cáceres en visita ferroviaria.
Al año siguiente se presentó, por primera vez, a las oposiciones para Secretario de Sala de la Audiencia Territorial, plaza que conseguiría definitivamente en 1908, lo que le permitió dejar su forzada residencia como Notario de Arroyo y volver a residir en Cáceres, en la Ciudad Monumental, donde siempre había vivido su familia; lo que le dio mejores oportunidades para crear y publicar sus escritos.
De nuevo, con motivo de la proclamación de la Virgen de la Montaña como Patrona de Cáceres; hecho que tuvo lugar en 1906, cuando el obispo de Coria, don Ramón Peris Mencheta recibió un Breve del Papa Pío X en el que se refrendaba canónicamente dicha proclamación, se organizaron diversos actos religiosos y literarios, entre los que destacó una velada poética en el Teatro Principal, que entonces existía en Cáceres, celebrada el sábado, 28 de abril, en la que intervino Diego María Crehuet pronunciando un brillante y encendido discurso, numerosas veces interrumpido por aplausos y ovaciones, que ya le consagró ante todos sus paisanos como un gran orador y un excepcional devoto de la Patrona de la ciudad.
Por su parte, el Ayuntamiento preparó un homenaje a tan ilustre paisano en el que tomaron parte activa los numerosos amigos y admiradores, abogados, fiscales, notarios y ediles, de ambas Instituciones. En el semanario “El Bloque”, órgano del Partido Liberal Progresista, el diputado nacional por Plasencia, Luis de Armiñán, publicaría un largo y elogioso artículo dedicado a Crehuet, a quien ponía literalmente “por las nubes”.
Un año después, en las Ferias y Fiestas de Mayo de 1909, un emprendedor sacerdote-poeta, llamado Diego B. Regidor propuso en las páginas de “El Adarve” que se convocase un “Certamen Literario” para estimular a los numerosos y notables poetas que residían en Cáceres, y premiar sus creaciones.
La convocatoria tuvo un éxito notable, y la velada para fallar los premios y galardones se celebró en el Teatro Principal con asistencia de numeroso público; componiendo el Jurado calificador: Publio Hurtado, el propio sacerdote Diego B. Regidor, Francisco Belmonte, Diego M. Crehuet, León Leal, José Ibarrola y Agustín Muñoz Roldán, que era Catedrático de Latín del Instituto.

Los “Juegos Florales” o actos literarios donde los poetas leían
Sus composiciones se celebraban en los teatros y salones de la
Ciudad. En el Gran Teatro comenzaron desde 1924.

Ganó el Certamen un inspirado poema de Enrique Montánchez Jiménez, – “Ripiosín” – titulado: “A mis musas”, compuesto con ese fuerte y rítmico estilo “modernista” que estaba poniendo de moda el nicaragüense Rubén Darío, con su característico sentido rítmico, la utilización de inspiradas alegorías y ese estilo grandilocuente y vivo
que tanto gustaba entonces a los creadores . El poema premiado sonaba así:
Artística expresión de la belleza
en lenguaje medido y cadencioso,
del que surge brillante y diamantino
el verso cristalino:
tal es la poesía.
Celeste don divino
lleno de elevación y de riqueza,
indefinible encanto
de gracia, donosura y gentileza;
tesoro del decir augusto y santo.
Ella difunde la verdad, realiza el bien
y la virtud, y – a su conjuro
de magia – el corazón nos esclaviza
Los dos “accesit” se concedieron a composiciones de Juan Luís Cordero Gómez y de Luís Grande Baudessón.
Este mismo año, en el Centro Mercantil de Salamanca, el ilustre jurista cacereño tuvo un rotundo éxito por una brillante conferencia pronunciada ante el mundo universitario de aquella ciudad, titulada: “Aspectos jurídicos del regionalismo”, a la que siguió un banquete presidido por don Miguel de Unamuno, que era entonces el Rector de aquella institución. En su disertación, Crehuet profundizó y se adscribió a ese vago sentimiento localista y autonomista que iba madurando en los medios intelectuales extremeños – quizá por la influencia del “catalanismo” militante de finales del siglo XIX – de los que don Diego María era un ferviente defensor. El estallido, en aquel mismo verano, de la luctuosa “Semana Trágica” de Barcelona desbarató inmediatamente este sentimiento regionalista y autonomista que apenas había comenzado a germinar.
La pulsión literaria de los cacereños de principios de siglo crecía y aumentaba en tertulias y veladas, a las que solían concurrir las plumas e ingenios más sobresalientes e irónicos, que entonces merodeaban por las reboticas e imprentas de la Plaza Mayor , publicando en las páginas de los periódicos, semanarios o revistas literarias los abundantes frutos de su creatividad.
Las crisis y desajustes provocados por la Guerra Europea en el seno de la sociedad cacereña; por la carestía, las huelgas y todas las inquietudes de los años del conflicto, afectaron a esta vida literaria, que se vio frenada, cuando no desaparecida, hasta la época de mayor prosperidad y alegría de los “felices” años veinte. En 1921, el ilustre abogado y jurista cacereño ascendió a Abogado Fiscal del Tribunal Supremo, organismo judicial en el que ya ocupaba una plaza como Secretario de Sala.
En 1923 el nuevo obispo de Coria: don Pedro Segura Sáez, que había sustituido en 1920 a Peris Mencheta por fallecimiento, fundó un nuevo periódico de inspiración católica: El Diario “Extremadura”, que iba a tener una larga historia en la prensa cacereña como órgano de la Acción Católica provincial. También organizó y patrocinó los “I Juegos Florales” de Cáceres que se llevaron a cabo con todo esplendor y brillantez en el Teatro Principal, cuya “Flor Natural” le sería otorgada a un poeta vallisoletano: Lope Mateo Martín, con un poema solemne, cadencioso y algo amanerado, reproducido en uno de los primeros números del Diario “Extremadura”, pero que no tuvo excesiva aceptación en tertulias y reboticas.
Al año siguiente, 1924, volverían a tener lugar unos “Juegos Florales” a iniciativa del prelado, en el mismo Teatro Principal – que había sido adquirido y reformado por el propio obispado – para dar mayor realce a los actos y ceremonias – siempre muy ostentosas y solemnes – programadas con ocasión de la Coronación Canónica de la Virgen de La Montaña en la Plaza Mayor, el día 12 de octubre de dicho año.
Por las fotografías que nos han quedado de aquellas solemnidades, Cáceres debió volcarse en las entusiasmadas manifestaciones religiosas, que venían a ser una afirmación del catolicismo militante que introdujo don Pedro Segura, y del centralismo político que había impuesto don Miguel Primo de Rivera.

Coronación de la Virgen de
La Montaña en la Plaza Mayor

Se invitó, como Mantenedor de los “Juegos”, al Ilmo. Sr. Abogado Fiscal del Tribunal Supremo de Madrid, don Diego María Crehuet del Amo, que aceptó gustoso desplazarse a Cáceres y presidir un Jurado compuesto por su entrañable amigo Luis Grande Baudessón, José Ibarrola, Narciso Maderal, Pedro Romero Mendoza, Federico Reaño y otros miembros de ese reducido estamento literario que llenaban con su presencia o con su prestigio personal la mayoría de estos acontecimientos.
La “Flor Natural” la ganaría un encendido poema “A la Virgen de La Montaña” de don Francisco Romero, Magistral de la Catedral de Zamora, lleno de alegorías místicas y alusiones espirituales, muy del gusto de la época.
Aunque no correspondan propiamente a las referencias concretas que en este capítulo estamos haciendo de Cáceres, como ciudad de notables pulsos e impulsos literarios, no podemos pasar por alto hechos que de manera directa influyeron en el decurso de la vida de Diego María Crehuet, dando entrada al período más sobresaliente de su carrera como jurista y de su fama como orador.
En septiembre de 1923, don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, Capitán General de Cataluña y II Marqués de Estella, había consumado un golpe militar, en connivencia con el Monarca, implantando un Directorio o Dictadura en la que, indirectamente, el ilustre magistrado cacereño iba a jugar un importante papel.
Los acontecimientos más felices – los “fastos” que diría él en sus discursos – de la vida de Diego María Crehuet se multiplicaron a lo largo del año 1925, permitiéndole volver a Cáceres – aunque fuera por un breve período – y convertirse en uno de los personajes más solicitados, más admirados y más populares de la pequeña capital de Provincia.
Por una Real Orden del 13 de febrero de 1925 se había nombrado a Diego María Crehuet Presidente de la Audiencia Territorial de Cáceres, por lo que se organizaron en la ciudad múltiples homenajes y bienvenidas en los Colegios de Abogados, en el de Notarios, en el Ayuntamiento y en la propia Audiencia. El 16 de marzo tuvo lugar el acto solemne de toma de posesión del nuevo Presidente, en la Sala de lo Criminal de la Audiencia. La escena que todos los presentes recordaron siempre como la más conmovedora del protocolo ceremonial, fue cuando Diego María, revestido de toga, medalla, bonete y muceta, propios de su nueva Magistratura, se arrodilló delante de su anciana madre doña María del Carmen Petra del Amo, para pedirle su bendición. Bendición que doña María le dio con lágrimas en los ojos, pidiéndole que, por encima de todo, cumpliese siempre con la más sagrada y estricta misión de la justicia.
Incluso la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, de la que era miembro de mérito el nuevo Presidente, se sumó a los homenajes en la persona de su Director, don Felipe Clemente de Diego, a quien le unía una gran amistad.
El día 8 de septiembre, festividad muy extremeña – el Nacimiento de la Virgen, que se solemnizaba anualmente en el Monasterio de Guadalupe – tuvo lugar en Marruecos el desembarco de la bahía de Alhucemas; acción militar llevada a feliz término por el Dictador con la colaboración de la flota francesa, que acabó en pocas semanas con la resistencia de Abd – El Krim y sus tropas cabileñas.
El 5 de octubre – ya terminada la operación – se celebró en la Iglesia Mayor de Santa María de Cáceres, un solemne “Te Deum” y un acto de adhesión al Trono y al Ejército en el Salón de Plenos de la Diputación Provincial, en el que intervino Diego María Crehuet como Presidente de la Audiencia Territorial. A finales de ese mismo mes, llegó a Cáceres, desde Trujillo, el mismísimo General Primo de Rivera, que sería recibido por las autoridades militares y civiles en la entonces llamada Avenida “Luis de Armiñán” – que hoy llamamos Paseo de Cánovas – en un acto multitudinario al que asistió, entusiasmado, el vecindario cacereño.
En otro orden de cosas, el 12 de octubre de 1925 – “Día de la Raza” en la mentalidad de la época – se abría en el número 30 de la calle Alfonso XIII – hoy conocida como “Pintores” – el Ateneo de Cáceres y se le rendía un merecido homenaje al patriarca de las letras cacereñas, don Publio Hurtado Pérez, en el que el alcalde – que era entonces Arturo Aranguren Mifsut – puso su nombre para designar la pequeña placita de Las Piñuelas Altas, en la que el anciano escritor tenía su domicilio; que, desde entonces, se sigue llamando Plaza de “Publio Hurtado”.

Fachada de la casa de Don Publio Hurtado que daba a
la Gran Vía que une la plaza de San Juan con la Plaza Mayor.
Hoy son dependencias del Ayuntamiento.

El primer orador que disertó en el Ateneo sería el Magistrado Presidente de la Audiencia Territorial, don Diego María Crehuet, con un discurso titulado “El Ideario de los bolcheviques”, un extenso ensayo jurídico-político sobre la reciente Revolución Rusa que había conmovido y alarmado a la ingenua sociedad occidental, creando nuevos conceptos y nuevos planteamientos en la convivencia de los pueblos.
La situación funcionarial en su destino de Cáceres del flamante Presidente de la Audiencia iba a ser, de todas maneras, muy provisional; pues ya a finales de 1925 sería promocionado al cargo de Fiscal General del Tribunal Supremo, cargo en el que había ejercido el empleo de Abogado Fiscal algunos años antes; en el que iba a desarrollar sus funciones y propuestas más trascendentales.
Como Fiscal de Tribunal Supremo, Diego María Crehuet debería de nuevo marchar a Madrid, donde ya tenía domicilio propio y un amplio círculo de amistades entre los cacereños residentes en la capital. También tuvieron lugar algunos desdichados acontecimientos en este mismo año, como la muerte de su madre, doña María Petra del Amo González, única compañía que ya le quedaba durante su vida en la Villa y Corte, que sería traída e inhumada en el cementerio cacereño por expreso e insistente deseo de la finada.
Su hijo hizo colocar en su sepulcro una imagen de la Virgen de la Montaña – su “Madre celestial”, como él solía decir – que sería bendecida por el Cardenal Tedeschinni, en 1926, con ocasión de la visita a Cáceres del Nuncio de S.S. para consagrar la gran estatua del Corazón de Jesús levantada junto al Santuario de La Montaña por el obispo Segura, poco antes de marchar como Arzobispo de Burgos.
* * *
VI .– La Reforma Constitucional de la Dictadura.

Partiendo de los convulsos años de 1917 y 1918, una larga crisis, provocada en el país por el final de la Guerra Europea, con sus secuelas de recesión económica, inseguridad pública y enfrentamientos políticos violentos, trajo a España una sensación de frustración y desengaño que se complicaría a causa del largo conflicto marroquí. La desdichada “guerra de África” que ya había sido causante de secuencias sangrientas, como la “Semana Trágica de Barcelona” o las operaciones militares del “Barranco del Lobo” – que tuvieron lugar en el mes de julio de 1909 – se prolongaron aún por casi veinte años de sacrificios, fracasos militares y frustraciones políticas que impedían la recuperación económica del País.
En los círculos políticos e intelectuales de la capital del Reino – quizá el más significado fuera el Ateneo – ya se exigía un “cirujano de hierro” que fuera capaz de sajar y coser las graves heridas que iba teniendo España. El asesinato del Cardenal Arzobispo de Zaragoza, los continuos altercados sangrientos de Barcelona, el atentado criminal contra el Presidente del Gobierno, don Eduardo Dato, unidos a los fracasos y desastres en la guerra de África – con el desastre de “Annual” (1921) como colofón – acabaron por hundir el débil prestigio de la Monarquía; a lo que se unió la crisis provocada por el final de la Guerra Europea, con otros ingredientes que complicaron y envenenaron la convivencia y la estabilidad política; cruzándose con acontecimientos exteriores que dejaron huellas muy profundas en el ambiente político de estos años.
En la cercana Portugal había fracasado la “Dictadura regeneracionista” de Joâo Franco con la que Carlos I había intentado salvar a la Monarquía; el rey y su hijo Luis Felipe murieron asesinados, y Manuel II fue destronado a los dos años de su coronación, imponiéndose una débil República. Por su parte, el ejército ahogó recién nacida República, mediante un golpe de Estado, e instauró un régimen militar dictatorial de larga y sangrienta pervivencia en el país .
Terminada la Gran Guerra, Víctor Manuel III de Saboya intentó salvar la Corona Italiana, aceptando el régimen “fascista” y paramilitar de Benito Mussolini, después de la “Marcha sobre Roma” (1922), con la abolición violenta de la Constitución, de la democracia, de las libertades públicas y de los partidos políticos liberales. En casi toda Europa, empezando por el precario estado de la República de Weimar, en Alemania, el viejo liberalismo se corrompía y se deterioraba, por lo que los pueblos clamaban y se sometían a regímenes autoritarios, que impusieron por la fuerza el orden y la sumisión.
En 1923 la vida política española llegaba a sus límites y el propio rey Alfonso XIII urdía, con los mandos militares, una solución drástica que llegara más lejos que una simple reforma de la Constitución.
El fracaso en Marruecos y el crecimiento de los partidos republicanos que exigían la desaparición de la Monarquía – cosa que parecía inminente si se publicaba el “Informe Picasso” – obligó al monarca a llamar al Capitán General de Cataluña, don Miguel Primo de Rivera, II Marqués de Estella, para que viajara urgentemente a Madrid y entregarle el gobierno de la Nación.
La operación se llevo a efecto en septiembre. Inmediatamente, el nuevo Dictador disolvió las Cortes constitucionales y nombró un Directorio – o Gobierno Militar – de Generales y Coroneles. Fue un “Golpe de Estado” incruento y hasta folclórico, pero que cambió los parámetros políticos de la vieja y agotada “Restauración”.
Los poderes del Estado callaron, pero no desaparecieron.
Las primeras medidas gubernativas, de carácter “populista” y muy apoyadas en los sindicatos obreros y en los partidos de izquierda, despertaron el entusiasmo de los españoles , sobre todo porque se liquidaba la Guerra de Marruecos en la operación militar conjunta de Francia y España, en el desembarco de Alhucemas, y se iniciaban planes de modernización y desarrollo económico que solventaban los problemas más urgentes de las familias. En principio, todo fueron éxitos; y la inflación de créditos internacionales propiciados por U.S.A. – como la gran potencia financiera emergente después de la Gran Guerra – con las operaciones de ingeniería financiera ideadas por Calvo Sotelo, facilitaron también, a partir de 1925, redactar grandes planes de creación de infraestructuras; ampliar las redes de ferrocarriles y carreteras, con un ambicioso Plan de Firmes Especiales; construir un sistema de presas, canales y regadíos para incrementar la agricultura; aumentar la producción de electricidad y crear un monopolio de petróleo y sus derivados. Todo lo cual contribuyó eficazmente a terminar con el desempleo agrícola y a crear las bases de la incipiente industrialización.
El bienestar social tendría su contrapunto en la restricción de las libertades y en la relativa militarización de la vida política. Los partidos fueron suprimidos; el parlamentarismo quedó abolido y la censura de los medios de comunicación provocó la desaparición de la mayoría de ellos – en Madrid y en provincias – que no pudieron soportar las prohibiciones, secuestros policiales e incautaciones gubernativas. Tampoco se autorizaron tertulias, reuniones o manifestaciones sin la aquiescencia previa de los respectivos Delegados Gubernativos, que es como se llamó a los gobernadores.
La “Revista de Extremadura” ya hacía más de una década que había dejado de editarse por falta de medios y suscritores para su mantenimiento; y la tertulia de la rebotica de Castel hacía tiempo que no se reunía por razones de edad de sus miembros; aunque el “Circulo de Artesanos” que formaron los tipógrafos de la Imprenta Jiménez, donde se habían editado todos sus números, seguía siendo una asociación pujante en Cáceres.
De la numerosa pléyade de periódicos, diarios y semanarios de principios de siglo, siguieron saliendo a la calle los de inspiración católica, conservadora y más afines con la ideología del Régimen: el “Extremadura”, recién fundado por el obispo Segura Sáez como órgano de la Acción Católica Dicesana; “ La Montaña” ( Diario de la Mañana ) de Santos Floriano; “El Adarve” de Luis Grande Baudessón; el “Nuevo Día”, fundado en 1926, el más proclive a la Dictadura, que dirigía Narciso Maderal Vaquero; “El Noticiero” (Diario de Cáceres); y “Unión y Trabajo” ( Órgano de la Casa del Pueblo ) que tampoco se opuso, desde el socialismo obrerista, a las medidas y métodos de la Dictadura.
Como hemos visto en el capítulo anterior, en 1925 se inauguraba el Ateneo de Cáceres; asociación de intelectuales y artistas, críticos, ensayistas y poetas que se constituyó en el nuevo foro de debates y contraste de pareceres que encauzaba y daba sentido a los principales impulsos de las élites cacereñas.

Durante la época de la Dictadura de Primo de Rivera desaparecieron las tertulias políticas
pero el propio Gobernador de Cáceres fomentó una de la Unión Patriótica en el lujoso
Hotel “Europa” de la Plaza Mayor.

Quizá, para contrarrestar este liberalismo intelectual y político, el propio Gobernador Civil, José García Crespo, fundó y favoreció una tertulia política – dentro de la disciplina de la “Unión Patriótica” – que se reunía en el Hotel “Europa”, en la Plaza Mayor, con los elementos más destacados de este nuevo partido político nacional instaurado por Primo de Rivera; al que irían adhiriendo los oportunistas, desengañados o desertores de las anteriores formaciones políticas.
El primer orador que disertó en el Ateneo – como ya hemos mencionado en el capítulo anterior – sería Diego María Crehuet, que era entonces Presidente de la Audiencia Territorial cacereña, pero su permanencia en la ciudad y su pertenencia como socio al Ateneo iba a ser breve. A finales de aquel mismo año de 1925 sería nombrado Fiscal del Tribunal Supremo, con lo que hubo de marchar, ya definitivamente, a residir a la Capital del Reino.
El Ayuntamiento acordó entonces nombrarle “Hijo Predilecto de Cáceres”, y que su nombre figurase en el paramento del Salón de Plenos de la Corporación. La Diputación Provincial le otorgó la “Medalla de Oro al Mérito Provincial” y también estampó su nombre en uno de los laterales del Salón de Sesiones. Esta era la segunda “Medalla de Oro” que se otorgaba, ya que la primera había sido concedida al Patriarca de las Letras Cacereñas: don Publio Hurtado Pérez en el homenaje que se la tributó unos años antes, en el cual se puso su nombre a la pequeña Plaza de las Piñuelas Altas, donde tenía su casa, como ya hemos relatado.
Solamente tres años sobreviviría el anciano escritor e investigador a este merecido homenaje; pues el día 3 de enero de 1929 falleció en Cáceres con 78 años de edad y prácticamente ciego por una grave afección ocular . Hasta su muerte, siguió siendo este prolífico historiador y polígrafo cacereño Presidente del Ateneo, cargo en el que le sustituiría Emilio Herreros Estevan, Presidente de la Diputación, Director y propietario del diario “El Bloque” y uno de los políticos locales más dinámicos y reconocidos.
El homenaje a Publio Hurtado tuvo lugar ya en la nueva sede del Ateneo, en la calle San Antón, nº 30, en donde se leyeron unas sentidas y entrañables cuartillas de Diego María Crehuet, enviadas desde Madrid para tal propósito.
En la Villa y Corte, en cambio, el Fiscal del Tribunal Supremo – quizá por exigencias del cargo, o por ciertas prevenciones contra el Ateneo de Madrid, donde se reunían los elementos más significados por ateismo, laicismo, izquierdismo o republicanismo de la variopinta sociedad madrileña – se mantuvo siempre alejado de los debates y actividades del Ateneo, aunque cooperó con entusiasmo en las actividades y conferencias que se organizaban en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Entidad conservadora y monárquica a la que pertenecía como académico de mérito, y en la que venía participando desde 1916.
Estas eventuales intervenciones en la Academia se convirtieron en verdaderos ensayos de jurisprudencia, entresacados de las más significativas obras literarias; en los que Diego María Crehuet desplegó toda su inmensa cultura y erudición sobre poesía, teatro o movimientos sociales – el “feminismo”, por ejemplo – pujantes en su propia época; analizándolos desde los enfoques de la ciencia jurídica que él dominaba al dedillo.
Ya en una conferencia espléndida pronunciada en la Academia en 1916 había analizado “La Judicatura en “La Estrella de Sevilla” y en “Los Intereses Creados” , en las que desplegó toda su enorme erudición jurídica y literaria. Dos años después volvería a ocupar la tribuna de esta docta institución para hablar de “La pena de muerte como tema literario” (Motivos jurídicos)”. En 1920 desarrollaría un amplio ensayo sobre “El Feminismo en los aspectos juridico-constituyentes y literarios”; y en 1922 disertaría sobre “La vendetta en la Divina Comedia”; disertación docta y documentada en la que demostró su conocimiento literario del italiano y su enorme erudición sobre la obra de Dante Alighieri.
Pero sus aportaciones más importantes y trascendentales iban a ser los “Informes de la Fiscalía del Tribunal Supremo”, elevados al Jefe del Estado y al Presidente del Gobierno los años 1926 y 1927, en los que planteó magistralmente los principales problemas jurisdiccionales y procesales que afectaban y entorpecían el desenvolvimiento de estas altas Magistraturas y de todo el Poder Judicial. En concreto, elogiaba la iniciativa de su antecesor para que se separasen las funciones de la Fiscalía de las de la Magistratura; creando un Ministerio Fiscal que dependiese del Gobierno, con un Fiscal General del Estado separado e independiente del Tribunal Supremo; y que esta separación e independencia se diese también en todos los demás Tribunales y Audiencias.
Exigió la mejora de las retribuciones de Fiscales y Magistrados, que entonces estaban muy mal pagados. Propuso nuevas vías de ingreso en las carreras judiciales, aparte de la simple y tradicional oposición; siempre tendiendo a la mejora de la situación personal de los funcionarios que evitase la corrupción o la desidia.
1926 fue en Cáceres un año pletórico de homenajes e inauguraciones . En enero, conmemorando el veinte aniversario de su muerte, se organizaron una serie de actos para mayor gloria y memoria de José María Gabriel y Galán. Por ello, en el llamado “Triángulo” del Paseo de Cánovas se inauguró el monumento al poeta, diseñado y fundido en bronce por el joven escultor Enrique Pérez Comendador; quien, a su vez, recibió también un merecido homenaje en el Ateneo de Cáceres – poco después del tributado a don Publio Hurtado – en el que se resaltaron los galardones y premios que ya había obtenido el artista, en concursos y certámenes nacionales e internacionales, una vez concluida su formación artística en Italia en pleno período fascista, con cuyo estilo clásico y tradicional se sentía plenamente identificado.
Terminada la obra de construcción del nuevo “Gran Teatro” , en la calle de San Antón, se procedió a su apertura oficial como centro destacado de todas las manifestaciones escénicas y musicales de la ciudad. La obra fue realmente admirable: un local grande, primorosamente decorado con gusto “modernista” y notable lujo; gran capacidad de escenario, tramoya y camerinos; patio de butacas y plateas que superaban las 800 localidades, lo que permitía programar en él masivos eventos culturales a los que podría venir mucha más gente que a los pequeños y destartalados teatros de “Variedades” o al “Principal”, que ya quedaron marginados por su situación en los barrios bajos de la ciudad – en la calle Nidos o en la Plaza de Canterías – que quedaban apartados del nuevo núcleo del ensanche urbano, atraído por la estación del ferrocarril.
El año siguiente fue mucho más movido en las esferas de la alta política, en las que se vería involucrado Crehuet; primero, como Fiscal y luego como Presidente de la Sala 1ª del Tribunal Supremo, para la que fue nombrado directamente por el gobierno nacional.
Como “representante por derecho propio”, al ser Presidente de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo, Diego María Crehuet paso a ser miembro de la Asamblea Nacional; una especie de Parlamento unicameral que sustituyó a las Cortes Generales durante la Dictadura de Primo de Rivera, a la que accedía como representante de las altas magistraturas del Estado, sin necesidad de ingresar como miembro de la Unión Patriótica; el partido único al que se afiliaron todos los funcionarios, simpatizantes del régimen y oportunistas que esperaban “sacar partido” de la Dictadura “primoriverista”.
En la Asamblea Nacional se formó una Sección Constitucional encargada de proponer y redactar una nueva Constitución Política para la Monarquía , que sustituyera a la “canovista” de la Restauración de 1876, ya totalmente desfasada y llena de lagunas.
En esta Sección Constitucional – compuesta por juristas de prestigio y parlamentarios de la Unión Patriótica – predominaron los elementos de ideología conservadora; como Juan de la Cierva, Carlos María Cortezo, Laureano Díaz Canseco; ultracatólicos como Victor Pradera, Javier Yanguas, Ramiro de Maeztu, José María Pemán y el marqués de Santa Cruz. También se integraron, aunque no participaron en los debates, elementos del sindicalismo católico, y dos liberales; uno menos significado: García Sola, y otro de larga trayectoria democrática y progresista: Diego María Crehuet, que sería reelegido en los años sucesivos de 1928, 1929 hasta febrero de 1930, en que la Dictadura fue derrocada.
Las deliberaciones se centraron al principio en dilucidar si había realmente que reformar la Constitución, o bastaría con hacer algunos cambios en las leyes complementarias. El gobierno y el Dictador se habían pronunciado por la reforma – quizá obligados por el propio Alfonso XIII – pero quedaba en el aire si esta reforma debía respetar los modos y formas del liberalismo clásico o incorporar los principios del autoritarismo corporativista, que en Italia y en Portugal estaban dando resultados positivos.
La postura mayoritaria y autoritaria, pedía una Constitución en la que se exaltase, sobre todo, la unidad nacional; en la que fueran restringidos los derechos y libertades reconocidos por la de 1876; en la que desapareciese el control parlamentario del Gobierno, y en la que sufragio de los ciudadanos solamente sirviese para elegir a la mitad de los miembros del Parlamento. Ya que la otra mitad sería, bien por voto corporativo: “familiar”, “municipal” o “colegial”, bien por nombramiento real. Privando además del derecho a voto a los “indiferentes” que no hubieren manifestado su adhesión al nuevo régimen.
Frente a estas posturas, Diego María Crehuet, García Sola y el mismo Ramiro de Maeztu, defendieron la necesidad del control parlamentarios del Ejecutivo. Por su parte, Crehuet defendió el sufragio secreto e individual para la elección de todos los parlamentarios; y, en definitiva, mantuvieron en exigua minoría la defensa de los principios del liberalismo y de la democracia.
Este proyecto constitucional fracasó en todos sus términos a finales de 1928, pues quienes participaban en su elaboración no creían en el constitucionalismo liberal; y, los que creían en él, pronto se apartaron de los trabajos y tareas de la Sección.
En 1929 ya nadie confiaba en la viabilidad de una Dictadura – aunque se tuvieran puestos los ojos en Italia -; y en todo Madrid se criticaba y se conspiraba abiertamente contra el Rey y contra la Monarquía .
Unos años antes ya se habían producidos graves movimientos político-militares contra la Dictadura: la “sanjuanada”, en septiembre de 1926. Entonces el Dictador abortó el “cuartelazo” declarando el estado de guerra y disolviendo el Arma de Artillería, con el pase forzoso a la reserva de 1.800 jefes y oficiales, que quedaron privados de empleo y sueldo. El 11 de septiembre, la Unión Patriótica de Cáceres apoyó al gobierno con 1.928 firmas de todos sus afiliados. Pero en 1929 la Dictadura estaba agotada, y todo el mundo adivinaba que con ella se agotaría también la Monarquía.
El Rey visitaría por segunda y última vez Cáceres en noviembre de 1928 . Venía a cazar a una finca y, de paso, aprovechó para inaugurar el puente reconstruido en Alconétar sobre el río Tajo. Puente monumental que mejoraba sustancialmente la accesibilidad de la ciudad situándola en una de las rutas más importantes entre Madrid y Lisboa.
* * *

VII .- República y Guerra: Procesos contra el Poder Judicial

En toda biografía, por muy relevante y lúcido que sea su protagonista, se producen lagunas, períodos oscuros, secuencias de silencio, en las que los datos y detalles de su peripecia vital desaparecen de actas y documentos, o quedan soterrados por acontecimientos y tensiones tan fuertes, que la existencia del personaje pierde color y temperatura, incluso para sus propios contemporáneos. Es entonces cuando el historiador ha de poner en juego todas sus habilidades de investigador para encontrar rastros y huellas paralelas con las que completar el hilo de su relato; aunque, a veces, no sean manifestaciones directas o personales de su biografiado, sino noticias de sus amistades, de los campos en los que desarrolló su actividad o de los avatares políticos en los que se vio inmerso, para ir adivinando los surcos en los que germinó y maduró su obra y su realidad existencial.
Después de la relevancia política y jurisdiccional de la que gozó Diego María Crehuet durante los últimos años de la Dictadura de Primo de Rivera – como jurista y como hombre de bien -, cuando cayó el Dictador y se disolvieron la Asamblea Nacional y la Unión Patriótica, toda su obra quedó relegada al desprestigio y hasta al odio de los poderes emergentes contra aquel régimen marginal y contradictorio, en el que se había depositado tanta y tan buena voluntad frustrada.
El último Presidente del Tribunal Supremo durante la época de la Dictadura, había sido don José Yanguas Messia, que fue también Ministro de Estado en el llamado Directorio Civil de 1925, y Presidente de la Asamblea Nacional, desde 1927 hasta 1930. Por ello, el Tribunal de Responsabilidades Políticas contra la Dictadura, instaurado por las Cortes Constituyentes de la recién proclamada II República – en 1931 – encargado de depurar las responsabilidades a que hubiera lugar, le encausó y le obligó a exiliarse en Lisboa, hasta que la sublevación militar de 1936, con Franco a la cabeza, le permitiera regresar a España y ocupar importantes puestos políticos y jurídicos.
El nuevo régimen republicano quiso construir, a partir de 1931, un sistema político sobre las bases firmes del “Estado de Derecho” , depurando y reforzando el Poder Judicial, garantizando su independencia y honestidad, y apoyándolo en la autoridad incontrastable del Tribunal Supremo, que se erigía en pilar jurídico del Estado.
Cuando, el 18 de julio de 1936, parte del Ejército de África se sublevó contra la legalidad constitucional y contra el gobierno de la República, Diego María Crehuet seguía siendo Magistrado del Tribunal Supremo y Presidente de su Sala 7ª; por lo que estaba obligado a prestar y reiterar fidelidad a la República y a la Constitución, según una “circular” del Fiscal General, que entonces era Alberto de Paz.
Todo el Poder Judicial, y muy especialmente los altos dignatarios y representantes de los órganos superiores, se vieron sacudidos y conmocionados por la violencia y odio desatados a causa de la sublevación militar. Entre todos ellos se produjo una división absoluta e irreconciliable – como en todo el país – y algunos cayeron asesinados en uno u otro bando, en función de ciertas posturas de fanatismo político y religioso que acabaron soterrando la legalidad, la racionalidad o la Justicia.
La mayoría de los Presidentes de Sala, en Madrid, y en otras Audiencias provinciales, tuvieron que decantarse explícitamente en favor de la Constitución y de la legalidad republicana; o bien, por la “salvación de la Patria” que pretendían los sublevados. Opción ésta a la que sólo se adhirieron los que estaban fuera de Madrid o en la llamada “zona nacional”. Pero Diego María Crehuet estaba próximo a jubilarse con 63 años, lo mismo que Diego García, que era Presidente de la 4º, y prefirieron acogerse a la Ley Provisional del Poder Judicial, de 1870, que estaba aún plenamente vigente, y no pronunciarse al respecto; ya que la “circular” del Fiscal General infringía la mencionada Ley.
La situación bélica, que todo lo fragmentaba y arrasaba, había separado a Cáceres de Madrid por distancias insalvables; las distancias que se establecieron entre la “España Roja” y la “España Nacional”, por lo que hubiera sido muy difícil para el Magistrado retirarse a su antigua casa cacereña – a su “patria chica” – más segura y apartada de la guerra. Además de que su condición de alto funcionario del poder judicial le exigía permanecer en la capital, asistiendo a los tribunales y a sus deberes ante la Justicia.
Aunque la Justicia, como tal, ya no tenía ningún papel que jugar entre los españoles, viéndose sobrepasada y conculcada por multitud de “tribunales populares”, “jurados sindicales” o “tribunales militares” que la ejercían arbitrariamente, en uno y otro bando. El juramento de acatar y cumplir la Constitución de la República ya lo había pronunciado Diego María Crehuet al ocupar su plaza, y el gobierno republicano lo mantuvo en su puesto y responsabilidad a pesar de su “tibieza” política frente a la sublevación.
Además de aquellas medidas discriminatorias y de incontrastable definición política, el Gobierno republicano de 1936 decidió crear las Juntas de Inspección de Tribunales, encargadas de constatar la fidelidad y adhesión a la República de jueces y funcionarios de los órganos centrales y de las Audiencias Territoriales de las provincias, al menos las que habían quedado en la zona “roja”.
Estas Juntas fueron las encargadas de proponer la depuración de los tribunales mediante la separación forzosa – por jubilación anticipada o por excedencia obligatoria – de los jueces y magistrados que se sospechase su afinidad con los sublevados. Estos retiros forzosos permitían conservar a los funcionarios las tres cuartas partes de sus retribuciones y todos sus derechos pasivos.
Así, por Decreto del 18 de agosto de 1936, Diego María Crehuet quedó separado de la carrera judicial por excedencia forzosa y en unas condiciones económicas no muy boyantes. Pero, teniendo en cuenta que vivía solo en un piso de la calle Ayala, 96, en el que permanecía casi aislado, podemos explicarnos que de estos desdichados años de guerra no tengamos muchos datos de su vida.
La finalización de la Guerra Civil, y el triunfo de los sublevados “filofascistas” del General Franco, significaron un giro radical y violento en la vida política, cultural y jurídica de los españoles; iniciándose un largo y angustioso período de persecuciones, deportaciones, procesamientos y exilios de todos aquellos que hubieren colaborado, directa o indirectamente, con las autoridades legítimas de la República.
Las élites intelectuales, los artistas, los poetas, los profesores de todo nivel y condición se vieron en la tesitura de exiliarse del país – como hicieron la inmensa mayoría de ellos – o someterse a juicios y procesos humillantes ante tribunales políticos y militares, que utilizaban la Justicia y el Derecho como instrumentos para eliminar o enmudecer a todos los que consideraban sus enemigos. Así, los vencedores llevaron a efecto procesos depurativos mucho más radicales y contundentes que los que había realizado la República contra los jueces, fiscales y magistrados que fueran sospechosos de haber colaborado con el gobierno constitucional, o d e haber pertenecido a la Masonería o a los Partidos integrados en el Frente Popular
En el juicio sumarísimo, nº 2198 del 7 de diciembre de 1939 incoado por el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas se abrió un proceso: “…contra el personal de magistrados y fiscales del Tribunal Supremo del llamado gobierno de la República”, en el que quedaron encausados los magistrados Diego Medina García, Santiago del valle, José María Rodríguez de los Ríos, Diego María Crehuet del Amo, José Castán Tobeñas, Felipe Uribarri, Raimundo Pérez y otros . Las sentencias fueron duras para ciertos encausados: Diego Medina fue condenado a siete años de prisión; Rodríguez de los Ríos a seis años y un día; etc. Pero otros que demostraron que habían sido cooperadores con la Dictadura de Primo de Rivera y fueron separados del servicio por la República, obtuvieron su absolución: entre ellos Diego María Crehuet, Aranda y Castán Tobeñas.
Consecuentemente, al terminarse el proceso bélico, se incorporó a sus tareas judiciales como Presidente de la Sala 7ª del Tribunal Supremo, dedicada a los procesos Contensioso-Administrativos, que no debieron dar al ya maduro magistrado mucho trabajo, pues la Dictadura Militar y el gobierno totalitario y antiliberal instaurado por los vencedores no admitía la posibilidad de verse denunciado o contrariado, ni siquiera por el Poder Judicial.
Se iniciaba entonces la época más dura y desdichada de la Historia de España, desde todos los puntos de vista: hambrunas, enfermedades epidémicas y racionamiento en todo el país; represión y persecución en virtud de leyes tan absurdas como la de “Represión del Comunismo y la Masonería”, la ya citada de “Responsabilidades Políticas”, y el colofón de mayor ilegalidad y arbitrariedad jurídica, como fue la “Causa General”, incoada por el Fiscal General Romualdo Hernández Serrano desde el año 1943, abriendo procesos en todas las provincias, audiencias y tribunales por los crímenes habidos durante la guerra – incluso incoando los que tuvieron lugar durante la República – atribuyéndoselos, sin pruebas ni procesos, a los “elementos criminales del Frente Popular”, que fueron condenados, según las estrambóticas leyes de la represión, a muerte.
Con la “Causa General” se intentaban justificar legalmente – aunque con procesos totalmente irregulares – las condenas capitales y fusilamientos de los miles de presos políticos, que el final de la guerra había dejado atiborrando las cárceles y los campos de concentración del “Nuevo Estado”.
Aquellos años – que Diego María Crehuet vivió casi en un retiro absoluto y voluntario en su casa de Madrid – conocieron la más violenta represión y la más sangrienta aniquilación de individuos e ideologías que haya conocido la población española; pues los Consejos de Guerra y los fusilamientos llegaron a ser más cruentos y numerosos que los de la misma guerra.
A partir de su jubilación definitiva, en 1945, ya con 72 años, Diego María Crehuet comenzó a llevar en Madrid una vida retirada y austera; asistiendo con frecuencia a los actos y conferencias de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, de la que era miembro de mérito desde hacía muchos años, y en la que había participado con estudios y conferencias realmente notables; también participó en la creación del Hogar Extremeño de Madrid
* * *
VIII .- Merecidos Homenajes.

A lo largo de su vida, encauzada desde que era muy joven por los difíciles vericuetos de la inquietud literaria – como afición – y por la práctica jurídica – como profesión -, a las que dedicó siempre sus mejores energías con la ilusión del neófito y con la maestría del estudioso, Diego María Crehuet se acostumbró a recibir entrañables y repetidos homenajes en reconocimiento de la fértil labor que, en uno y otro campo, había desarrollado. Bien, en su ciudad natal, en la que era sobradamente conocido y admirado por cuantos le conocieron; bien, en Madrid – cabeza y capital del reino – en donde desempeñó tareas y representó papeles jurisdiccionales y políticos muy importantes, en momentos críticos que cambiaron la Historia del país.
Excepto su vida afectiva y familiar, que sacrificó en provecho y ventura de su proyección pública y de su honestidad profesional, el resto de su existencia la dedicó a los demás: a su madre, doña María del Carmen, viuda desde hacía muchos años, con la que convivió en su piso de Madrid hasta su muerte; a sus amigos y admiradores, a los que siempre respondió y correspondió con afección y cariño; a los cacereños y cacereñas – incluidos los vecinos de Arroyo del Puerco – a quienes procuró agradar y exaltar en sus discursos y escritos; a la Virgen de La Montaña, en fin, por la que se sintió atraído y protegido. Y, en general, a todos los que le conocieron y le trataron, buscando su aprobación y reconocimiento mediante cuidadas intervenciones públicas, con ocasión de los acontecimientos más diversos, vinculados a la historia de la ciudad.
También en Madrid, en momentos y secuencias más escogidos y minoritarios de su vida jurídica. En el ámbito de la Real Academia de Jurisprudencia o en la Sección Constitucional de la Asamblea Nacional de la Dictadura, donde defendió sin ambages ni cortapisas las libertades públicas, la vigencia de los principios democráticos y liberales frente a posturas más autoritarias; y la preeminencia del Estado Constitucional sobre otras instancias del poder político. Aunque aceptase y justificase, en momentos de grave crisis política, la intervención militar y dictatorial, con la que colaboró para salvaguardar la ley y la justicia. Postura que le llevó a situaciones muy delicadas durante la República; y, de rebote, también después de la Guerra Civil, cuando fue procesado.
El reconocimiento y admiración que despertaba su persona entre sus allegados y conocidos no nacía solamente de su inmensa cultura, de la riqueza de su verbo o de la pasión que ponía en discursos y disertaciones, sino de su sencillez personal; del recato y hasta timidez con que aceptaba sus compromisos para actuar en público, y de la seriedad y presteza con las que resolvía estos compromisos, por difíciles que fueran.
Ya en 1908, en el periódico “El Bloque”, órgano del sector “canalejista” del Partido Liberal-democrático, el diputado Luis de Armiñán escribía estos párrafos referidos al entonces joven jurista cacereño: “Figuraos un joven cultísimo, de pródiga y robusta inteligencia, muy metido en sí, modelo de hijos y espejo de caballeros… De entre todas las cualidades de este hidalgo extremeño, aquella que en estos tiempos se aprecia más, es quizá lo que en él vale menos: la llave de oro de la que hablaba Víctor Hugo, la Elocuencia, palanca que abre o violenta las puertas de los caminos del éxito, se da en Crehuet como las amapolas en los trigales floridos…”
Por ello, no es de extrañar que a lo largo de su vida, los colectivos entre los que se desenvolvía aprovechasen cualquier oportunidad para dedicarle veladas, banquetes, discursos o publicaciones en los que el centro de atención fuera el propio don Diego María, cuando podían contar con él; pues, según solían decir sus allegados, rehuía cuanto podía figurar o aparecer en tales ceremonias y agasajos.

Excmo. Sr. Don Diego María Crehuet del Amo
Magistrado del Tribunal Supremo.

En los capítulos precedentes de esta breve biografía, ya hemos hecho referencia a las numerosas ocasiones en las que los distintos Organismos y Asociaciones, públicas o privadas – tales como la Corporación Municipal y Provincial, el Ateneo de Cáceres, los Colegios Profesionales de Notarios y Abogados, etc. – programaron actos y eventos para honrar la figura de Diego María Crehuet y para poner de relieve sus méritos como orador, como Magistrado, como escritor y pensador o como devoto de la Virgen.
Las distintas revistas literarias recalcaron su sensibilidad como narrador de pequeñas historias o como ensayista sobre temas arrancados a la tradición cultural y jurídica de nuestra civilización, descubridor de matices nuevos en las antiguas obras de poesía y teatro. También le proporcionaron un espacio destacado entre los círculos intelectuales de su ciudad, espacio que él aprovechó para llenar algunas páginas de las publicaciones más prestigiosas, como la “Revista de Extremadura” o – en menor medida – “Alcántara”.
La última singladura de su carrera jurídica iba a ser el corto período desde 1940 a 1945; época dura y dislocada de la inmediata posguerra, en la que desempeñó la Presidencia de la Sala de lo Contencioso del Tribunal Supremo; Presidencia que no debió ocasionarle ninguna sobrecarga de trabajo, dado el carácter totalitario e intransigente de la Administración implantada después de la Guerra; y lo aventurado que hubiera sido entonces incoar cualquier proceso de ese carácter contra el Estado.
En 1945 se jubiló como Magistrado y quedó ya a vivir en Madrid, en la calle Ayala, nº 96, en pleno barrio de Salamanca, donde tantos años convivió con su anciana madre, hasta que esta murió. Contaba ya con 72 años, pero su estro literario no se había apagado, por lo que empezó a colaborar con la Revista “Alcántara”; cuyo Director, Pedro Romero Mendoza, le había rogado que enviara alguna breve colaboración a la nueva publicación.
Hacía poco que “Alcántara” había sido fundada como revista literaria por cuatro heroicos poetas y escritores cacereños: Tomás Martín Gil, José Canal, Fernando Bravo y Jesús Delgado Valhondo; pero ante la imposibilidad de sostenerla solo con las aportaciones de cada uno de ellos, la habían cedido a la Diputación Provincial, cuyo Presidente: Luis Grande Baudessón la asumió como órgano de comunicación de la Corporación Provincial, y ofreció su dirección al notable ensayista Pedro Romero Mendoza, autor inagotable y prolífico de excelentes estudios críticos sobre la literatura española, que había recibido ya varios premios en concursos y certámenes.
En 1949, cuando ya llevaba cuatro años retirado de su carrera, sus antiguos compañeros de la Sala 2ª del Tribunal Supremo le dedicaron un libro-homenaje, del que solo tenemos noticias por la Introducción que don Federico Castejón insertó en el que los Colegios de Notarios, Secretarios de Sala, Magistrados y Fiscales, y la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, recopilaron y editaron en Madrid en 1950; encargándose a la Editorial “Escelicer”, la edición, encuadernación y distribución del volumen, teniendo en cuenta las limitaciones técnicas y económicas que entonces de padecían.
El libro no era comercial, ni se pondría a la venta. Se sacarían solamente los ejemplares que cada institución o individuo adquiriese mediante suscripción previa, y solamente se editarían algunos ejemplares más para el propio homenajeado o para los que queriendo participar en el evento se hubieren distraído al hacer su aportación. Ese mismos año, en el número de “Alcántara” correspondiente al mes de mayo – el nº 19 – se incluía un amplio artículo de Diego María Crehuet sobre “El episodio de “La Pía” en la Divina Comedia” – un verdadero alarde de erudición literaria y de profundo conocimiento del italiano – que le había pedido Romero Mendoza como colaboración, y que posteriormente sería también incluido en el volumen-homenaje, que vio la luz en 1950, como ya hemos dicho.
Ninguno de los contenidos de este voluminoso libro era novedad. Todas las piezas, discursos, narraciones o memorias que contenía ya se habían publicado con anterioridad; pero estaban dispersas y no era fácil contar con ellas para su relectura.
En este sentido su nueva reedición en “Obras de Diego María Crehuet ” ( Madrid, 1950), fue un acierto y una muestra de respeto y cariño para el anciano jurista, Aunque se echaba en falta, además de la presentación de don Federico Castejón, un estudio jurídico-literario y una amplia nota biográfica sobre su autor, que hubiera hecho innecesaria esta humilde biografía.
Era difícil ya que el anciano escritor y jurista volviera a coger la pluma para nuevas reflexiones. En la escasa correspondencia que mantuvo con Pedro Romero Mendoza, que continuamente le solicitaba nuevas aportaciones literarias para la Revista “Alcántara”, se hacía presente la tremenda afección de “Parkinson” que inutilizaba sus temblorosas manos para la escritura; hasta el punto de que las últimas cartas ya no las escribía él, quizá alguno de sus colaboradores de la Academia, pues sólo las firmaba con garabatos ilegibles.
En el mismo curso académico en el que se preparaba esta edición de las “Obras” se celebró en Cáceres la “II Asamblea de Estudios Extremeños”; cuya “Crónica” fue insertada, con todos los detalles de su desarrollo y las personas que en ella intervinieron, en la sección correspondiente de “Alcántara”, además de en el “Boletín de Información de F.E.T. y de las J.O.N.S.” correspondiente al mes de noviembre de 1949.
El evento había tenido lugar desde el 27 al 31 de octubre en los Salones de la Diputación Provincial, cuyo Presidente, don Luis Grande Baudessón, siempre había sido entrañable amigo y gran admirador de Diego María Crehuet. También fue patrocinador y promotor el Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento, don Antonio Rueda y Sánchez-Malo, creador e impulsor de los “Servicios Culturales” del Movimiento en nuestra provincia.
En la “Asamblea de Estudios Extremeños” tomaron parte personalidades que siempre habían estado en contacto con el anciano jurista: Presidió las sesiones don Eduardo Hernández Pacheco, Catedrático de Geología de la Universidad Central de Madrid y natural de Alcuéscar. Coordinaron cada una de sus Secciones: don Antonio Cristino Floriano Cumbreño, la de Historia; don León Leal Ramos, la de Economía Social; don Francisco Hernández Pacheco – hijo del anterior – la de Geografía y Geología; doña Angelines Capdevielle, la de folclore y danzas populares; y, finalmente, sería invitado a una de las sesiones el maestro nacional de El Casar de Cáceres, don Ángel Rodríguez Campos: “Helénides de Salamina” para que leyera algunos fragmentos de su voluminoso poema “El Panehelenio”.
Todo nos inclina a pensar que los organizadores de la mencionada “Asamblea” comunicaron a don Diego María su deseo de que asistiese a las actividades; presidiendo incluso alguna Sección de Legislación o de Literatura; y que él se negase a venir a Cáceres por el agravamiento de sus enfermedad degenerativa, que ya le impediría concurrir y colaborar en las sesiones y actos públicos protocolarios.
Cinco años más tarde, en febrero de 1956 fallecía en su casa de Madrid, en la Calle Ayala, 96, con 83 años cumplidos y la nostalgia de morir lejos de su querida Cáceres, en donde expresó que quería ser inhumado para su eterno descanso, en el mismo sepulcro donde ya descansaban los restos de su madre. La casualidad hizo que el día 17 de ese mismo mes falleciese, también en la capital de España, su entrañable amigo don Luis Grande Baudessón, cuyo sepelio coincidió el mismo día en que Diego Maria Crehuet llegaba a Cáceres y ambos eran enterrados en el Cementerio con las mismas solemnidades religiosas, que eran entonces preceptivas.
La Revista “Alcántara” – que tanto debía a Baudessón, y en la que había colaborado Crehuet – preparó un número especial en el que se incluyó un doble homenaje a uno y otro. Redactado por don Valeriano Gutiérrez Macías, el que se dedicó a Luis Grande, y por Ildefonso Alamillo Salgado, el destinado al recuerdo de Diego María Crehuet.
Por su parte, el Ayuntamiento también se sumaba a este honor póstumo aprobando nominar con su nombre una de las calles de la trama viaria urbana, entre las nuevas vías que iban surgiendo en el ensanche de la Avenida de la Virgen de la Montaña, paralela a ella y pronto integrada en el núcleo central de la población.

* * *

IX .- Epílogo de una vida.

Más de cinco décadas – medio siglo – han pasado desde que este ilustre y ejemplar cacereño abandonase el mundo de los vivos y pasase a ocupar un destacado lugar en el recuerdo colectivo y en la admiración pública de quienes le conocieron. Muy especialmente por el hecho – siempre sorprendente en la vida social y política provinciana – de que Diego María Crehuet ocupase en Madrid tribunas muy destacadas y de notable responsabilidad, que le hacían aparecer frecuentemente en esos espejos, un tanto engañosos de la popularidad, que fueron – y siguen siendo – los medios de comunicación social, en los que el ilustre jurista tuvo una presencia más que destacada.
Pero también, su figura adquiere relieve y prestigio entre quienes no tuvimos ese privilegio de tratarle y conocerle; aunque hayamos tenido que asimilar y reconstruir su figura histórica leyendo y analizando su obra – jurídica o literaria – o a través de los avatares históricos y constancias testificales que se conservan hoy en los periódicos, en los documentos o en las obras de otros autores coetáneos; en las que, indefectiblemente, le reflejaron y describieron como amigo o le admiraron como maestro.
Cincuenta años, en esta acelerada y atropellada época de los inicios del siglo XXI, es mucho tiempo. En ese período se han declarado y consumido revoluciones, se han iniciado y liquidado guerras, y las gentes de medio mundo han cambiado de atuendo, de costumbres, de residencia o de lenguaje casi de manera permanente.
Sin lugar a dudas, en el pasado histórico de nuestra civilización, estas cinco décadas apenas habrían conocido algún cambio o variación en las costumbres y en los hábitos de conducta.
Apenas habrían registrado giros o mudanzas en las mentalidades o en el aspecto externo de nuestros antepasados. Pero en el pasado siglo XX, en períodos bastante menores de tiempo, cambiaron los Estados, las Naciones y hasta los pueblos.
En apenas unas décadas se implantaron costumbres y formas de vida que en la antigüedad clásica hubieran sido calificadas de “bárbaras” y desproporcionadas. Y la especie humana, en solo unos lustros del siglo pasado, en todos los rincones de la Tierra, se dedicó con especial saña y salvajismo a desarraigar, a perseguir, a aniquilar a razas enteras, ante la mirada sorprendida y asustada de las gentes de bien.
Don Diego María Crehuet – que vivió los momentos más violentos y terribles de esa centuria – era uno de esos hombres honestos y cabales que creyó firmemente que las leyes, la moralidad cristiana y la sociedad occidental, altamente tecnificada y civilizada, triunfarían sobre los males y vicios que entorpecían y embrutecían a los hombres. Que superaría la iniquidad y la vulgaridad de los ignorantes; que vencería la codicia y la ambición de los avaros y acaparadores.
En el momento en el que los españoles sufrían bajo los efectos de la gran depresión económica de principios del siglo XX, Diego María Crehuet escribía estas palabras – aplicables plenamente hoy a nuestra actual situación – : “El Derecho Mercantil debe preconizar severidad inflexible en la vigilancia por la diafanidad de los negocios y para salvaguarda de la confianza y de la buena fe de los ciudadanos honestos…. En estos nuestros días, que son los de moral fácil, de arribismos desenfrenados, de empresas turbias, de negocios tentadores, con solo la mira del lucro sin entrañas, bajo el espejuelo de cifras por cientos de millones, palacios grandiosos, lujosas oficinas y Consejos de Administración formados por personajes decorativos, la ley y el Derecho han de crear los cauces por los que discurran la honradez y la moderación en los tratos y negocios…”
Pero sus buenos propósitos fallaron. Se equivocó, y su error le llevó a situaciones personales muy delicadas, al aislamiento y a la marginación de sus últimos años.
En sus cortas narraciones literarias – que publicó en las revistas locales como desahogo de su frustrada vocación de novelista – se amparó en las gentes sencillas de los pueblos cacereños para resaltar los valores y virtudes que creía básicos para la convivencia humana. Fue esta quizá la mayor influencia recibida de su admirado poeta Gabriel y Galán, del que sin duda bebió en inspiración y lenguaje.
En los análisis jurídicos que hizo de las grandes obras de teatro o de poesía, del Renacimiento y del Barroco, se afanó con mayor ahínco en resaltar la interpretación jurídica y legal que estaba en mejor consonancia con su función de Fiscal o de Magistrado del Tribunal Supremo; y, sobre todo, como miembro de mérito de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, en la que siempre intervino con nuevas ideas y planteamientos.
Pero donde su huella fue más marcada y su trascendencia más notable fue en las “Memorias” que redactó como Fiscal General, con propuestas de reforma del Poder Judicial – concretas y muy positivas – que le valieron el aprecio y la consideración de sus colegas y compañeros de la Fiscalía y la Judicatura.
A los cincuenta años de su muerte, quizá la figura de Diego María Crehuet ya no sea el paradigma a imitar entre las gentes cacereñas o extremeñas. Su visión del mundo y de la sociedad ha quedado ya desdibujada por nuevos avatares y circunstancias que él no conoció, y que han significado un vuelco en las nociones de cultura, de moralidad, de ordenación jurídica y de relaciones entre los hombres o entre las naciones.
Nos gustaría en este “Epílogo” a la biografía del Magistrado Crehuet hacer un catálogo de todas aquellas ideas, instituciones o planteamientos que han ido cambiando nuestras vidas desde 1956 hasta la actualidad; pero este propósito nos llevaría a redactar el doble de páginas que las escritas hasta ahora con su vida y obras, y nos obligaría a comentar y analizar todas aquellas de las suyas que quedaron enterradas en los sotabancos del tiempo en el momento mismo en que él fuera inhumado.
* * *
Marcelino Cardalliaguet Quirant
Doctor en Historia
Catedrático jubilado.

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