DIEGO MARÍA CREHUET DEL AMO (UN JURISTA EN LA LITERATURA)

– I – Introducción y Fuentes.

Con harta frecuencia, las biografías de los hombres notables no son más que relatos circunstanciados de unas vidas corrientes, a las que se han añadido algunas dosis de apología elogiosa, un amago de análisis psicológico – con algún incipiente desequilibrio mental -; quizá, algo de intriga política o religiosa, para dar mayor interés al argumento, y los indicios o sospechas de ciertos desvíos sexuales. Todo ello empastado en una base bien amasada de historia local o nacional, dependiendo del relieve que se quiera dar al biografiado, que le sirva de fundamento literario para lograr un molde en el que recortar y resaltar su figura.
En estos relatos sobre vidas singulares que buscan, como las antiguas hagiografías, crear paradigmas para un mundo moderno y cambiante, se suelen mezclar sustancias que pertenecen a la naturaleza de las personas, a sus circunstancias familiares e individuales, con elementos entresacados de lo que cada uno representa en su contexto social o laboral, para hacerlo resaltar sobre un montón de datos y problemas latentes en el trasfondo político, cultural o económico de cada época, que den color y credibilidad a las distintas fases y momentos de cada peripecia vital.
Un hombre o una mujer son “notables” cuando se han hecho notar a lo largo de sus vidas. Cuando resaltan y sobresalen de la escenografía histórica que les sirvió de fondo de pantalla, por sus acciones y creaciones o por el papel destacado y singular que desempeñaron en el decurso de su existencia. Por eso, el biografiador, ha de empastar con colores más fuertes y contrastados aquellos aspectos que los diferenciaron del común de sus coetáneos; y, al tiempo, a veces, también tenga que difuminar con veladuras y “sfumatos” leonardescos ese trasfondo social o familiar para que resalten más las líneas y ángulos que los caracterizaron como individualidades extraordinarias.
En el caso de don Diego María Crehuet del Amo, a quien vamos a dedicar estas páginas con los rasgos más notables y destacados de su biografía, no es necesario difuminar el fondo para que resalte su figura; pues, el viejo Cáceres de finales del siglo XIX y de la primera mitad del XX, era ya una ciudad un tanto neutra, anodina, provinciana y con escasos impulsos creativos en la mayoría de su escasa población.

      

Vista parcial de Cáceres a comienzos del siglo XX,
      desde el camino que ascendía a La Montaña.

Si exceptuamos a aquellas honrosas minorías de intelectuales – ensayistas, polemistas, pensadores y poetas – que animaban las páginas de los enjundiosos periódicos y revistas literarias, editadas en y para círculos muy reducidos, la mayoría del vecindario se situaba al margen de las inquietudes estéticas o filosóficas que rebasaban las simples necesidades de supervivencia; pero la pequeña élite, consciente e insatisfecha de la realidad urbana, se lamentaba con versos y proclamas de cierta originalidad y rebeldía, reivindicando, en tono menor, esa situación social, cultural o económica de la ciudad, que siempre aparecía moviéndose en los márgenes de la escasez y el subdesarrollo.
Aún así, estos círculos literarios o políticos – nacidos y germinados en las bases de la pequeña burguesía cacereña – se mostraban siempre sumisos a los parámetros normativos que imponía el catolicismo más acendrado. Acatando, sin críticas ni discusiones, el sistema político implantado por la reciente “Restauración” de una monarquía conservadora y militarizada; manteniendo en sus usos y costumbres familiares los rígidos mandamientos de las “clases acomodadas” – o de las “gentes de bien” – que eran frecuentemente los argumentos escogidos por la mayoría de los escritores para sus cuentos o novelas.
Cualquier disidencia de estos parámetros sociales, o cualquier excepcionalidad en la aceptación de estos mandamientos, creaba una notoriedad personal que hacía sobresalir a los rebeldes por encima de la mediocridad reinante, y los convertía en individualidades destacadas, que cobraban pronto fama y prestigio.
En este largo período en el que se desarrolló parte de la vida del joven Diego María en Cáceres, la ciudad pasó de ser un poblachón de escaso vecindario, dedicado a la explotación de las huertas del Marco, o a cuidar de una pobre ganadería en establos y corrales extendidos por toda la trama urbana, con algunos artesanos y servidores domésticos, dependientes u obreros que mantenían un régimen económico atrasado y casi miserable; a ser una floreciente “capital” de provincia, con nubes de funcionarios de la Administración local y provincial; profesores del Instituto de Segunda Enseñanza; tenderos y comerciantes establecidos en los aledaños de la Plaza Mayor; y, muy especialmente, abogados, procuradores, fiscales y magistrados de la Audiencia Territorial de Extremadura, que ejercieron una notoria influencia en los ámbitos de esta incipiente burguesía y en el futuro profesional de muchos estudiantes.

La Plaza Mayor cacereña en las primeras décadas del siglo XX
era el centro de la vida social, económica y cultural de la ciudad.

Abogados, profesores y funcionarios, se encontraban ensamblados en una población que creció paulatinamente, desde unos 14.000 a sobrepasar los 35.000 habitantes, más o menos; mayoritariamente huertanos, ganaderos, artesanos, servidores y trabajadores de gremio, tales como caleros, bataneros, zapateros o pintores, cuyas inquietudes intelectuales o literarias eran prácticamente nulas y un alto índice de analfabetismo; dando una estructura social irregular y contrastada en todos los aspectos del espectro estamental: desde las gentes ricas y cultas de los niveles superiores, a las masas pobres e ignorantes que formaban la extensa base vecinal.
Un vecindario, pues, incoherente en sí mismo y lleno de contradicciones, que acabaría desembocando en divisiones y enfrentamientos políticos, cada vez más violentos, y en aquella hecatombe trágica de la Guerra Civil, que tan bien conoció y padeció el joven jurista que estamos biografiando.
Sobre este abrupto e irregular paisaje social, ilustrado por agudos contrastes y desigualdades, destacaba sobre todos una élite aristocrática poderosa y bien caracterizada: una minoría de terratenientes y latifundistas titulados que ocupaban la cúspide de la pirámide cacereña, residiendo en lo más alto y encumbrado de su Ciudad Monumental; ya que todos ellos poseían y residían en ostentosos palacios y caserones del barrio antiguo, o en hermosos castillos y dehesas cercanos la propia ciudad, con abundante personal de criados y servidores.
Otros, aprovechando la fugaz prosperidad económica que daban los conflictos exteriores, en los que España era proveedora neutral de productos agrícolas o agroalimentarios, se hicieron construir vistosas mansiones de fachadas “modernistas” en los aledaños del llamado Paseo de Cánovas o en las antiguas calles de Moros, Margallo, Barrio Nuevo, plaza de La Concepción, etc., en las últimas décadas del XIX y en las primeras del XX, readaptando el estilo a los pobres materiales con que se podía contar en esta tierra.
Como en casi todas las épocas de su historia, Cáceres siguió ejerciendo un notable impulso de atracción sobre gentes foráneas que veían en la ciudad un remanso de sosiego urbano y una promesa de prosperidad en los diversos ámbitos de la naciente economía. De ahí que a lo largo de los siglos XIX y XX numerosas familias francesas, catalanas, castellanas o de otras procedencias se asentasen en sus barriadas y colaciones, como lo habían hecho en las edades pretéritas. Los Crehuet fueron una de esas sagas foráneas que echaron raíces profundas en las empedradas y empinadas calles cacereñas, como los Calaff, los Michel, Busquet, Uribarris, Ibarrolas, Baudesson, Canales, Casati, etc. que vivieron y convivieron durante los avatares y secuencias de los dos últimos siglos, integrándose sin fisuras en el vecindario más castizo de este municipio.
La pulsión vanidosa de autocomplacencia que conlleva siempre la pertenencia a una clase privilegiada, inducía a esta minoría – por lo menos a algunos de sus miembros – a escribir las viejas historias en las que aparecían sus antepasados, o las condiciones en que fueron encumbrados a la aristocracia local. Con lo que, de una forma o de otra, fueron apareciendo obras que describían y recreaban a la sociedad cacereña – siempre vista desde la altura – que son hoy las principales fuentes para conocer y encuadrar este ambiente social y cultural en que se desenvolvió la vida de don Diego María Crehuet, mientras permaneció en Cáceres.
La primera de las historias cacereñas, el famoso “Memorial de Ulloa”, responde plenamente a estos parámetros bibliográficos; pero las noticias y relaciones de los que vamos a sacar el retrato de la ciudad en los siglos XIX y XX, son mucho más actuales y numerosos.
En primer lugar debemos destacar las Fuentes Documentales de las que nos hemos servido, procedentes del Archivo Diocesano del Obispado de Cáceres, especialmente de los “Libros Sacramentales” de la Parroquia de San Mateo. También del Archivo Histórico Municipal, ubicado actualmente en el Palacio de “La Isla”, con su notable Hemeroteca de periódicos antiguos y modernos. Del Archivo Histórico Provincial de la Excma. Diputación y el Archivo de la Audiencia que se encuentra en el Palacio de Justicia.
Por razones de calidad, amplitud y garantía, para recensionar las Fuentes Bibliográficas, hemos de comenzar con las obras del erudito cacereño don Publio Hurtado Pérez, sobre todo en sus dos libros: “Ayuntamiento y familias cacerenses”, publicado en 1915, y “Tribunales y abogados cacereños”, algo anterior – 1910 – en el que intentó reflejar la situación de sus colegas juristas y la de los tribunales de la Audiencia Territorial de Extremadura, de la que él mismo era Secretario de Sala; con referencias tan firmes y completas que hacen de sus libros auténticos documentos. El hecho de que su hijo Gustavo Hurtado perteneciera, precisamente, a la misma generación que Diego María Crehuet – entre los alumnos del Instituto – nos hace pensar que sus datos y comentarios se ajustan a la más incontrovertible verdad, ya que los conocía personal y directamente.
Otra cosa eran las noticias que nuestro cronista tuviera de los antecesores remotos del joven Diego María y de su llegada a Cáceres; noticias que sin duda tomó de informaciones orales y de viejos recuerdos, con la falta de constatación que estos procedimientos de investigación histórica suelen conllevar.
Aunque nos dé menos semblanzas de las personas, en cambio Juan Sanguino Michel nos ofrece muchas más acerca de la ciudad, de su barrio monumental y de su historia, en sus cuadernos de “Notas referentes a Cáceres”, que han sido publicados recientemente, en 1996, por Ed. “Norba”. También nos ha servido para conocer mejor el Cáceres de finales del siglo XIX y comienzos del XX, el libro de don León Leal Ramos – “Ráfagas” – publicado por sus amigos y admiradores en 1960, a raíz de su fallecimiento. En él vuelven a salir a la luz una serie de columnas periodísticas y pequeños artículos, que ya se habían incluido durante años en la prensa cacereña, con escenas y retratos locales de una viveza y autenticidad extraordinaria.
Algunos notables paisanos coetáneos, hombres de la política y del periodismo, merecieron también la atención del poeta y crítico Juan Luís Cordero Gómez, en su libro “Regionalismo. Problemas de la provincia de Cáceres”, publicado en Barcelona en 1917, en el que se hacen referencias puntuales, apologéticas y elogiosas de algunos de ellos por sus coincidencias políticas con el autor. Aunque a Diego María Crehuet solo le cita de pasada, incluyendo una fotografía del personaje que nos permite adivinar su fisonomía individual; quizá porque el ilustre jurista cacereño ya no residía en la ciudad y no participaba de las mismas inquietudes sociales que el autor.
Más explícito es Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros y de San Miguel, en su libro: “La ciudad de Cáceres. Estampas de medio siglo de pequeña historia.” – Cáceres, 1953 – reeditado por el Ayuntamiento en 1999 como homenaje a tan destacado erudito de la historia local, que describe en su libro – producto también de anteriores publicaciones en la Revista “Alcántara” – la intrahistoria cacereña, por la que van desfilando numerosos miembros de la familia Crehuet en distintos momentos y secuencias de la vida ciudadana; siempre que tuvieran relación con las vivencias personales del propio Miguel Muñoz de San Pedro, que eran el principal argumento de sus escritos; pues no es éste un libro de Historia, en el estricto sentido del término, sino una recopilación de recuerdos, de costumbres perdidas, de curiosidades y anécdotas, al que no podemos pedir rigor en los datos ni neutralidad en los juicios con los que adorna sus relatos.
En 1950, el Ilustre Catedrático de Derecho Penal y Magistrado del Tribunal Supremo don Federico Castejón presentaba en Madrid un voluminoso libro homenaje: Obras de Diego María Crehuet, en nombre de los Colegios de Notarios, Secretarios de Sala, Fiscales, Magistrados del Tribunal Supremo y de la propia Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, en el que se incluían casi todas las obras completas de tan destacado jurista, cuando estaba ya jubilado desde 1945 y frisaba los 77 años de edad. En este libro se encuentran datos e informaciones insustituibles para puntualizar muchos datos y circunstancias de su vida profesional y literaria, sus ideales sociales o religiosos, las bases en las que asentó su acción jurídica como Fiscal y como Magistrado del Tribunal Supremo de España.
Otras referencias muy puntuales – esporádicas, en cuanto que no se estructuran cronológicamente – también las encontramos en los dos voluminosos libros del notable reportero de la vida cacereña Germán Sellers de Paz: “Cáceres visto por un periodista”. Cáceres, 1964 y “La prensa cacereña en su época: 1810 – 1989”. Cáceres, 1997; en los que se recogen los escritos y discursos publicados en la prensa local de don Diego María y los periódicos que dirigió su hermano Gregorio, que fue hombre dedicado al periodismo en los ratos libres que le dejaba su ocupación como Contador de la Diputación Provincial. Aunque, frecuentemente, confunde Sellers a Diego Crehuet Guillén con su hijo Diego María Crehuet del Amo, creando con ello cierto desconcierto entre ambos personajes.
Otros dos notables periodistas: Domingo Tomás Navarro y su esposa y colaboradora, Luisa Fernanda, fueron recopilando datos y noticias de Cáceres a lo largo del siglo XX y publicándolos en el Diario “Extremadura”, entre 1972 y 1974 en una serie de amplias y variadas referencias de la vida local, que titularon “Cáceres: Su pequeña historia. (1901 – 1970)”, ilustrando magistralmente la vida política, cultural, literaria y religiosa, sin faltar anécdotas curiosas, “notas de sociedad” de la época y otros datos de enorme interés y oportunidad para entender y estudiar la sociedad de esta época. En ocasiones, incluso, el protagonismo de los grandes titulares periodísticos le correspondió a Diego María Crehuet – en los momentos en que fue objeto de acontecimientos noticiables o en la recopilación posterior – y en las columnas recuadradas en las que se incluían los datos biográficos de las grandes personalidades del momento, también se incluyó la suya, junto a las de otros relevantes cacereños; que, sin duda, merecerían también biografías más amplias y mejor redactadas.

Número Especial de la Revista ALCÁNTARA con los homenajes
a Luis Grande Baudessón y Diego María Crehuet de 1956.

Pero, muy especialmente, nos hemos apoyado en el número monográfico que la Revista “Alcántara” publicó en 1956 – Año XII, nº 99, 100 y 101 – como homenaje a los dos ilustres paisanos y juristas: don Luís Grande Baudesson y don Diego María Crehuet del Amo. Figuras ambas relevantes en la vida cultural y política de la ciudad a comienzos del siglo XX, que habían desaparecido ambas en los primeros meses de ese mismo año; y que representaban, con otros escritores y juristas del momento, la segunda oleada de intelectuales cacereños caracterizados por un deseo conservador tradicionalista – en el caso de Grande Baudessón – o renovador y progresista – en el caso de Crehuet del Amo – que podemos encuadrar en el incipiente “Regeneracionismo” político que sucedió a la Generación del 98.
La amplia semblanza de Luis Grande Baudessón le correspondió hacerla al inolvidable don Valeriano Gutiérrez Macías – que hace poco nos abandonó también, silenciando su fértil pluma – con la riqueza de datos y detalles con que solía acompañar sus escritos. La de Diego María Crehuet la escribió don Ildefonso Alamillo Salgado, Fiscal General del Estado y sucesor en tan alta magistratura al propio Crehuet. Cacereño también, con destacado perfil de ilustre jurista, que como su antecesor fue hombre de profundas convicciones religiosas y de dogmas culturales e históricos sacados de la obra – entonces verdadero “catecismo” de la intelectualidad católica – de don Marcelino Menéndez y Pelayo; que le hicieron desdeñar, en su articulo, “… las ásperas y abstrusas concepciones krausistas…” Ya que solamente aprendió en la Universidad “doctrinas tradicionales de ciencia española, libre de contaminación.”
Don Diego María, que había dedicado su fértil existencia a la Jurisprudencia y al Derecho – terrenos quizá áridos y poco proclives a la fantasía o a la creación – supo adornar esta profesión con delicados toques de brillante literatura. Con acertados análisis literarios de obras jurídicas o con interpretaciones procesales y penales de obras teatrales o poéticas del pasado; a las que dio una nueva dimensión y una nueva lectura. Y, junto a ello, desahogó también su inventiva en pequeños cuentos, narraciones e historias en las que vertió lo más característico de su mentalidad social y de su cultura religiosa.
Muestras de esta vena creativa, que tanto nos dice de su personalidad y de su cultura, la encontramos en la “Revista de Extremadura”, en la que colaboró desde sus primeros números, en 1899, y mientras sus obligaciones profesionales le mantuvieron en Arroyo del Puerco o en Cáceres. Igualmente colaboró en la revista “Extremadura Literaria” que dirigía don Pedro G. Magro, y en cuyo Consejo de Redacción figuraban: Publio Hurtado, Luís Grande Baudessón, Diego María Crehuet, Francisco Belmonte (“Higinio de Balmaseda”), Federico Reaño (“Edmundo”), Enrique Montánchez (“Ripiosín”), Juan Luís Cordero (“H. de X”) y Luís Marcelo (“Locemar”), que comenzó a publicarse en 1909, con una periodicidad mensual, de la cual sólo vieron la luz los tres primeros números.
Para ilustrar las variadas secuencias de la vida de don Diego María Crehuet hemos recurrido a los espléndidos fondos fotográficos del Archivo Histórico Municipal, recientemente adquiridos a la familia de Juan Ramón Marchena, que hoy forman ya parte del patrimonio iconográfico del Cáceres Antiguo más completo de la ciudad.
“Un personaje, una época…” como dice mi admirado maestro, don Manuel Fernández Álvarez en una de sus espléndidas biografías históricas, en este sentido, podemos afirmar que donde mejor encajó la personalidad y la obra de nuestro excepcional magistrado fue en ese momento cambiante, desestructurado e innovador que le toco vivir. Aunque, en realidad, fuera el contrapunto de las posturas y postulados que empezaban a dominar en la escena política, cultural y ética de la difícil España de entonces.
Solitario, misógino, de profundas convicciones católicas y con un sentido liberal y dialogante en lo político, para nuestra propia época y para nuestra forma de entender la vida y la convivencia, la figura de Diego María Crehuet y su mentalidad no sea el paradigma deseado. Pero, sin duda, para entender a Cáceres y su pasado histórico, las biografías de toda esta generación de escritores, pensadores y poetas, entre los que se movió don Diego María, resultan absolutamente imprescindibles e inevitables.
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– II – El comienzo de una saga.

Por los datos que nos ofrece Publio Hurtado en su libro, ya citado: “Ayuntamiento y familias cacerenses” – Cáceres, 1918 – aunque a veces sus referencias sean erróneas o imprecisas por la lejanía de la época que quiere reflejar – la saga de los Crehuet debió llegar a Cáceres a comienzos del siglo XIX, cuando don Gonzalo María de Ulloa y Queipo de Llano, conde de Adanero y marqués de Castro Serna, latifundista de los más acaudalados de la provincia, que era además Regidor del Concejo cacereño, Alcalde, Diputado y Senador, se trajo como administrador de sus posesiones a Antonio Jacinto Crehuet, un comerciante catalán de San Juan de Las Abadesas, en el obispado de Vich, instalado con su esposa Teresa Requena, de procedencia zamorana, en la ciudad castellana de Medina del Campo, próxima a Valladolid, que era desde antiguo núcleo del comercio y de prósperas ferias de lanas y ganados .
Incluso es posible que, andando el tiempo, llegasen a Cáceres, atraídos por su pariente, otros hermanos y familiares que se establecieran en la ciudad. O que viniesen, como ya había ocurrido con otras familias foráneas, a causa de la Guerra de Independencia o de la “desamortización” de las inmensas riquezas y predios de la Iglesia, que atrajo a Extremadura a nuevos compradores y poseedores de tierra.

Los primeros miembros de la familia Crehuet
llegarían a Cáceres bajo la protección del Conde de
Adanero Don Gonzalo de Ulloa Queipo de Llano.

Antonio Crehuet debió venir ya con varios hijos, de los cuales el mayor era un joven llamado Gregorio Crehuet Requena, que contaba posiblemente con 18 o 20 años en 1816, cuando llegó a Cáceres con sus padres. Posiblemente también otro llamado Prudencio y otro Joaquín, los cuales sólo aparecen citados en algunos de los libros sacramentales de difuntos de la parroquia de San Mateo, en Cáceres, única base documental con la que podamos constatarlo.
Gregorio sucedió a su padre en la administración de los bienes y posesiones del Conde, cuando aquel murió en los primeros años del siglo XIX. Este joven administrador de don Gonzalo de Ulloa, a quien el Conde había cedido una de sus casas en la llamada Cuesta de Aldana , contrajo matrimonio con la joven Catalina Guillén Muñoz, natural de Ibahernando – pueblo en el que debieron celebrar la ceremonia religiosa – de la que, como era habitual por aquellas fechas, tuvo numerosa descendencia. A los 58 años, ya viudo de Catalina, murió en Cáceres el 14 de enero de 1855, según quedó registrado en el Libro de Difuntos de la Colación Parroquial de San Mateo .
Su generoso protector le había confiado también la administración de los “Bienes de Propios” del Concejo cacereño, que eran entonces extensos y muy ricos; con fincas y dehesas como “La Zafra”, “La Zafrilla”, la “Sierra de San Pedro” y otras menores que cubrían la mayoría del término municipal; cuyos arrendamientos anuales para aprovechar la montanera, saca de corcha y leña, pastos y agostaderas, etc. cubrían sobradamente con sus ingresos los pequeños gastos que ocasionaba la vida pública local, a la que tenía que hacer frente el Municipio; al tiempo que el Administrador obtenía pingües porcentajes por su recaudación y custodia.
Siguiendo las escasas noticias que nos da Publio Hurtado sobre estos primeros Crehuet cacereños, y completándolas con las que figuran en los “Libros Sacramentales” de la parroquia de San Mateo – a la que pertenecieron, por residir en la zona alta del barrio monumental – Gregorio Crehuet tuvo, al menos, cinco hijos varones que ocuparon importantes y destacados puestos en la Universidad y en la Administración. El mayor fue Diego Pedro Lorenzo Crehuet Guillén, que sería apadrinado en la pila del bautismo por el mismo Conde de Adanero; que sucedió más tarde a su padre en la administración de las numerosas fincas de su protector y en las del Ayuntamiento.
Había nacido en 1825, y a partir de él seguirían: Ángel Crehuet Guillén, que fue Catedrático en la Facultad de Derecho de Salamanca – como se hace constar en la relación de juristas españoles -; Facultad en la que después cursaría la carrera su sobrino Diego María.
Silvano Crehuet, de quien nos dice Hurtado que fue ingeniero de Montes. Juan Crehuet, que según la misma referencia, fue Director de la Escuela Superior de Ingenieros de Montes. Terminando la lista en Higinio Crehuet, también Regidor del Concejo en 1881, que gozó en Cáceres de fama por ser un hombre ocurrente e ingenioso, y que moriría soltero el 14 de agosto de 1886 .
Como datos curiosos – que en poco se relacionan con el ilustre jurista y destacado escritor que aquí estamos estudiando – don Publio nos dice en su libro que una aplaudida actriz de la época sería Carmen Crehuet Rodríguez, nieta del citado ingeniero de Montes, don Silvano. También cita a un sacerdote, don Hilario Crehuet, “capellán de vida ejemplar”, y añade a otros individuos, de oficio carpinteros, que no hemos podido referenciar ni documentar.
La siguiente generación – ya plenamente enraizada en la vida cacereña – vendría de la rama iniciada por Diego Pedro Lorenzo Crehuet Guillén, nacido – como ponemos arriba – en 1825 en la Colación de San Mateo y ahijado del Conde de Adanero. Este había sucedido a su padre en la Administración de la Casa de Ulloa y en la Concejalía del Ayuntamiento desde 1876. Es decir, desde el momento histórico en que se había producido la “Restauración” borbónica en la figura de don Alfonso XII, que fue festejada largamente por el vecindario cacereño en enero de 1875 , cuando se solemnizó en Madrid la proclamación real.
Diego Crehuet Guillén ya figura en las relaciones de alumnos del Real Colegio de Humanidades de Cáceres en 1835, cuando contaba apenas con diez años, junto a otros nombres ilustres de la época, como Gabino Tejado, erudito y destacado editor establecido en Madrid, que publicaría por primera vez las obras de don Juan Donoso Cortés. Francisco Hernández Pacheco, procedente de Alcuéscar, antecesor a su vez de una destacada saga de científicos y catedráticos que habían de dar gran lustre a Extremadura. Antonio Hurtado Valhondo y su hermano Antero, también inspirados poetas y escritores cacereños – antecesores directos del tan mentado Publio Hurtado, hijo de Antero y sobrino de Antonio – que siguieron en el Real Colegio estudios secundarios de Latinidad, Metafísica, Matemáticas y Filosofía Moral; lo que les daba acceso a la Universidad de Salamanca, como Bachilleres en cualesquiera de estas materias, si deseaban seguir estudios superiores en Artes, en Derecho Civil y Canónico o en Filosofía. Algunos también escogerían la Universidad Complutense de Madrid, especialmente si deseaban hacer carrera en las ramas de Ciencias – Geología, Botánica o Física – en las que algunos de ellos destacaron incluso como Catedráticos de Universidad.

Fachada barroca del antiguo Instituto Provincial de
Segunda Enseñanza, que había sido noviciado de los
Jesuitas en el siglo XVIII.

En 1839, por Real Decreto de la Reina Gobernadora y Regente de España, doña María Cristina de Borbón, viuda de Fernando VII, se creaban los cinco primeros Institutos Provinciales de Segunda Enseñanza de todo el Reino, entre los que se encontraba el de Cáceres, con lo que desaparecía el Real Colegio de Humanidades y se transformaba en un Instituto de larga y fructífera vida académica, en el que estudiarían todos los miembros de esta familia que tuvieron su residencia en nuestra pequeña ciudad.
El tronco principal de este frondoso árbol genealógico podemos considerar que ya crecía y se ramificaba entre el vecindario cacereño, cuando Diego Crehuet Guillén contrajo matrimonio con la joven María del Carmen Petra del Amo, natural de Mérida, en quien engendró también numerosa prole.
El mayor de los hijos de los que tenemos noticia cierta, fue Gonzalo Francisco de Sales, nacido el 29 de enero de 1859, al que se puso el nombre del protector y señor de su padre, don Gonzalo de Ulloa, que seguramente fue su padrino de pila. De este Gonzalo Crehuet poco más podemos decir. El segundo, en orden de nacimiento, fue Cayetano, nacido en 1861. Debió ser joven de delicada salud pues a los 24 años entregó su alma a Dios, el 6 de noviembre de 1885. Le continuó Catalina, que casaría con el notable terrateniente y político José Trujillo Lanuza, de quien tuvo igualmente numerosa descendencia.
Gregorio Antonio Demetrio María del Carmen fue el cuarto, que vino al mundo en 1865; Publio Hurtado cita a un Antonio Crehuet que fue comandante de Infantería, pero la costumbre de poner a los nuevos cristianos varios nombres de santos y santas para segurar su protección y amparo, repitiendo varios de ellos en cada nuevo infante, hace difícil distinguir por el orden de sus epónimos entre unos hijos y otros. Anterior a este Antonio nacería Amalia, de la que tampoco poseemos mayores noticias, sino que contrajo matrimonio en Villanueva de La Serena. A ésta seguiría Diego Fabián Sebastián María del Carmen – y otros varios nombres más, como era habitual en los bautizos de entonces – que fue cristianizado en 1873 – protagonista de nuestra biografía. Finalmente, Diego Martín Cayetano María del Carmen, el más joven de los hermanos, que nació en 1874 , según figura en el Libro de Bautismos; que fue apadrinado por su hermano Cayetano, al que citábamos en segundo lugar. Este Diego Martín, que sería más tarde funcionario municipal, fue el que más tiempo convivió con Diego María y su señora madre, cuando marchara a residir a Madrid.
Pocos años después, el 16 de enero de 1886, con sesenta años, moría en Cáceres don Diego Crehuet Guillén dejando seis hijos vivos, puesto que los dos mayores desaparecieron antes que él.
Excepto Diego María, que permaneció soltero toda su vida, todos los demás miembros de la familia tendrían abundante descendencia y nuevas ramas genealógicas que hoy permanecen y conviven dentro del vecindario cacereño.
La prolongada etapa histórica del reinado de Isabel II fue, pues, para Diego María una etapa de juventud y formación estudiantil que pasó en Cáceres, entre el viejo Noviciado de los jesuitas – en donde se encontraba el Instituto – y su residencia familiar de la Puerta de Mérida, donde vivían sus padres y los hermanos que aún estaban solteros. En esta larga temporada de adolescencia y aprendizaje maduraron, sin duda, sus cualidades personales, sus relaciones de amistad y las raíces de su vida profesional futura.

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III .- Formación y personalidad.

Entre los expedientes académicos del alumnado que se conservan en el Archivo del Instituto de Segunda Enseñanza se pueden encontrar los de varios de los hijos de Diego Crehuet Guillén, aunque los datos que tiene estos expedientes no son abundantes ni reveladores. El mayor de los hijos que aparecen como matriculados en el Centro es Gregorio, nacido el 14 de octubre de 1865; que terminó sus estudios de Bachillerato en 1881, según queda registrado en los documentos de su dossier, con dieciséis años cumplidos . Ya no siguió otros estudios universitarios, sino que ingresó en la Diputación Provincial – suponemos que por oposición o por la notoria influencia social de su padre en los ámbitos políticos locales – en 1888, con 23 años, como Contador de los Fondos Provinciales; permaneciendo ya en este puesto administrativo hasta el final de sus días.
Fue Gregorio Crehuet hombre inquieto, comprometido y preocupado por los avatares políticos del momento. En 1895 – según nos dice Germán Sellers en su voluminoso trabajo. “La Prensa cacereña en su Época (1810 – 1990)” – dirigió el periódico “El Heraldo de Cáceres” junto a Juan Jacobo de La Riba, que era de tendencia conservadora y estaba muy ligado a la minoría aristocrática que controlaba a los partidos dinásticos. Partido Conservador o “canovista” que en el distrito electoral de Cáceres era casi el único que obtenía diputados, merced a los modos y métodos del “caciquismo” reinante.
La permanencia de Gregorio Crehuet en esta línea conservadora fue muy corta, debido a su mentalidad rebelde y a su talante liberal y progresista, también heredado de su progenitor, que siempre estuvo encuadrado en los ideales políticos del Conde de Adanero y de los miembros de la dinastía de los Ulloa.
Apenas unos meses después, el 15 de julio de 1895, junto con Manuel Uribarri Paredes – padre del que fuera joven malogrado escritor Felipe Uribarri, creador del famoso “El Gazpacho” – fundaron “El Norte de Extremadura”, órgano del Partido Liberal Democrático “canalejista”, que lideraba don José Trujillo Lanuza – su cuñado – en el que tampoco acabó de acomodarse el espíritu inquieto y crítico de este Contador de fondos de la Diputación.
Algo menor en edad era Diego María, que también curso sus primeros estudios en el Instituto, coincidiendo con notables profesores y catedráticos que dejaron huella en su formación y en su personalidad . Posiblemente, el más destacado iba a ser don Nicolás Carbajal y Cabrero, de nacencia zamorana, que impartía la materia de “Retórica y Poética”, siendo también por algunos años Director del centro educativo. Don Nicolás era hombre de profundas convicciones religiosas, conservador a ultranza y garantía de orden, lo que le valió ser nombrado como Alcalde de Cáceres desde 1895 a 1897.
También cabría destacar a don Nicolás González Garrido, médico de prestigio y Catedrático de Ciencias, que era el Secretario del centro; a don Ladislao Martín García, uno de los máximos contribuyentes a la Hacienda Pública del censo cacereño; o don Enrique Montánchez Campos, que le enseñó “Latín y Castellano”, siendo el padre de uno de los jóvenes poetas locales – “Ripiosín” – con los que tanto colaboró Diego María en las revistas literarias de la época.
Por estos mismos años, aunque en distintos cursos, también recalaban en el Instituto otros muchachos cacereños de distinguidas familias que fueron compañeros y amigos de Diego María. Quizá el más significado y con el que conservo una relación más completa sería Luis Grande Baudessón , que estudiaría la abogacía, como él, y mantendría también esa difusa afición literaria que les hizo colaborar en diversos proyectos editoriales. Gustavo Hurtado Muro , del que ya hemos hablado, hijo de don Publio Hurtado Pérez, que seguiría la carrera de Bellas Artes y llegaría a ser Catedrático de Dibujo Lineal y Natural, así como un destacado pintor de los paisajes urbanos de Cáceres. Ángel Sánchez Rodrigo, natural de Serradilla, que destacaría años después por editar en su pueblo aquel excelente método “Rayas” para la enseñanza de la lectura que se implantaría en toda España. Eduardo Callejo de la Cuesta , que llegó a ser Ministro de Instrucción Pública en la época del Directorio Civil de Primo de Rivera, cuando Diego María ocupó también la Fiscalía General del Estado, en Madrid. Marcelo Rivas Mateos, que también fue diputado en Cortes, destacado científico y Catedrático de Botánica en la Universidad de Santiago de Compostela y en Barcelona.
Por último, el propio hermano menor de Diego María, llamado Diego Martín, que ingresaría en el Instituto pocos años después que él, en 1886, cuando contaba 14 años. De las hijas, la mayor era Catalina que contrajo matrimonio con el notable terrateniente José Trujillo Lanuza, de quien hablaremos más adelante.
Toda una promoción de aplicados bachilleres cacereños que iban a ser testigos de las sonadas conmemoraciones del IV Centenario del Descubrimiento de América – que tanto se celebraron en Cáceres y en el Instituto -, de las desdichas del reinado de Alfonso XII, que también tuvieron su reflejo en la vida académica , y de otros avatares y tribulaciones nacionales que soportaron los españoles en las décadas postreras del siglo decimonono.
Quizá, por influencia de su tío Ángel Crehuet Guillén, Catedrático de Derecho Romano en Salamanca, o por vocación personal, Diego María derivó hacia la carrera jurídica, que era preponderante en Cáceres, por la preeminencia social que ejercían los numerosísimos abogados, fiscales, magistrados y jueces de la Audiencia Territorial, que representaban la tradición histórica y la presencia – desde su creación, hacía más de un siglo – de la Real Audiencia de Extremadura, implantada por Carlos IV en 1790.
Ya hacía algunos lustros, como consecuencia de la Revolución Gloriosa y de la Constitución Democrática – si es que se puede considerar así – en 1869, en Cáceres se había querido fundar una “Universidad Libre” con Facultades de Filosofía y Jurisprudencia, vieja aspiración de la ciudad de ser cabeza de un distrito universitario, que había fracasado en dos ocasiones; ambas Facultades estarían ubicadas en el edificio del Instituto, y debían ser financiadas por la Diputación Provincial.
Esta Universidad cubriría sus enseñanzas con personal docente salido de la propia Audiencia y del Instituto . Como esta Universidad tuvo muy escaso recorrido, los juristas y profesores se asociaron en una “Escuela Libre de la Facultad de Derecho ”, también de inspiración progresista y liberal; proyecto que naufragó igualmente por falta de recursos y de apoyos oficiales.
Definitivamente abortados los intentos de crear una Universidad cacereña, los alumnos del Instituto hubieron de optar por marchar a Salamanca, cabeza de su propio Distrito Universitario, pero a la que se llegaba con dificultad por no tener puente el río Tajo; o a Madrid, a donde se llegaba más fácilmente y contaba con mayor prestigio; si querían seguir los estudios superiores universitarios.
En Salamanca ejercía como Catedrático don Ángel Crehuet Guillén, tío de Diego María, que sin duda animó a su sobrino a comenzar la carrera de Derecho en las aulas salmanticenses. Después – quizá por la muerte de su tío – marchó a Madrid, a la Universidad Central, que era la única de España reconocida legalmente para conferir títulos de Doctorado, en cuya Facultad de Derecho, de la calle San Bernardo, acabó sus estudios de manera brillante y destacada.
Era el Madrid de entonces cuna de un “centralismo” radical e incontestable, desde que quedaran abolidas las ideas republicanas de “federalismo” o “cantonalismo” de la desdichada Primera República Española. Este centralismo académico se materializó en el traslado, a comienzos del siglo XIX, de la Universidad Complutense de Alcalá de Henares a Madrid, y su conversión en Universidad Central, que contó con más Facultades y Escuelas Superiores que cualquier otra “Universidad de Provincias” y con los apoyos estatales más destacados y cuantiosos. Era la única Universidad que podía conferir los títulos de Doctor, pues en sus aulas ejercían las cátedras los más conspicuos miembros de las Reales Academias, y la “pureza” de sus enseñanzas estaban garantizadas por normas y funcionarios que expulsaban de sus claustros a cualquier veleidad “innovadora” o demasiado “progresista”, como ocurrió con los defensores del “Krausismo” o de la “Escuela Nueva”.
En esta Universidad Central cursó Diego María los últimos cursos de su carrera de Derecho, teniendo entre sus compañeros a otros estudiantes cacereños, como Luís Grande Baudesson, al que ya conocía desde las aulas del Instituto, cuya compañía y amistad conservarían ambos hasta el final de sus vidas.
A comienzos del siglo XX, superaría las oposiciones a Notarías – posiblemente las más recias y difíciles entre las salidas de su carrera – ocupando la plaza de Arroyo del Puerco, que era uno de los cuatro pueblos más grandes e importantes de la Provincia, con Trujillo, Valencia de Alcántara y Plasencia.
Entonces Arroyo contaba con cerca de 8.000 habitantes, y su “Partido Judicial” era igualmente de los más ricos y prósperos de la jurisdicción cacereña, ya que su estación de ferrocarril era la más importante de toda la región, y etapa obligada para todos los viajeros o mercaderías que quisieran entrar o salir de Cáceres hacia Madrid o hacia Lisboa.
Asentado ya personal y profesionalmente, con la estabilidad y confianza que daba el despacho de una próspera notaría, Diego María pudo dedicarse a aquellas actividades literarias que le bullían en su interior desde hacía tiempo.
Si hubiéramos de reseñar algún aspecto o característica destacada de su personalidad, ya conformada y madura a comienzos del siglo XX, destacaríamos su tendencia a la soltería que se mantuvo a lo largo de toda su vida, y su profundo sentimiento religioso, heredado de sus padres y cristalizado en el ambiente de su niñez, que según suelen resaltar los que le conocieron, se incrementaría en Arroyo del Puerco por la influencia de las pinturas del retablo mayor de su Iglesia Parroquial – obra incomparable de Luis de Morales, al que se llamó “El Divino” – y por su devoción a la Virgen de La Montaña, a la que dedicó varios de sus más sentidos escritos.
En opinión de uno de sus más notables apologistas, don Ildefonso Alamillo, Diego María Crehuet se habituó a contemplar y gozar de las pinturas y cuadros del retablo del “Divino” hasta hacerse un “dilettante” del arte pictórico, como lo sería también de la música; a cuya audición dedicaría en Madrid todo el tiempo que sus tareas le dejaban libre.
Lo que sí podemos considerar es que su “viraje al mundo de las Letras” arrancó del “Certamen Literario Regional” convocado para festejar en Cáceres el III Centenario de la publicación de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha” – en 1905 -, que sería acogida con gran entusiasmo por todas las entidades, organismos y Centros académicos de Badajoz y Cáceres, según pusieron de manifiesto los periódicos de ambas capitales.

Don Luis Grande Baudessón fue uno de los
grandes amigos de Diego María Crehuet, aunque
militasen en partidos políticos distintos.

Diego María Crehuet publicaría en “El Adarve” – propiedad de su entrañable amigo Luis Grande Baudessón, que había sido eventualmente nombrado Gobernador Civil de Cáceres – un extenso y erudito artículo sobre esta efemérides, sobre la trascendencia histórica del “Quijote” y sobre la oportunidad del “Certamen”, que sería muy elogiado por todos los medios e, incluso, por el Alcalde José Elías Prats. Pero su enfoque “regeneracionista”, “progresista” y con miras amplias y abiertas que intentaban aglutinar en el empeño a toda la Región – como se ponía de manifiesto en la “Revista de Extremadura”, en “El Noticiero” o en “El Norte de Extremadura” – fue criticado y rechazado por los elementos más conservadores, que se decantaron por un “cacereñismo” tradicional, folclórico y “cateto”, que fue, al final, el que se impuso en la programación de actividades y ceremonias.
IV.- La peripecia política e un jurista.

Desde un punto de vista estrictamente documental no podemos encasillar a don Diego María Crehuet en una única corriente política, de las numerosas que nacieron y cohabitaron en el país a lo largo de este agitado periodo que le tocó vivir. Aunque por el círculo de sus amistades y por las tertulias y periódicos que solía frecuentar, dentro de las élites intelectuales cacereñas , podemos considerarle como un liberal-progresista, y hasta democrático, si la historia posterior no lo desmintiera con la tozudez de los acontecimientos.
Tampoco podemos considerarle como “apolítico”, alejado o desinteresado por la “res pública”; pues ningún jurista, abogado u hombre del Derecho podía entonces desentenderse de la vida ciudadana, de los problemas de la gente o de las corrientes o ideologías que informaban la actuación institucional de la naciente sociedad democrática, y Diego María Crehuet se comprometió significativamente en las tareas que se le encomendaron.
Durante su infancia y a lo largo de su periodo formativo, el joven Crehuet se desenvolvió en un ambiente liberal, vinculado de alguna manera al partido de don Práxedes Mateo Sagasta, en el que debió militar el Conde de Adanero y otros miembros de la saga de los Ulloas . Muy definidos también por el catolicismo tradicional dominante, por un notable sentimiento monárquico, vinculado a los Borbones, y por la fidelidad aristocrática o nobiliar que le exigía la situación de privilegio, de que gozaban estas familias.
Diego Crehuet Guillén, su padre, estuvo estrechamente vinculado a la dinastía Ulloa, Condes de Adanero y Marqueses de Castro Serna; y como miembro del Concejo cacereño, responsable de la Rentas de Propios del Municipio, también hubo de cooperar con alcaldes como José Calaff Hurtado, Tomás García Pelayo o al Vizconde de La Torre de Albarragena , entre otros de los numerosos que ocuparon la Presidencia del Ayuntamiento a lo largo de aquel período que solemos llamar “ La Restauración” ; caracterizado desde un punto de visto político por la alternancia en el gobierno de la Nación de los partidos políticos conservador y liberal, a partir de procesos electorales amañados y fraudulentos; que, en el distrito de Cáceres, casi siempre ganaban, en turnos irregulares, los candidatos de estos partidos dinásticos. Bien, unas veces, los salidos de la minoría aristocrática, representada por Mayoralgos, López Montenegro, Cabrera, Muñoz Higuero, etc., o bien los de los grandes poseedores de predios agrícolas, dehesas y latifundios, que residían en la ciudad o en las ostentosas mansiones de sus alrededores.
Por otra parte, siendo el joven Diego María de carácter retraído y sensible, la muerte repentina, en plazos muy cortos, de su hermano mayor: Cayetano, de su padre don Diego y de su tío Higinio, en apenas unos meses del año 1886 – cuando él apenas tenía 13 años – dejaron una huella imborrable en su personalidad de adolescente. Huella que le unió con especial pulsión a su madre, doña María del Carmen del Amo, de la que ya no se separó; ni siquiera, cuando hubo de marchar a Madrid como Fiscal General o como Magistrado del Tribunal Supremo..
La desaparición de los fundadores de estos partidos: don Antonio Cánovas del Castillo – de quien se puso el nombre al principal paseo de la ciudad, a raíz de su asesinato en 1897 – y don Práxedes Mateo Sagasta – que moriría a comienzos del siglo XX – provocaron la escisión dentro de sus partidarios y el nacimiento de nuevas tendencias políticas, más “personalistas”, que tendrían también su reflejo entre los afiliados de Cáceres.
No obstante, la creciente influencia de Segismundo Moret y Pendergast – Jefe del Partido Liberal- Progresista – con motivo de la creación en Cáceres de una empresa de fosfatos, de la que él era uno de los principales accionistas, y la construcción en “Aldea Moret” de una barriada minera para los obreros de “El Calerizo” , hizo nacer en la ciudad una corriente progresista, obrerista y democrática, a la vez que surgían las primeras células socialistas de agitación marxista . Este liberalismo “moretista” fue muy seguido entre los burgueses cacereños por el prestigio e influencia de don Juan Muñoz Chaves, que le lideraba; quien fundó desde el comienzo de su carrera como dirigente político cacereño, un periódico: “El Noticiero”, dirigido por el Catedrático de Francés del Instituto: don Manuel Castillo Quijada , que conquistaría pronto una amplia difusión como órgano de comunicación ideológica entre sus simpatizantes.
El hermano mayor de Diego María, Gregorio Crehuet del Amo – que era oficial de la sección de Cuentas Municipales de la Diputación Provincial – se sentiría pronto atraído por la tendencia política liberal más progresista y democrática que encabezaba don José Canalejas, fundando el 15 de julio de 1895 un periódico bisemanal: “El Norte de Extremadura” , en el que colaboraba también Manuel Uribarri Paredes, que se imprimía en “La Minerva” con otros periódicos de la misma tendencia: “El Partido Liberal” y “El Bloque”, el más radical de todos, que salía cada semana.
A principios del siglo XX, el 21 de enero de 1904, “El Norte de Extremadura ” dedicaría un número especial a José Canalejas Méndez, brillante jefe del Partido Liberal – Democrático, que representaba la tendencia más izquierdista y anticlerical del horizonte parlamentario nacional; promotor de la radical separación de la Iglesia y el Estado, del total laicismo de éste y de numerosas medidas sociales que mejorasen la condición y la vida de los trabajadores.
En Cáceres, quien encabezaba este sector “ canalejista” era un notable propietario rural, diputado en Cortes y Alcalde de Cáceres, llamado don José Trujillo Lanuza – cuñado de Diego María Crehuet, por estar casado con su hermana Catalina – con su apoderado y administrador Francisco Bazaga y otros destacados paisanos, como Juan Canales González, hermano del que años más tarde sería fundador de la Agrupación Obrera de la UGT; Juan Luís Cordero Gómez, poeta y ensayista de origen humilde, de tendencias igualmente democráticas y republicanas; el propio Gregorio Crehuet, y otros como Juan Becerra y Ladrón de Guevara, Emilio Herreros Estevan – director de “El Bloque” – y diversas personalidades destacadas en la vida local y provincial .
En general, representaban a una burguesía de clases medias, culta, dinámica y llena de proyectos económicos para sacar a Cáceres y a Extremadura de la tradicional abulia que la hacía quedar cada vez más atrasada y subdesarrollada.

“EL BLOQUE” uno de los numerosos periódicos políticos
que se editaban en Cáceres desde los últimos años del siglo
XIX y en las primeras décadas del XX.

En 1905 se convocaron elecciones para las Cortes Generales, y los diversos periódicos que se editaban en Cáceres tomaron postura por cada una de las corrientes políticas que había en la ciudad. “El Adarve” de Luis Grande Baudesson se situó al lado de los conservadores; “El Noticiero” con los liberales “chavistas”; “El Norte de Extremadura” con los “canalejistas” y “El Fomento” con las asociaciones obreras de la Casa del Pueblo, que lideraban los hermanos Juan y Antonio Canales, Andrés Paredes y otros incipientes socialistas, de ideología aún no muy definida.
Todos los liberales “canalejistas” participaron en un acto público que tuvo lugar en el Teatro “Variedades”, que entonces existía en la calle Nidos, cerca de la Audiencia Territorial, con motivo de la visita a Cáceres del presidente nacional de la tendencia democrática de este Partido, el citado don José Canalejas. Acto político en el que también participó, con un brillante discurso, Diego María Crehuet, que era entonces – como ya hemos dicho – Notario de la importante localidad y partido judicial de Arroyo del Puerco, muy cercano a Cáceres, en donde se encontraba la estación ferroviaria en la que había que hacer transbordo, si se quería llegar a la Capital, donde fue recibido Canalejas por sus partidarios.
Esta brillantez y profundidad de las intervenciones públicas del joven jurista empezaron a darle fama de buen orador y destacado comunicador; muy especialmente cuando al año siguiente, en 1906, pronunció un encendido discurso con motivo de la declaración canónica de la Virgen de La Montaña como Patrona de Cáceres – por Breve del Papa Pío X -, con lo que ya en 1907 se incluyó una elogiosa semblanza de tan destacado orador en el periódico “El Bloque”, órgano oficial del Partido Liberal-Demócrata “canalejista”, que editaban Emilio Herreros Estevan y Juan Luis Cordero Gómez; quienes comenzaron a darle un giro más populista – incluso “regionalista” – que le haría tan atractivo para una buena parte de las clases bajas cacereñas.
Una serie de acontecimientos – unos felices y otros desdichados – que tuvieron lugar en las primeras décadas del siglo XX, influirían en la marcha y orientación de estas peripecias políticas del joven jurista. Si bien, hemos de constatar que no iba a ser en los medios políticos locales donde se instalasen las inquietudes públicas o las ambiciones profesionales más deseadas por el notario de Arroyo del Puerco.
En el ámbito afectivo y familiar tuvieron lugar los eventos más relevantes: en septiembre de 1910 murió repentinamente, tras una corta enfermedad, el senador y antiguo alcalde cacereño don José Trujillo Lanuza , mentor y líder del partido liberal-democrático “canalejista”, de unas extrañas fiebres contraídas en Málaga en febrero, cuando fue a aquella ciudad a tomar posesión como Gobernador Civil; cargo para el que fue nombrado por el Gobierno Canalejas. Su hijo, Gonzalo Trujillo Crehuet, sobrino de los más apreciados por Diego María, moriría también cuatro años después.
Este mismo año se produjo en Portugal la conmoción popular y política que derribó a la Monarquía lusa en la persona de Manuel II, joven príncipe que sólo había reinado dos años. Su difunto y desdichado padre Carlos I había intentado salvar la Institución Real entregando el poder a un Dictador “regeneracionista” y liberal llamado Joâo Franco, pero su fracaso lo había pagado en 1908 , al ser asesinado en un atentado, junto a su hijo mayor, Luis Felipe, en el centro de Lisboa.
Los republicanos triunfaron en el país vecino, y en Cáceres se acrecentaron y fortalecieron los sectores más izquierdistas, cada vez más escorados al republicanismo radical de Alejandro Lerroux, que encabezaba el poeta cacereño Enrique Montánchez Jiménez, que solía firmar sus obras – poemas a veces mordaces y llenos de ironía – con el seudónimo de “Ripiosín”. Otro poeta, Juan Luis Cordero, se decantaba definitivamente por la solución republicana y comenzaba a editar “Era Nueva”, dentro del joven movimiento socialista que llamaron “La Joven España”
Para estas fechas, socialistas y republicanos – frecuentemente aliados en programas y objetivos – tenían una sede en la calle Nidos y colaboraban en “El Norte de Extremadura”, periódico al que ya nos hemos referido por haber sido fundado, entre otros, por Gregorio Crehuet del Amo. En él comenzaría a intervenir un tal Francisco González Castro – que se firmaba como “Lucifer” – marcadamente anticlerical y ateo. El nuevo periódico – antidinástico, laico y republicano – que se llamó “Era Nueva” – dirigido por Juan Luís Cordero – en 1911 fue, incluso, anatematizado por el obispo Ramón Peris Mencheta a raíz de un demoledor artículo contra los privilegios y prebendas de la Iglesia, y por la defensa de la “Ley del Candado” que quería imponer Canalejas.
En otro orden de cosas, desde finales de 1911 y en 1912 se produjeron en Cáceres varios temporales de frío, viento, lluvias y malas cosechas que desencadenaron hambres, carestías y hasta el derrumbe de varias casas que obligaron al Alcalde – entonces el alavés afincado en nuestra ciudad, José Acha Gutiérrez – a tomar medidas para paliar el grave estado de los cacereños.
Todos estos años van a ser especialmente controvertidos y tensos en la vida vecinal y ciudadana. En 1912, el conocido periodista ultracatólico y fundamentalista Manuel Sánchez Asensio, inflexible contra todo y contra todos los que no comulgasen con su dogmática ideología, empezó a arremeter en el “Diario de Cáceres” – periódico retrógrado y reaccionario – contra el gobierno de Canalejas por la serie de leyes sociales, y sobre todo religiosas – como la ya citada “Ley del Candado” – que estaba sometiendo a las Cortes. En otro de sus artículos arremetió contra Benito Pérez Galdós por su obra “Electra”, que había tenido un éxito arrollador en toda España y que se acababa de estrenar en Cáceres, en su Teatro Principal; en la que se denunciaba la tremenda y negativa influencia de los curas y confesores en las pacatas conciencias de las jóvenes adolescentes, truncando sus vidas, como había ocurrido con la joven Electra.
Contra don Jacinto Benavente también arremetió el fanático escritor cacereño por el planteamiento innovador y crítico de su teatro, en el que condenaba las viejas costumbres y creencias religiosas, hipócritas y farisaicas. Incluso contra un vago proyecto de ley que entonces sonaba, para permitir a los “sefarditas” volver a España y establecerse aquí; lo cual encendió llamas de Inquisición en varios artículos del periodista y de su periódico.
Para compensar esta postura ultramontana, en Plasencia se celebraría el “Certamen Científico y Literario” de aquella ciudad, con un sentido mucho más abierto y progresista. En el periódico “El Adarve” – propiedad de Luis Grande Baudessón y de inspiración conservadora y católica – se publicaría una amplia referencia a este Certamen Científico-Literario de Plasencia y al discurso de Diego María Crehuet, hacia el que se vierten notables elogios, calificándole de “… sabio y prestigioso orador, conocido más especialmente con el honroso dictado de “Castelar Extremeño” …”
Ganó el certamen el poeta Juan Luis Cordero Gómez con un encendido poema modernista: “La Santa Cruzada”, de indiscutibles resonancias “rubenianas”.
En noviembre de 1912 era asesinado en Madrid José Canalejas, Presidente del Gobierno y del Partido Liberal Democrático, al que siempre había pertenecido Diego María Crehuet. El 21 de septiembre de 1913 se suicidó en las puertas del cementerio don Juan Jacobo de la Riva, que había sido Alcalde de la ciudad, pero que tenía serios problemas con el alcohol, hasta el punto de llevarle a la autoaniquilación . Entre los periódicos cacereños “El Bloque” y “El Noticiero” – ambos liberales y progresistas – se desató una polémica muy violenta y agresiva que radicalizó las posturas dentro del propio Partido Liberal.
Todo era extremismo, dogmatismo y conflictividad dentro y fuera de las fronteras nacionales. Dentro, porque el triunfo de los conservadores y los desacuerdos entre las sociedades obreras crearon un clímax de enfrentamiento social y político que continuamente quedaba reflejado en “Editoriales” o en artículos de opinión de los distintos periódicos que se editaban. Y fuera, porque los más poderosos y civilizados países europeos emprendieron irremisiblemente el camino de la guerra, que terminó estallando al año siguiente, con tristes consecuencias para los cacereños; aunque España se declarase neutral desde el inicio del conflicto.
Aún así, la inmediata y creciente subida de precios, la escasez de recursos alimenticios y la paulatina pérdida de puestos de trabajo como consecuencia de la guerra, afectaron negativamente a una amplia mayoría de vecinos de casi todos los pueblos de nuestra provincia.
Si Diego María Crehuet, hombre liberal y democrático, estudioso y preocupado por el comportamiento humano – dentro y fuera del Derecho – y muy cercano a todos los fenómenos sociales, tuvo esperanzas o ambiciones a cargos y prebendas políticas dentro de su partido, éstas se disolvieron desde este momento de su vida, en el que las luchas internas de los españoles, o la guerra declarada entre los europeos, le demostraron lo falaz, inconstante y artificioso de la política, que siempre tendía a la ruptura, a la dominación o al enfrentamiento por simples ambiciones personales o por deseos de poder de ciertos elementos incontrolables. Además de que su carrera profesional le encaminaba ya hacia Madrid, al Tribunal Supremo, máxima instancia entonces del Poder Judicial del Estado, al que quedó ya vinculado por diversos puestos y misiones que le relacionaban con los órganos del Gobierno.
A las penurias económicas que padecieron los cacereños durante 1916, sucedieron las huelgas de 1917 en las que se radicalizaron las posturas y se violentó gravemente la convivencia ; hasta el punto de ser declarado en la ciudad el “estado de sitio” en el verano de aquel año, y quedar en suspenso las garantías constitucionales. Las consecuencias de estas huelgas y manifestaciones fueron funestas para la ciudad; la empresa “Sociedad General de Industria y Comercio” que explotaba las minas de Aldea Moret, decidió abandonarlas ante la actitud de los trabajadores; y porque ya había otras minas de fosfatos más rentables que las cacereñas .
En 1918 todo Cáceres, con el alcalde a la cabeza, hicieron una enorme manifestación en la que participaron todas las Asociaciones Obreras, los comerciantes, las Asociaciones Católicas, los socialistas, etc. pidiendo la reapertura de las minas. Pero la empresa ya no existía, los pozos se habían anegado de agua y las instituciones del Estado ya no tenían ningún interés en esta riqueza cacereña.
Para mayor desdicha, en abril de este mismo año comenzaron entre la población los contagios por tifus exantemático, que trasmitía el piojo verde; epidemia que se vería agravada por las malas condiciones sanitarias de la ciudad, rodeada de charcas y aguas pantanosas que favorecían, tradicionalmente, la presencia de la malaria. A esta situación se añadió, en ese mismo año, la presencia de la “grippe” o “influenza española” , que ya estaba ocasionando una alta mortalidad en todo el resto del país.

Monumento en Cáceres a don Juan Muñoz Chaves
Político liberal, promotor del “regionalismo” extremeño

A lo largo de 1918 fue cuajando entre las élites intelectuales extremeñas una vaga idea “regionalista” que había propiciado en sus discursos el ya desaparecido don Juan Muñoz Chaves, quien siempre utilizaba el término “Unión Extremeña” para referirse a la región o para reasaltar su “unicidad” frente al resto de España. Esta incipiente idea inspiraría los escritos y proclamas de Juan Luis Cordero y de otros correligionarios que convocaron una Asamblea Regionalista, a celebrar este mismo año en Cáceres.
De esta Asamblea nació una Junta Directiva presidida por el Marqués de Albayda, cuyo vicepresidente era el sacerdote José Polo Benito y Secretario Juan Luis Cordero Gómez. Vocales serían: Narciso Maderal Vaquero, Antonio Canales González, Juan Pérez García y Jacinto Cabrera Hurtado; contando en Madrid con Mario Roso de Luna, Diego María Crehuet – que ya era Secretario de Sala del Tribunal Supremo – y Eduardo Hernández Pacheco, Catedrático de la Universidad Central, también como vocales corresponsales.
La idea “regionalista” defendida por Diego María Crehuet – pergeñada ya desde 1905, con ocasión de los actos y certámenes convocados por el III Centenario de la publicación de “El Quijote” – no había pasado de la categoría estrictamente literaria; quedando especialmente reflejada en varios de sus cuentos y relatos, en los que insertaba diálogos en una especie de “habla popular” – a base de vulgarismos y defectos de pronunciación – que le habían llamado la atención en algunos de los poemas de Gabriel y Galán, y empezaba a utilizarlos también el joven poeta Luis Chamizo.

* * *

V .- Cáceres literario

Una pequeña ciudad de provincias, que apenas superaba los 14.277 habitantes en 1910 , que llegaba a los 17.910 en 1913, y que solamente rebasaría los 23.563 en 1920, aunque fuera cabeza y capital de una de las más extensas provincias de la dilatada España, ofrecía muy escasos alicientes culturales o lúdicos a los estamentos burgueses, con cierto nivel de estudios, en los que nacían y se desarrollaban las principales inquietudes intelectuales, filosóficas, artísticas o poéticas de la España de entonces. Movimientos culturales que se veían condicionados y hasta aplastados por los ecos que venían de Madrid, donde la Corte mantenía y animaba el centralismo cultural por encima del resto de las provincias.
La presencia en el contexto social cacereño de los numerosos abogados, fiscales y magistrados de la Audiencia Territorial, así como la relativa abundancia de profesores del Instituto de Segunda Enseñanza – que pasaría a llamarse “General y Técnico” a partir de 1901 – procedentes de numerosas capitales de toda España; más el plantel de médicos, administradores de fincas al servicio de los grandes latifundistas locales, maestros, funcionarios municipales y provinciales, etc. habían creado en la ciudad un estrato de “clases medias” cultas – no muy numerosas, pero sí muy activas – que demandaban esa actividad creativa, literaria, artística o científica que a finales del siglo XIX ya proliferaba en las capitales de todas las provincias españolas, convertido en nacionalismo secesionista en la periferia y mantenido dentro del sentimiento “españolista” tradicional y católico en las provincias centrales, especialmente en Madrid, como cabeza de todas ellas.
También es un dato a tener en cuenta la cantidad de periódicos, semanarios, boletines, folletines y publicaciones que se editaban entonces en Cáceres , que veían la luz en las tres o cuatro imprentas que existían en la ciudad, instaladas en los “portales” de la Plaza Mayor o en sus aledaños.
Había publicaciones curiosas, dedicadas a analizar y criticar la vida local con ingenio y desparpajo; las había destinadas a la propaganda política – quizá las que gozaban de menor audiencia – de las ideas sociales de izquierda; se editaban otras destinadas a acoger la abundante producción literaria de narradores y poetas; y las había, seguramente las menos, a la información general o de acontecimientos locales, con anuncios y reseñas.

En los soportales de la Plaza Mayor se encontraban
las boticas e imprentas donde se celebraban las tertulias
que ilustraban la vida intelectual cacereña.

Medios todos de comunicación social y de adoctrinamiento político, que fueron campo abonado para germinar y propagar todo tipo de ideologías y posicionamientos entre las clases de ciudadanos activos.
De este estrato social – burgués e ilustrado – nacería una notable pulsión literaria y crítica en la que se desenvolvieron numerosas personalidades, grupos, tendencias y corrientes que dieron al vecindario de los barrios céntricos un cierto lustre erudito e innovador, en el que florecería la vocación literaria de Diego María Crehuet, nacido, criado, educado y madurado en estos espacios y calles de la Ciudad Monumental; dotado de una personalidad introvertida y sensible que, sin duda, se vio afectada e influida por este ambiente.
Una vez asentado como Notario en Arroyo del Puerco, pudo empezar a colaborar asiduamente en revistas y acontecimientos literarios; especialmente en la “Revista de Extremadura” o en otras publicaciones menos significadas. Ya en 1900, en uno de los primeros números de esta publicación, dedicaría a su entrañable amigo y compañero de estudios, Luis Grande Baudessón, una pequeña narración – quizá algo sensiblera y llena de tópicos – sobre la virginidad y la abstinencia sexual, titulada “La eterna jugarreta”, en la que Simona, su protagonista, provoca su propia muerte y la de su enamorado, precipitándose ambos en el mar, desde unos acantilados, a causa de en arrebato amoroso.
Este mismo carácter represivo, envuelto en un sentido étnico, casi folclórico, sobre el amor carnal, vuelve a planearse en otro cuento o relato, titulado: “Los engrillados”, basado en una vieja costumbre religiosa mantenida en el mismo pueblo. Una mujer – Jenara – desencadena con su comportamiento la humillación pública de su amado Epifanio; resaltando los aspectos más traumáticos o vergonzantes de dicha humillación. En este singular relato, el autor introduce en los diálogos un peculiar lenguaje – “chinato” o “castúo” – derivado del habla vulgar del pueblo donde ejercía de Notario, que presta cierta originalidad a su redacción.
Desde 1900 hasta 1907 fue incluyendo en varios números de la “Revista de Extremadura” narraciones de este estilo tan personal, mezcla de un “Romanticismo” tardío y decadente – influido, quizá, por juveniles lecturas de Becquer, Zorrilla, W. Scott o Alejandro Dumas – con el incipiente “realismo social” que los autores de la “Generación del 98” comenzaban a introducir en la corriente literaria “Regeneracionista”, de la que Crehuet se mostró siempre entusiasta defensor y cultivador. Quizá por la influencia de don Miguel de Unamuno – a quien conoció personalmente en Salamanca – o por las frecuentes lecturas de Ángel Ganivet o Joaquín Costa, tan leídos y admirados en la época de referencia.
En la “Viuda de Lerma” plantea un drama amoroso entre una mujer mayor – Cecilia – y un jovencísimo estudiante que muere agotado por aquella pasión absorbente. Todo ello adobado con abundancia de descripciones emocionales y pasionales, con ciertos toques de lirismo morboso; posiblemente para desprestigiar al amor desigual, que nace de la pura pasión carnal.
Al año siguiente publica “Deshielo” y “Boda a satisfacción”, ambas cuajadas también de tópicos y prejuicios que ocasionan tragedias y desgracias irreparables, dolorosas, como la muerte de ambos novios en la boda a satisfacción; cuento en el que además vuelve a utilizar el lenguaje popular o vulgar como recurso literario. El “costumbrismo” desarrollado como estilo en pintura, con tan excelentes resultados entre los artistas extremeños, se vería también reflejado en estas narraciones, al describir las viviendas, los usos y formas de vida, la personalidad y la figura de sus protagonistas.
En “Deshielo” un hombre muy cabal y virtuoso se casa con una mujer fea y poco dotada: Anita Huertas, entre los que va creándose una capa de frialdad y una sensación de desamor que congela sus relaciones matrimoniales; hasta que se rompe el hielo amoroso y tienen una hija, en quien se consagra y perpetúa el amor de la pareja.
En años sucesivos va escribiendo y mandando a la Revista “Cosas de la vida”, en la que aparece una pequeña ciudad “Salora”, cuyos habitantes, especialmente las mujeres, son envidiosas, hipócritas, murmuradoras y maledicientes, hasta destruir los amores nobles y virtuosos de unos jóvenes desdichados. Después publicará “La Tirolesa” y “ Tropezando y Cayendo” en los que acaba la serie de estos tristes y trágicos cuentecillos, muy del gusto de la época, en los que el topónimo “Salora” – inventado por él sobre el nombre del río Salor – acaso quiera reflejar su propia opinión sobre los vecinos de todos estos pequeños pueblos extremeños .
Las brillantes intervenciones públicas de Diego María Crehuet en actos religiosos o literarios se fueron multiplicando a partir de 1905; cuando la Diputación, el Ayuntamiento y el Instituto General y Técnico organizaron actos y ceremonias para conmemorar el III Centenario de la publicación de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha” , en homenaje a la figura de Miguel de Cervantes; cuyo nombre quedaría reflejado en el callejero ciudadano en la “Avenida de Cervantes”, que iba desde la puerta San Antón hasta la Plaza del Obispo, en la que se encontraba el Seminario.
La comisión organizadora de dichos actos estuvo integrada por: Elías Prats – Alcalde de la ciudad -, Manuel Castillo – Director del Instituto -, José Ibarrola, Luis Grande Baudessón, Daniel Berjano, Publio Hurtado y Diego María Crehuet, que había participado también en la recepción oficial del rey Alfonso XIII, cuando el 25 de abril de ese mismo año llegó a Arroyo y a Cáceres en visita ferroviaria.
Al año siguiente se presentó, por primera vez, a las oposiciones para Secretario de Sala de la Audiencia Territorial, plaza que conseguiría definitivamente en 1908, lo que le permitió dejar su forzada residencia como Notario de Arroyo y volver a residir en Cáceres, en la Ciudad Monumental, donde siempre había vivido su familia; lo que le dio mejores oportunidades para crear y publicar sus escritos.
De nuevo, con motivo de la proclamación de la Virgen de la Montaña como Patrona de Cáceres; hecho que tuvo lugar en 1906, cuando el obispo de Coria, don Ramón Peris Mencheta recibió un Breve del Papa Pío X en el que se refrendaba canónicamente dicha proclamación, se organizaron diversos actos religiosos y literarios, entre los que destacó una velada poética en el Teatro Principal, que entonces existía en Cáceres, celebrada el sábado, 28 de abril, en la que intervino Diego María Crehuet pronunciando un brillante y encendido discurso, numerosas veces interrumpido por aplausos y ovaciones, que ya le consagró ante todos sus paisanos como un gran orador y un excepcional devoto de la Patrona de la ciudad.
Por su parte, el Ayuntamiento preparó un homenaje a tan ilustre paisano en el que tomaron parte activa los numerosos amigos y admiradores, abogados, fiscales, notarios y ediles, de ambas Instituciones. En el semanario “El Bloque”, órgano del Partido Liberal Progresista, el diputado nacional por Plasencia, Luis de Armiñán, publicaría un largo y elogioso artículo dedicado a Crehuet, a quien ponía literalmente “por las nubes”.
Un año después, en las Ferias y Fiestas de Mayo de 1909, un emprendedor sacerdote-poeta, llamado Diego B. Regidor propuso en las páginas de “El Adarve” que se convocase un “Certamen Literario” para estimular a los numerosos y notables poetas que residían en Cáceres, y premiar sus creaciones.
La convocatoria tuvo un éxito notable, y la velada para fallar los premios y galardones se celebró en el Teatro Principal con asistencia de numeroso público; componiendo el Jurado calificador: Publio Hurtado, el propio sacerdote Diego B. Regidor, Francisco Belmonte, Diego M. Crehuet, León Leal, José Ibarrola y Agustín Muñoz Roldán, que era Catedrático de Latín del Instituto.

Los “Juegos Florales” o actos literarios donde los poetas leían
Sus composiciones se celebraban en los teatros y salones de la
Ciudad. En el Gran Teatro comenzaron desde 1924.

Ganó el Certamen un inspirado poema de Enrique Montánchez Jiménez, – “Ripiosín” – titulado: “A mis musas”, compuesto con ese fuerte y rítmico estilo “modernista” que estaba poniendo de moda el nicaragüense Rubén Darío, con su característico sentido rítmico, la utilización de inspiradas alegorías y ese estilo grandilocuente y vivo
que tanto gustaba entonces a los creadores . El poema premiado sonaba así:
Artística expresión de la belleza
en lenguaje medido y cadencioso,
del que surge brillante y diamantino
el verso cristalino:
tal es la poesía.
Celeste don divino
lleno de elevación y de riqueza,
indefinible encanto
de gracia, donosura y gentileza;
tesoro del decir augusto y santo.
Ella difunde la verdad, realiza el bien
y la virtud, y – a su conjuro
de magia – el corazón nos esclaviza
Los dos “accesit” se concedieron a composiciones de Juan Luís Cordero Gómez y de Luís Grande Baudessón.
Este mismo año, en el Centro Mercantil de Salamanca, el ilustre jurista cacereño tuvo un rotundo éxito por una brillante conferencia pronunciada ante el mundo universitario de aquella ciudad, titulada: “Aspectos jurídicos del regionalismo”, a la que siguió un banquete presidido por don Miguel de Unamuno, que era entonces el Rector de aquella institución. En su disertación, Crehuet profundizó y se adscribió a ese vago sentimiento localista y autonomista que iba madurando en los medios intelectuales extremeños – quizá por la influencia del “catalanismo” militante de finales del siglo XIX – de los que don Diego María era un ferviente defensor. El estallido, en aquel mismo verano, de la luctuosa “Semana Trágica” de Barcelona desbarató inmediatamente este sentimiento regionalista y autonomista que apenas había comenzado a germinar.
La pulsión literaria de los cacereños de principios de siglo crecía y aumentaba en tertulias y veladas, a las que solían concurrir las plumas e ingenios más sobresalientes e irónicos, que entonces merodeaban por las reboticas e imprentas de la Plaza Mayor , publicando en las páginas de los periódicos, semanarios o revistas literarias los abundantes frutos de su creatividad.
Las crisis y desajustes provocados por la Guerra Europea en el seno de la sociedad cacereña; por la carestía, las huelgas y todas las inquietudes de los años del conflicto, afectaron a esta vida literaria, que se vio frenada, cuando no desaparecida, hasta la época de mayor prosperidad y alegría de los “felices” años veinte. En 1921, el ilustre abogado y jurista cacereño ascendió a Abogado Fiscal del Tribunal Supremo, organismo judicial en el que ya ocupaba una plaza como Secretario de Sala.
En 1923 el nuevo obispo de Coria: don Pedro Segura Sáez, que había sustituido en 1920 a Peris Mencheta por fallecimiento, fundó un nuevo periódico de inspiración católica: El Diario “Extremadura”, que iba a tener una larga historia en la prensa cacereña como órgano de la Acción Católica provincial. También organizó y patrocinó los “I Juegos Florales” de Cáceres que se llevaron a cabo con todo esplendor y brillantez en el Teatro Principal, cuya “Flor Natural” le sería otorgada a un poeta vallisoletano: Lope Mateo Martín, con un poema solemne, cadencioso y algo amanerado, reproducido en uno de los primeros números del Diario “Extremadura”, pero que no tuvo excesiva aceptación en tertulias y reboticas.
Al año siguiente, 1924, volverían a tener lugar unos “Juegos Florales” a iniciativa del prelado, en el mismo Teatro Principal – que había sido adquirido y reformado por el propio obispado – para dar mayor realce a los actos y ceremonias – siempre muy ostentosas y solemnes – programadas con ocasión de la Coronación Canónica de la Virgen de La Montaña en la Plaza Mayor, el día 12 de octubre de dicho año.
Por las fotografías que nos han quedado de aquellas solemnidades, Cáceres debió volcarse en las entusiasmadas manifestaciones religiosas, que venían a ser una afirmación del catolicismo militante que introdujo don Pedro Segura, y del centralismo político que había impuesto don Miguel Primo de Rivera.

Coronación de la Virgen de
La Montaña en la Plaza Mayor

Se invitó, como Mantenedor de los “Juegos”, al Ilmo. Sr. Abogado Fiscal del Tribunal Supremo de Madrid, don Diego María Crehuet del Amo, que aceptó gustoso desplazarse a Cáceres y presidir un Jurado compuesto por su entrañable amigo Luis Grande Baudessón, José Ibarrola, Narciso Maderal, Pedro Romero Mendoza, Federico Reaño y otros miembros de ese reducido estamento literario que llenaban con su presencia o con su prestigio personal la mayoría de estos acontecimientos.
La “Flor Natural” la ganaría un encendido poema “A la Virgen de La Montaña” de don Francisco Romero, Magistral de la Catedral de Zamora, lleno de alegorías místicas y alusiones espirituales, muy del gusto de la época.
Aunque no correspondan propiamente a las referencias concretas que en este capítulo estamos haciendo de Cáceres, como ciudad de notables pulsos e impulsos literarios, no podemos pasar por alto hechos que de manera directa influyeron en el decurso de la vida de Diego María Crehuet, dando entrada al período más sobresaliente de su carrera como jurista y de su fama como orador.
En septiembre de 1923, don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, Capitán General de Cataluña y II Marqués de Estella, había consumado un golpe militar, en connivencia con el Monarca, implantando un Directorio o Dictadura en la que, indirectamente, el ilustre magistrado cacereño iba a jugar un importante papel.
Los acontecimientos más felices – los “fastos” que diría él en sus discursos – de la vida de Diego María Crehuet se multiplicaron a lo largo del año 1925, permitiéndole volver a Cáceres – aunque fuera por un breve período – y convertirse en uno de los personajes más solicitados, más admirados y más populares de la pequeña capital de Provincia.
Por una Real Orden del 13 de febrero de 1925 se había nombrado a Diego María Crehuet Presidente de la Audiencia Territorial de Cáceres, por lo que se organizaron en la ciudad múltiples homenajes y bienvenidas en los Colegios de Abogados, en el de Notarios, en el Ayuntamiento y en la propia Audiencia. El 16 de marzo tuvo lugar el acto solemne de toma de posesión del nuevo Presidente, en la Sala de lo Criminal de la Audiencia. La escena que todos los presentes recordaron siempre como la más conmovedora del protocolo ceremonial, fue cuando Diego María, revestido de toga, medalla, bonete y muceta, propios de su nueva Magistratura, se arrodilló delante de su anciana madre doña María del Carmen Petra del Amo, para pedirle su bendición. Bendición que doña María le dio con lágrimas en los ojos, pidiéndole que, por encima de todo, cumpliese siempre con la más sagrada y estricta misión de la justicia.
Incluso la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, de la que era miembro de mérito el nuevo Presidente, se sumó a los homenajes en la persona de su Director, don Felipe Clemente de Diego, a quien le unía una gran amistad.
El día 8 de septiembre, festividad muy extremeña – el Nacimiento de la Virgen, que se solemnizaba anualmente en el Monasterio de Guadalupe – tuvo lugar en Marruecos el desembarco de la bahía de Alhucemas; acción militar llevada a feliz término por el Dictador con la colaboración de la flota francesa, que acabó en pocas semanas con la resistencia de Abd – El Krim y sus tropas cabileñas.
El 5 de octubre – ya terminada la operación – se celebró en la Iglesia Mayor de Santa María de Cáceres, un solemne “Te Deum” y un acto de adhesión al Trono y al Ejército en el Salón de Plenos de la Diputación Provincial, en el que intervino Diego María Crehuet como Presidente de la Audiencia Territorial. A finales de ese mismo mes, llegó a Cáceres, desde Trujillo, el mismísimo General Primo de Rivera, que sería recibido por las autoridades militares y civiles en la entonces llamada Avenida “Luis de Armiñán” – que hoy llamamos Paseo de Cánovas – en un acto multitudinario al que asistió, entusiasmado, el vecindario cacereño.
En otro orden de cosas, el 12 de octubre de 1925 – “Día de la Raza” en la mentalidad de la época – se abría en el número 30 de la calle Alfonso XIII – hoy conocida como “Pintores” – el Ateneo de Cáceres y se le rendía un merecido homenaje al patriarca de las letras cacereñas, don Publio Hurtado Pérez, en el que el alcalde – que era entonces Arturo Aranguren Mifsut – puso su nombre para designar la pequeña placita de Las Piñuelas Altas, en la que el anciano escritor tenía su domicilio; que, desde entonces, se sigue llamando Plaza de “Publio Hurtado”.

Fachada de la casa de Don Publio Hurtado que daba a
la Gran Vía que une la plaza de San Juan con la Plaza Mayor.
Hoy son dependencias del Ayuntamiento.

El primer orador que disertó en el Ateneo sería el Magistrado Presidente de la Audiencia Territorial, don Diego María Crehuet, con un discurso titulado “El Ideario de los bolcheviques”, un extenso ensayo jurídico-político sobre la reciente Revolución Rusa que había conmovido y alarmado a la ingenua sociedad occidental, creando nuevos conceptos y nuevos planteamientos en la convivencia de los pueblos.
La situación funcionarial en su destino de Cáceres del flamante Presidente de la Audiencia iba a ser, de todas maneras, muy provisional; pues ya a finales de 1925 sería promocionado al cargo de Fiscal General del Tribunal Supremo, cargo en el que había ejercido el empleo de Abogado Fiscal algunos años antes; en el que iba a desarrollar sus funciones y propuestas más trascendentales.
Como Fiscal de Tribunal Supremo, Diego María Crehuet debería de nuevo marchar a Madrid, donde ya tenía domicilio propio y un amplio círculo de amistades entre los cacereños residentes en la capital. También tuvieron lugar algunos desdichados acontecimientos en este mismo año, como la muerte de su madre, doña María Petra del Amo González, única compañía que ya le quedaba durante su vida en la Villa y Corte, que sería traída e inhumada en el cementerio cacereño por expreso e insistente deseo de la finada.
Su hijo hizo colocar en su sepulcro una imagen de la Virgen de la Montaña – su “Madre celestial”, como él solía decir – que sería bendecida por el Cardenal Tedeschinni, en 1926, con ocasión de la visita a Cáceres del Nuncio de S.S. para consagrar la gran estatua del Corazón de Jesús levantada junto al Santuario de La Montaña por el obispo Segura, poco antes de marchar como Arzobispo de Burgos.
* * *
VI .– La Reforma Constitucional de la Dictadura.

Partiendo de los convulsos años de 1917 y 1918, una larga crisis, provocada en el país por el final de la Guerra Europea, con sus secuelas de recesión económica, inseguridad pública y enfrentamientos políticos violentos, trajo a España una sensación de frustración y desengaño que se complicaría a causa del largo conflicto marroquí. La desdichada “guerra de África” que ya había sido causante de secuencias sangrientas, como la “Semana Trágica de Barcelona” o las operaciones militares del “Barranco del Lobo” – que tuvieron lugar en el mes de julio de 1909 – se prolongaron aún por casi veinte años de sacrificios, fracasos militares y frustraciones políticas que impedían la recuperación económica del País.
En los círculos políticos e intelectuales de la capital del Reino – quizá el más significado fuera el Ateneo – ya se exigía un “cirujano de hierro” que fuera capaz de sajar y coser las graves heridas que iba teniendo España. El asesinato del Cardenal Arzobispo de Zaragoza, los continuos altercados sangrientos de Barcelona, el atentado criminal contra el Presidente del Gobierno, don Eduardo Dato, unidos a los fracasos y desastres en la guerra de África – con el desastre de “Annual” (1921) como colofón – acabaron por hundir el débil prestigio de la Monarquía; a lo que se unió la crisis provocada por el final de la Guerra Europea, con otros ingredientes que complicaron y envenenaron la convivencia y la estabilidad política; cruzándose con acontecimientos exteriores que dejaron huellas muy profundas en el ambiente político de estos años.
En la cercana Portugal había fracasado la “Dictadura regeneracionista” de Joâo Franco con la que Carlos I había intentado salvar a la Monarquía; el rey y su hijo Luis Felipe murieron asesinados, y Manuel II fue destronado a los dos años de su coronación, imponiéndose una débil República. Por su parte, el ejército ahogó recién nacida República, mediante un golpe de Estado, e instauró un régimen militar dictatorial de larga y sangrienta pervivencia en el país .
Terminada la Gran Guerra, Víctor Manuel III de Saboya intentó salvar la Corona Italiana, aceptando el régimen “fascista” y paramilitar de Benito Mussolini, después de la “Marcha sobre Roma” (1922), con la abolición violenta de la Constitución, de la democracia, de las libertades públicas y de los partidos políticos liberales. En casi toda Europa, empezando por el precario estado de la República de Weimar, en Alemania, el viejo liberalismo se corrompía y se deterioraba, por lo que los pueblos clamaban y se sometían a regímenes autoritarios, que impusieron por la fuerza el orden y la sumisión.
En 1923 la vida política española llegaba a sus límites y el propio rey Alfonso XIII urdía, con los mandos militares, una solución drástica que llegara más lejos que una simple reforma de la Constitución.
El fracaso en Marruecos y el crecimiento de los partidos republicanos que exigían la desaparición de la Monarquía – cosa que parecía inminente si se publicaba el “Informe Picasso” – obligó al monarca a llamar al Capitán General de Cataluña, don Miguel Primo de Rivera, II Marqués de Estella, para que viajara urgentemente a Madrid y entregarle el gobierno de la Nación.
La operación se llevo a efecto en septiembre. Inmediatamente, el nuevo Dictador disolvió las Cortes constitucionales y nombró un Directorio – o Gobierno Militar – de Generales y Coroneles. Fue un “Golpe de Estado” incruento y hasta folclórico, pero que cambió los parámetros políticos de la vieja y agotada “Restauración”.
Los poderes del Estado callaron, pero no desaparecieron.
Las primeras medidas gubernativas, de carácter “populista” y muy apoyadas en los sindicatos obreros y en los partidos de izquierda, despertaron el entusiasmo de los españoles , sobre todo porque se liquidaba la Guerra de Marruecos en la operación militar conjunta de Francia y España, en el desembarco de Alhucemas, y se iniciaban planes de modernización y desarrollo económico que solventaban los problemas más urgentes de las familias. En principio, todo fueron éxitos; y la inflación de créditos internacionales propiciados por U.S.A. – como la gran potencia financiera emergente después de la Gran Guerra – con las operaciones de ingeniería financiera ideadas por Calvo Sotelo, facilitaron también, a partir de 1925, redactar grandes planes de creación de infraestructuras; ampliar las redes de ferrocarriles y carreteras, con un ambicioso Plan de Firmes Especiales; construir un sistema de presas, canales y regadíos para incrementar la agricultura; aumentar la producción de electricidad y crear un monopolio de petróleo y sus derivados. Todo lo cual contribuyó eficazmente a terminar con el desempleo agrícola y a crear las bases de la incipiente industrialización.
El bienestar social tendría su contrapunto en la restricción de las libertades y en la relativa militarización de la vida política. Los partidos fueron suprimidos; el parlamentarismo quedó abolido y la censura de los medios de comunicación provocó la desaparición de la mayoría de ellos – en Madrid y en provincias – que no pudieron soportar las prohibiciones, secuestros policiales e incautaciones gubernativas. Tampoco se autorizaron tertulias, reuniones o manifestaciones sin la aquiescencia previa de los respectivos Delegados Gubernativos, que es como se llamó a los gobernadores.
La “Revista de Extremadura” ya hacía más de una década que había dejado de editarse por falta de medios y suscritores para su mantenimiento; y la tertulia de la rebotica de Castel hacía tiempo que no se reunía por razones de edad de sus miembros; aunque el “Circulo de Artesanos” que formaron los tipógrafos de la Imprenta Jiménez, donde se habían editado todos sus números, seguía siendo una asociación pujante en Cáceres.
De la numerosa pléyade de periódicos, diarios y semanarios de principios de siglo, siguieron saliendo a la calle los de inspiración católica, conservadora y más afines con la ideología del Régimen: el “Extremadura”, recién fundado por el obispo Segura Sáez como órgano de la Acción Católica Dicesana; “ La Montaña” ( Diario de la Mañana ) de Santos Floriano; “El Adarve” de Luis Grande Baudessón; el “Nuevo Día”, fundado en 1926, el más proclive a la Dictadura, que dirigía Narciso Maderal Vaquero; “El Noticiero” (Diario de Cáceres); y “Unión y Trabajo” ( Órgano de la Casa del Pueblo ) que tampoco se opuso, desde el socialismo obrerista, a las medidas y métodos de la Dictadura.
Como hemos visto en el capítulo anterior, en 1925 se inauguraba el Ateneo de Cáceres; asociación de intelectuales y artistas, críticos, ensayistas y poetas que se constituyó en el nuevo foro de debates y contraste de pareceres que encauzaba y daba sentido a los principales impulsos de las élites cacereñas.

Durante la época de la Dictadura de Primo de Rivera desaparecieron las tertulias políticas
pero el propio Gobernador de Cáceres fomentó una de la Unión Patriótica en el lujoso
Hotel “Europa” de la Plaza Mayor.

Quizá, para contrarrestar este liberalismo intelectual y político, el propio Gobernador Civil, José García Crespo, fundó y favoreció una tertulia política – dentro de la disciplina de la “Unión Patriótica” – que se reunía en el Hotel “Europa”, en la Plaza Mayor, con los elementos más destacados de este nuevo partido político nacional instaurado por Primo de Rivera; al que irían adhiriendo los oportunistas, desengañados o desertores de las anteriores formaciones políticas.
El primer orador que disertó en el Ateneo – como ya hemos mencionado en el capítulo anterior – sería Diego María Crehuet, que era entonces Presidente de la Audiencia Territorial cacereña, pero su permanencia en la ciudad y su pertenencia como socio al Ateneo iba a ser breve. A finales de aquel mismo año de 1925 sería nombrado Fiscal del Tribunal Supremo, con lo que hubo de marchar, ya definitivamente, a residir a la Capital del Reino.
El Ayuntamiento acordó entonces nombrarle “Hijo Predilecto de Cáceres”, y que su nombre figurase en el paramento del Salón de Plenos de la Corporación. La Diputación Provincial le otorgó la “Medalla de Oro al Mérito Provincial” y también estampó su nombre en uno de los laterales del Salón de Sesiones. Esta era la segunda “Medalla de Oro” que se otorgaba, ya que la primera había sido concedida al Patriarca de las Letras Cacereñas: don Publio Hurtado Pérez en el homenaje que se la tributó unos años antes, en el cual se puso su nombre a la pequeña Plaza de las Piñuelas Altas, donde tenía su casa, como ya hemos relatado.
Solamente tres años sobreviviría el anciano escritor e investigador a este merecido homenaje; pues el día 3 de enero de 1929 falleció en Cáceres con 78 años de edad y prácticamente ciego por una grave afección ocular . Hasta su muerte, siguió siendo este prolífico historiador y polígrafo cacereño Presidente del Ateneo, cargo en el que le sustituiría Emilio Herreros Estevan, Presidente de la Diputación, Director y propietario del diario “El Bloque” y uno de los políticos locales más dinámicos y reconocidos.
El homenaje a Publio Hurtado tuvo lugar ya en la nueva sede del Ateneo, en la calle San Antón, nº 30, en donde se leyeron unas sentidas y entrañables cuartillas de Diego María Crehuet, enviadas desde Madrid para tal propósito.
En la Villa y Corte, en cambio, el Fiscal del Tribunal Supremo – quizá por exigencias del cargo, o por ciertas prevenciones contra el Ateneo de Madrid, donde se reunían los elementos más significados por ateismo, laicismo, izquierdismo o republicanismo de la variopinta sociedad madrileña – se mantuvo siempre alejado de los debates y actividades del Ateneo, aunque cooperó con entusiasmo en las actividades y conferencias que se organizaban en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Entidad conservadora y monárquica a la que pertenecía como académico de mérito, y en la que venía participando desde 1916.
Estas eventuales intervenciones en la Academia se convirtieron en verdaderos ensayos de jurisprudencia, entresacados de las más significativas obras literarias; en los que Diego María Crehuet desplegó toda su inmensa cultura y erudición sobre poesía, teatro o movimientos sociales – el “feminismo”, por ejemplo – pujantes en su propia época; analizándolos desde los enfoques de la ciencia jurídica que él dominaba al dedillo.
Ya en una conferencia espléndida pronunciada en la Academia en 1916 había analizado “La Judicatura en “La Estrella de Sevilla” y en “Los Intereses Creados” , en las que desplegó toda su enorme erudición jurídica y literaria. Dos años después volvería a ocupar la tribuna de esta docta institución para hablar de “La pena de muerte como tema literario” (Motivos jurídicos)”. En 1920 desarrollaría un amplio ensayo sobre “El Feminismo en los aspectos juridico-constituyentes y literarios”; y en 1922 disertaría sobre “La vendetta en la Divina Comedia”; disertación docta y documentada en la que demostró su conocimiento literario del italiano y su enorme erudición sobre la obra de Dante Alighieri.
Pero sus aportaciones más importantes y trascendentales iban a ser los “Informes de la Fiscalía del Tribunal Supremo”, elevados al Jefe del Estado y al Presidente del Gobierno los años 1926 y 1927, en los que planteó magistralmente los principales problemas jurisdiccionales y procesales que afectaban y entorpecían el desenvolvimiento de estas altas Magistraturas y de todo el Poder Judicial. En concreto, elogiaba la iniciativa de su antecesor para que se separasen las funciones de la Fiscalía de las de la Magistratura; creando un Ministerio Fiscal que dependiese del Gobierno, con un Fiscal General del Estado separado e independiente del Tribunal Supremo; y que esta separación e independencia se diese también en todos los demás Tribunales y Audiencias.
Exigió la mejora de las retribuciones de Fiscales y Magistrados, que entonces estaban muy mal pagados. Propuso nuevas vías de ingreso en las carreras judiciales, aparte de la simple y tradicional oposición; siempre tendiendo a la mejora de la situación personal de los funcionarios que evitase la corrupción o la desidia.
1926 fue en Cáceres un año pletórico de homenajes e inauguraciones . En enero, conmemorando el veinte aniversario de su muerte, se organizaron una serie de actos para mayor gloria y memoria de José María Gabriel y Galán. Por ello, en el llamado “Triángulo” del Paseo de Cánovas se inauguró el monumento al poeta, diseñado y fundido en bronce por el joven escultor Enrique Pérez Comendador; quien, a su vez, recibió también un merecido homenaje en el Ateneo de Cáceres – poco después del tributado a don Publio Hurtado – en el que se resaltaron los galardones y premios que ya había obtenido el artista, en concursos y certámenes nacionales e internacionales, una vez concluida su formación artística en Italia en pleno período fascista, con cuyo estilo clásico y tradicional se sentía plenamente identificado.
Terminada la obra de construcción del nuevo “Gran Teatro” , en la calle de San Antón, se procedió a su apertura oficial como centro destacado de todas las manifestaciones escénicas y musicales de la ciudad. La obra fue realmente admirable: un local grande, primorosamente decorado con gusto “modernista” y notable lujo; gran capacidad de escenario, tramoya y camerinos; patio de butacas y plateas que superaban las 800 localidades, lo que permitía programar en él masivos eventos culturales a los que podría venir mucha más gente que a los pequeños y destartalados teatros de “Variedades” o al “Principal”, que ya quedaron marginados por su situación en los barrios bajos de la ciudad – en la calle Nidos o en la Plaza de Canterías – que quedaban apartados del nuevo núcleo del ensanche urbano, atraído por la estación del ferrocarril.
El año siguiente fue mucho más movido en las esferas de la alta política, en las que se vería involucrado Crehuet; primero, como Fiscal y luego como Presidente de la Sala 1ª del Tribunal Supremo, para la que fue nombrado directamente por el gobierno nacional.
Como “representante por derecho propio”, al ser Presidente de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo, Diego María Crehuet paso a ser miembro de la Asamblea Nacional; una especie de Parlamento unicameral que sustituyó a las Cortes Generales durante la Dictadura de Primo de Rivera, a la que accedía como representante de las altas magistraturas del Estado, sin necesidad de ingresar como miembro de la Unión Patriótica; el partido único al que se afiliaron todos los funcionarios, simpatizantes del régimen y oportunistas que esperaban “sacar partido” de la Dictadura “primoriverista”.
En la Asamblea Nacional se formó una Sección Constitucional encargada de proponer y redactar una nueva Constitución Política para la Monarquía , que sustituyera a la “canovista” de la Restauración de 1876, ya totalmente desfasada y llena de lagunas.
En esta Sección Constitucional – compuesta por juristas de prestigio y parlamentarios de la Unión Patriótica – predominaron los elementos de ideología conservadora; como Juan de la Cierva, Carlos María Cortezo, Laureano Díaz Canseco; ultracatólicos como Victor Pradera, Javier Yanguas, Ramiro de Maeztu, José María Pemán y el marqués de Santa Cruz. También se integraron, aunque no participaron en los debates, elementos del sindicalismo católico, y dos liberales; uno menos significado: García Sola, y otro de larga trayectoria democrática y progresista: Diego María Crehuet, que sería reelegido en los años sucesivos de 1928, 1929 hasta febrero de 1930, en que la Dictadura fue derrocada.
Las deliberaciones se centraron al principio en dilucidar si había realmente que reformar la Constitución, o bastaría con hacer algunos cambios en las leyes complementarias. El gobierno y el Dictador se habían pronunciado por la reforma – quizá obligados por el propio Alfonso XIII – pero quedaba en el aire si esta reforma debía respetar los modos y formas del liberalismo clásico o incorporar los principios del autoritarismo corporativista, que en Italia y en Portugal estaban dando resultados positivos.
La postura mayoritaria y autoritaria, pedía una Constitución en la que se exaltase, sobre todo, la unidad nacional; en la que fueran restringidos los derechos y libertades reconocidos por la de 1876; en la que desapareciese el control parlamentario del Gobierno, y en la que sufragio de los ciudadanos solamente sirviese para elegir a la mitad de los miembros del Parlamento. Ya que la otra mitad sería, bien por voto corporativo: “familiar”, “municipal” o “colegial”, bien por nombramiento real. Privando además del derecho a voto a los “indiferentes” que no hubieren manifestado su adhesión al nuevo régimen.
Frente a estas posturas, Diego María Crehuet, García Sola y el mismo Ramiro de Maeztu, defendieron la necesidad del control parlamentarios del Ejecutivo. Por su parte, Crehuet defendió el sufragio secreto e individual para la elección de todos los parlamentarios; y, en definitiva, mantuvieron en exigua minoría la defensa de los principios del liberalismo y de la democracia.
Este proyecto constitucional fracasó en todos sus términos a finales de 1928, pues quienes participaban en su elaboración no creían en el constitucionalismo liberal; y, los que creían en él, pronto se apartaron de los trabajos y tareas de la Sección.
En 1929 ya nadie confiaba en la viabilidad de una Dictadura – aunque se tuvieran puestos los ojos en Italia -; y en todo Madrid se criticaba y se conspiraba abiertamente contra el Rey y contra la Monarquía .
Unos años antes ya se habían producidos graves movimientos político-militares contra la Dictadura: la “sanjuanada”, en septiembre de 1926. Entonces el Dictador abortó el “cuartelazo” declarando el estado de guerra y disolviendo el Arma de Artillería, con el pase forzoso a la reserva de 1.800 jefes y oficiales, que quedaron privados de empleo y sueldo. El 11 de septiembre, la Unión Patriótica de Cáceres apoyó al gobierno con 1.928 firmas de todos sus afiliados. Pero en 1929 la Dictadura estaba agotada, y todo el mundo adivinaba que con ella se agotaría también la Monarquía.
El Rey visitaría por segunda y última vez Cáceres en noviembre de 1928 . Venía a cazar a una finca y, de paso, aprovechó para inaugurar el puente reconstruido en Alconétar sobre el río Tajo. Puente monumental que mejoraba sustancialmente la accesibilidad de la ciudad situándola en una de las rutas más importantes entre Madrid y Lisboa.
* * *

VII .- República y Guerra: Procesos contra el Poder Judicial

En toda biografía, por muy relevante y lúcido que sea su protagonista, se producen lagunas, períodos oscuros, secuencias de silencio, en las que los datos y detalles de su peripecia vital desaparecen de actas y documentos, o quedan soterrados por acontecimientos y tensiones tan fuertes, que la existencia del personaje pierde color y temperatura, incluso para sus propios contemporáneos. Es entonces cuando el historiador ha de poner en juego todas sus habilidades de investigador para encontrar rastros y huellas paralelas con las que completar el hilo de su relato; aunque, a veces, no sean manifestaciones directas o personales de su biografiado, sino noticias de sus amistades, de los campos en los que desarrolló su actividad o de los avatares políticos en los que se vio inmerso, para ir adivinando los surcos en los que germinó y maduró su obra y su realidad existencial.
Después de la relevancia política y jurisdiccional de la que gozó Diego María Crehuet durante los últimos años de la Dictadura de Primo de Rivera – como jurista y como hombre de bien -, cuando cayó el Dictador y se disolvieron la Asamblea Nacional y la Unión Patriótica, toda su obra quedó relegada al desprestigio y hasta al odio de los poderes emergentes contra aquel régimen marginal y contradictorio, en el que se había depositado tanta y tan buena voluntad frustrada.
El último Presidente del Tribunal Supremo durante la época de la Dictadura, había sido don José Yanguas Messia, que fue también Ministro de Estado en el llamado Directorio Civil de 1925, y Presidente de la Asamblea Nacional, desde 1927 hasta 1930. Por ello, el Tribunal de Responsabilidades Políticas contra la Dictadura, instaurado por las Cortes Constituyentes de la recién proclamada II República – en 1931 – encargado de depurar las responsabilidades a que hubiera lugar, le encausó y le obligó a exiliarse en Lisboa, hasta que la sublevación militar de 1936, con Franco a la cabeza, le permitiera regresar a España y ocupar importantes puestos políticos y jurídicos.
El nuevo régimen republicano quiso construir, a partir de 1931, un sistema político sobre las bases firmes del “Estado de Derecho” , depurando y reforzando el Poder Judicial, garantizando su independencia y honestidad, y apoyándolo en la autoridad incontrastable del Tribunal Supremo, que se erigía en pilar jurídico del Estado.
Cuando, el 18 de julio de 1936, parte del Ejército de África se sublevó contra la legalidad constitucional y contra el gobierno de la República, Diego María Crehuet seguía siendo Magistrado del Tribunal Supremo y Presidente de su Sala 7ª; por lo que estaba obligado a prestar y reiterar fidelidad a la República y a la Constitución, según una “circular” del Fiscal General, que entonces era Alberto de Paz.
Todo el Poder Judicial, y muy especialmente los altos dignatarios y representantes de los órganos superiores, se vieron sacudidos y conmocionados por la violencia y odio desatados a causa de la sublevación militar. Entre todos ellos se produjo una división absoluta e irreconciliable – como en todo el país – y algunos cayeron asesinados en uno u otro bando, en función de ciertas posturas de fanatismo político y religioso que acabaron soterrando la legalidad, la racionalidad o la Justicia.
La mayoría de los Presidentes de Sala, en Madrid, y en otras Audiencias provinciales, tuvieron que decantarse explícitamente en favor de la Constitución y de la legalidad republicana; o bien, por la “salvación de la Patria” que pretendían los sublevados. Opción ésta a la que sólo se adhirieron los que estaban fuera de Madrid o en la llamada “zona nacional”. Pero Diego María Crehuet estaba próximo a jubilarse con 63 años, lo mismo que Diego García, que era Presidente de la 4º, y prefirieron acogerse a la Ley Provisional del Poder Judicial, de 1870, que estaba aún plenamente vigente, y no pronunciarse al respecto; ya que la “circular” del Fiscal General infringía la mencionada Ley.
La situación bélica, que todo lo fragmentaba y arrasaba, había separado a Cáceres de Madrid por distancias insalvables; las distancias que se establecieron entre la “España Roja” y la “España Nacional”, por lo que hubiera sido muy difícil para el Magistrado retirarse a su antigua casa cacereña – a su “patria chica” – más segura y apartada de la guerra. Además de que su condición de alto funcionario del poder judicial le exigía permanecer en la capital, asistiendo a los tribunales y a sus deberes ante la Justicia.
Aunque la Justicia, como tal, ya no tenía ningún papel que jugar entre los españoles, viéndose sobrepasada y conculcada por multitud de “tribunales populares”, “jurados sindicales” o “tribunales militares” que la ejercían arbitrariamente, en uno y otro bando. El juramento de acatar y cumplir la Constitución de la República ya lo había pronunciado Diego María Crehuet al ocupar su plaza, y el gobierno republicano lo mantuvo en su puesto y responsabilidad a pesar de su “tibieza” política frente a la sublevación.
Además de aquellas medidas discriminatorias y de incontrastable definición política, el Gobierno republicano de 1936 decidió crear las Juntas de Inspección de Tribunales, encargadas de constatar la fidelidad y adhesión a la República de jueces y funcionarios de los órganos centrales y de las Audiencias Territoriales de las provincias, al menos las que habían quedado en la zona “roja”.
Estas Juntas fueron las encargadas de proponer la depuración de los tribunales mediante la separación forzosa – por jubilación anticipada o por excedencia obligatoria – de los jueces y magistrados que se sospechase su afinidad con los sublevados. Estos retiros forzosos permitían conservar a los funcionarios las tres cuartas partes de sus retribuciones y todos sus derechos pasivos.
Así, por Decreto del 18 de agosto de 1936, Diego María Crehuet quedó separado de la carrera judicial por excedencia forzosa y en unas condiciones económicas no muy boyantes. Pero, teniendo en cuenta que vivía solo en un piso de la calle Ayala, 96, en el que permanecía casi aislado, podemos explicarnos que de estos desdichados años de guerra no tengamos muchos datos de su vida.
La finalización de la Guerra Civil, y el triunfo de los sublevados “filofascistas” del General Franco, significaron un giro radical y violento en la vida política, cultural y jurídica de los españoles; iniciándose un largo y angustioso período de persecuciones, deportaciones, procesamientos y exilios de todos aquellos que hubieren colaborado, directa o indirectamente, con las autoridades legítimas de la República.
Las élites intelectuales, los artistas, los poetas, los profesores de todo nivel y condición se vieron en la tesitura de exiliarse del país – como hicieron la inmensa mayoría de ellos – o someterse a juicios y procesos humillantes ante tribunales políticos y militares, que utilizaban la Justicia y el Derecho como instrumentos para eliminar o enmudecer a todos los que consideraban sus enemigos. Así, los vencedores llevaron a efecto procesos depurativos mucho más radicales y contundentes que los que había realizado la República contra los jueces, fiscales y magistrados que fueran sospechosos de haber colaborado con el gobierno constitucional, o d e haber pertenecido a la Masonería o a los Partidos integrados en el Frente Popular
En el juicio sumarísimo, nº 2198 del 7 de diciembre de 1939 incoado por el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas se abrió un proceso: “…contra el personal de magistrados y fiscales del Tribunal Supremo del llamado gobierno de la República”, en el que quedaron encausados los magistrados Diego Medina García, Santiago del valle, José María Rodríguez de los Ríos, Diego María Crehuet del Amo, José Castán Tobeñas, Felipe Uribarri, Raimundo Pérez y otros . Las sentencias fueron duras para ciertos encausados: Diego Medina fue condenado a siete años de prisión; Rodríguez de los Ríos a seis años y un día; etc. Pero otros que demostraron que habían sido cooperadores con la Dictadura de Primo de Rivera y fueron separados del servicio por la República, obtuvieron su absolución: entre ellos Diego María Crehuet, Aranda y Castán Tobeñas.
Consecuentemente, al terminarse el proceso bélico, se incorporó a sus tareas judiciales como Presidente de la Sala 7ª del Tribunal Supremo, dedicada a los procesos Contensioso-Administrativos, que no debieron dar al ya maduro magistrado mucho trabajo, pues la Dictadura Militar y el gobierno totalitario y antiliberal instaurado por los vencedores no admitía la posibilidad de verse denunciado o contrariado, ni siquiera por el Poder Judicial.
Se iniciaba entonces la época más dura y desdichada de la Historia de España, desde todos los puntos de vista: hambrunas, enfermedades epidémicas y racionamiento en todo el país; represión y persecución en virtud de leyes tan absurdas como la de “Represión del Comunismo y la Masonería”, la ya citada de “Responsabilidades Políticas”, y el colofón de mayor ilegalidad y arbitrariedad jurídica, como fue la “Causa General”, incoada por el Fiscal General Romualdo Hernández Serrano desde el año 1943, abriendo procesos en todas las provincias, audiencias y tribunales por los crímenes habidos durante la guerra – incluso incoando los que tuvieron lugar durante la República – atribuyéndoselos, sin pruebas ni procesos, a los “elementos criminales del Frente Popular”, que fueron condenados, según las estrambóticas leyes de la represión, a muerte.
Con la “Causa General” se intentaban justificar legalmente – aunque con procesos totalmente irregulares – las condenas capitales y fusilamientos de los miles de presos políticos, que el final de la guerra había dejado atiborrando las cárceles y los campos de concentración del “Nuevo Estado”.
Aquellos años – que Diego María Crehuet vivió casi en un retiro absoluto y voluntario en su casa de Madrid – conocieron la más violenta represión y la más sangrienta aniquilación de individuos e ideologías que haya conocido la población española; pues los Consejos de Guerra y los fusilamientos llegaron a ser más cruentos y numerosos que los de la misma guerra.
A partir de su jubilación definitiva, en 1945, ya con 72 años, Diego María Crehuet comenzó a llevar en Madrid una vida retirada y austera; asistiendo con frecuencia a los actos y conferencias de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, de la que era miembro de mérito desde hacía muchos años, y en la que había participado con estudios y conferencias realmente notables; también participó en la creación del Hogar Extremeño de Madrid
* * *
VIII .- Merecidos Homenajes.

A lo largo de su vida, encauzada desde que era muy joven por los difíciles vericuetos de la inquietud literaria – como afición – y por la práctica jurídica – como profesión -, a las que dedicó siempre sus mejores energías con la ilusión del neófito y con la maestría del estudioso, Diego María Crehuet se acostumbró a recibir entrañables y repetidos homenajes en reconocimiento de la fértil labor que, en uno y otro campo, había desarrollado. Bien, en su ciudad natal, en la que era sobradamente conocido y admirado por cuantos le conocieron; bien, en Madrid – cabeza y capital del reino – en donde desempeñó tareas y representó papeles jurisdiccionales y políticos muy importantes, en momentos críticos que cambiaron la Historia del país.
Excepto su vida afectiva y familiar, que sacrificó en provecho y ventura de su proyección pública y de su honestidad profesional, el resto de su existencia la dedicó a los demás: a su madre, doña María del Carmen, viuda desde hacía muchos años, con la que convivió en su piso de Madrid hasta su muerte; a sus amigos y admiradores, a los que siempre respondió y correspondió con afección y cariño; a los cacereños y cacereñas – incluidos los vecinos de Arroyo del Puerco – a quienes procuró agradar y exaltar en sus discursos y escritos; a la Virgen de La Montaña, en fin, por la que se sintió atraído y protegido. Y, en general, a todos los que le conocieron y le trataron, buscando su aprobación y reconocimiento mediante cuidadas intervenciones públicas, con ocasión de los acontecimientos más diversos, vinculados a la historia de la ciudad.
También en Madrid, en momentos y secuencias más escogidos y minoritarios de su vida jurídica. En el ámbito de la Real Academia de Jurisprudencia o en la Sección Constitucional de la Asamblea Nacional de la Dictadura, donde defendió sin ambages ni cortapisas las libertades públicas, la vigencia de los principios democráticos y liberales frente a posturas más autoritarias; y la preeminencia del Estado Constitucional sobre otras instancias del poder político. Aunque aceptase y justificase, en momentos de grave crisis política, la intervención militar y dictatorial, con la que colaboró para salvaguardar la ley y la justicia. Postura que le llevó a situaciones muy delicadas durante la República; y, de rebote, también después de la Guerra Civil, cuando fue procesado.
El reconocimiento y admiración que despertaba su persona entre sus allegados y conocidos no nacía solamente de su inmensa cultura, de la riqueza de su verbo o de la pasión que ponía en discursos y disertaciones, sino de su sencillez personal; del recato y hasta timidez con que aceptaba sus compromisos para actuar en público, y de la seriedad y presteza con las que resolvía estos compromisos, por difíciles que fueran.
Ya en 1908, en el periódico “El Bloque”, órgano del sector “canalejista” del Partido Liberal-democrático, el diputado Luis de Armiñán escribía estos párrafos referidos al entonces joven jurista cacereño: “Figuraos un joven cultísimo, de pródiga y robusta inteligencia, muy metido en sí, modelo de hijos y espejo de caballeros… De entre todas las cualidades de este hidalgo extremeño, aquella que en estos tiempos se aprecia más, es quizá lo que en él vale menos: la llave de oro de la que hablaba Víctor Hugo, la Elocuencia, palanca que abre o violenta las puertas de los caminos del éxito, se da en Crehuet como las amapolas en los trigales floridos…”
Por ello, no es de extrañar que a lo largo de su vida, los colectivos entre los que se desenvolvía aprovechasen cualquier oportunidad para dedicarle veladas, banquetes, discursos o publicaciones en los que el centro de atención fuera el propio don Diego María, cuando podían contar con él; pues, según solían decir sus allegados, rehuía cuanto podía figurar o aparecer en tales ceremonias y agasajos.

Excmo. Sr. Don Diego María Crehuet del Amo
Magistrado del Tribunal Supremo.

En los capítulos precedentes de esta breve biografía, ya hemos hecho referencia a las numerosas ocasiones en las que los distintos Organismos y Asociaciones, públicas o privadas – tales como la Corporación Municipal y Provincial, el Ateneo de Cáceres, los Colegios Profesionales de Notarios y Abogados, etc. – programaron actos y eventos para honrar la figura de Diego María Crehuet y para poner de relieve sus méritos como orador, como Magistrado, como escritor y pensador o como devoto de la Virgen.
Las distintas revistas literarias recalcaron su sensibilidad como narrador de pequeñas historias o como ensayista sobre temas arrancados a la tradición cultural y jurídica de nuestra civilización, descubridor de matices nuevos en las antiguas obras de poesía y teatro. También le proporcionaron un espacio destacado entre los círculos intelectuales de su ciudad, espacio que él aprovechó para llenar algunas páginas de las publicaciones más prestigiosas, como la “Revista de Extremadura” o – en menor medida – “Alcántara”.
La última singladura de su carrera jurídica iba a ser el corto período desde 1940 a 1945; época dura y dislocada de la inmediata posguerra, en la que desempeñó la Presidencia de la Sala de lo Contencioso del Tribunal Supremo; Presidencia que no debió ocasionarle ninguna sobrecarga de trabajo, dado el carácter totalitario e intransigente de la Administración implantada después de la Guerra; y lo aventurado que hubiera sido entonces incoar cualquier proceso de ese carácter contra el Estado.
En 1945 se jubiló como Magistrado y quedó ya a vivir en Madrid, en la calle Ayala, nº 96, en pleno barrio de Salamanca, donde tantos años convivió con su anciana madre, hasta que esta murió. Contaba ya con 72 años, pero su estro literario no se había apagado, por lo que empezó a colaborar con la Revista “Alcántara”; cuyo Director, Pedro Romero Mendoza, le había rogado que enviara alguna breve colaboración a la nueva publicación.
Hacía poco que “Alcántara” había sido fundada como revista literaria por cuatro heroicos poetas y escritores cacereños: Tomás Martín Gil, José Canal, Fernando Bravo y Jesús Delgado Valhondo; pero ante la imposibilidad de sostenerla solo con las aportaciones de cada uno de ellos, la habían cedido a la Diputación Provincial, cuyo Presidente: Luis Grande Baudessón la asumió como órgano de comunicación de la Corporación Provincial, y ofreció su dirección al notable ensayista Pedro Romero Mendoza, autor inagotable y prolífico de excelentes estudios críticos sobre la literatura española, que había recibido ya varios premios en concursos y certámenes.
En 1949, cuando ya llevaba cuatro años retirado de su carrera, sus antiguos compañeros de la Sala 2ª del Tribunal Supremo le dedicaron un libro-homenaje, del que solo tenemos noticias por la Introducción que don Federico Castejón insertó en el que los Colegios de Notarios, Secretarios de Sala, Magistrados y Fiscales, y la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, recopilaron y editaron en Madrid en 1950; encargándose a la Editorial “Escelicer”, la edición, encuadernación y distribución del volumen, teniendo en cuenta las limitaciones técnicas y económicas que entonces de padecían.
El libro no era comercial, ni se pondría a la venta. Se sacarían solamente los ejemplares que cada institución o individuo adquiriese mediante suscripción previa, y solamente se editarían algunos ejemplares más para el propio homenajeado o para los que queriendo participar en el evento se hubieren distraído al hacer su aportación. Ese mismos año, en el número de “Alcántara” correspondiente al mes de mayo – el nº 19 – se incluía un amplio artículo de Diego María Crehuet sobre “El episodio de “La Pía” en la Divina Comedia” – un verdadero alarde de erudición literaria y de profundo conocimiento del italiano – que le había pedido Romero Mendoza como colaboración, y que posteriormente sería también incluido en el volumen-homenaje, que vio la luz en 1950, como ya hemos dicho.
Ninguno de los contenidos de este voluminoso libro era novedad. Todas las piezas, discursos, narraciones o memorias que contenía ya se habían publicado con anterioridad; pero estaban dispersas y no era fácil contar con ellas para su relectura.
En este sentido su nueva reedición en “Obras de Diego María Crehuet ” ( Madrid, 1950), fue un acierto y una muestra de respeto y cariño para el anciano jurista, Aunque se echaba en falta, además de la presentación de don Federico Castejón, un estudio jurídico-literario y una amplia nota biográfica sobre su autor, que hubiera hecho innecesaria esta humilde biografía.
Era difícil ya que el anciano escritor y jurista volviera a coger la pluma para nuevas reflexiones. En la escasa correspondencia que mantuvo con Pedro Romero Mendoza, que continuamente le solicitaba nuevas aportaciones literarias para la Revista “Alcántara”, se hacía presente la tremenda afección de “Parkinson” que inutilizaba sus temblorosas manos para la escritura; hasta el punto de que las últimas cartas ya no las escribía él, quizá alguno de sus colaboradores de la Academia, pues sólo las firmaba con garabatos ilegibles.
En el mismo curso académico en el que se preparaba esta edición de las “Obras” se celebró en Cáceres la “II Asamblea de Estudios Extremeños”; cuya “Crónica” fue insertada, con todos los detalles de su desarrollo y las personas que en ella intervinieron, en la sección correspondiente de “Alcántara”, además de en el “Boletín de Información de F.E.T. y de las J.O.N.S.” correspondiente al mes de noviembre de 1949.
El evento había tenido lugar desde el 27 al 31 de octubre en los Salones de la Diputación Provincial, cuyo Presidente, don Luis Grande Baudessón, siempre había sido entrañable amigo y gran admirador de Diego María Crehuet. También fue patrocinador y promotor el Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento, don Antonio Rueda y Sánchez-Malo, creador e impulsor de los “Servicios Culturales” del Movimiento en nuestra provincia.
En la “Asamblea de Estudios Extremeños” tomaron parte personalidades que siempre habían estado en contacto con el anciano jurista: Presidió las sesiones don Eduardo Hernández Pacheco, Catedrático de Geología de la Universidad Central de Madrid y natural de Alcuéscar. Coordinaron cada una de sus Secciones: don Antonio Cristino Floriano Cumbreño, la de Historia; don León Leal Ramos, la de Economía Social; don Francisco Hernández Pacheco – hijo del anterior – la de Geografía y Geología; doña Angelines Capdevielle, la de folclore y danzas populares; y, finalmente, sería invitado a una de las sesiones el maestro nacional de El Casar de Cáceres, don Ángel Rodríguez Campos: “Helénides de Salamina” para que leyera algunos fragmentos de su voluminoso poema “El Panehelenio”.
Todo nos inclina a pensar que los organizadores de la mencionada “Asamblea” comunicaron a don Diego María su deseo de que asistiese a las actividades; presidiendo incluso alguna Sección de Legislación o de Literatura; y que él se negase a venir a Cáceres por el agravamiento de sus enfermedad degenerativa, que ya le impediría concurrir y colaborar en las sesiones y actos públicos protocolarios.
Cinco años más tarde, en febrero de 1956 fallecía en su casa de Madrid, en la Calle Ayala, 96, con 83 años cumplidos y la nostalgia de morir lejos de su querida Cáceres, en donde expresó que quería ser inhumado para su eterno descanso, en el mismo sepulcro donde ya descansaban los restos de su madre. La casualidad hizo que el día 17 de ese mismo mes falleciese, también en la capital de España, su entrañable amigo don Luis Grande Baudessón, cuyo sepelio coincidió el mismo día en que Diego Maria Crehuet llegaba a Cáceres y ambos eran enterrados en el Cementerio con las mismas solemnidades religiosas, que eran entonces preceptivas.
La Revista “Alcántara” – que tanto debía a Baudessón, y en la que había colaborado Crehuet – preparó un número especial en el que se incluyó un doble homenaje a uno y otro. Redactado por don Valeriano Gutiérrez Macías, el que se dedicó a Luis Grande, y por Ildefonso Alamillo Salgado, el destinado al recuerdo de Diego María Crehuet.
Por su parte, el Ayuntamiento también se sumaba a este honor póstumo aprobando nominar con su nombre una de las calles de la trama viaria urbana, entre las nuevas vías que iban surgiendo en el ensanche de la Avenida de la Virgen de la Montaña, paralela a ella y pronto integrada en el núcleo central de la población.

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IX .- Epílogo de una vida.

Más de cinco décadas – medio siglo – han pasado desde que este ilustre y ejemplar cacereño abandonase el mundo de los vivos y pasase a ocupar un destacado lugar en el recuerdo colectivo y en la admiración pública de quienes le conocieron. Muy especialmente por el hecho – siempre sorprendente en la vida social y política provinciana – de que Diego María Crehuet ocupase en Madrid tribunas muy destacadas y de notable responsabilidad, que le hacían aparecer frecuentemente en esos espejos, un tanto engañosos de la popularidad, que fueron – y siguen siendo – los medios de comunicación social, en los que el ilustre jurista tuvo una presencia más que destacada.
Pero también, su figura adquiere relieve y prestigio entre quienes no tuvimos ese privilegio de tratarle y conocerle; aunque hayamos tenido que asimilar y reconstruir su figura histórica leyendo y analizando su obra – jurídica o literaria – o a través de los avatares históricos y constancias testificales que se conservan hoy en los periódicos, en los documentos o en las obras de otros autores coetáneos; en las que, indefectiblemente, le reflejaron y describieron como amigo o le admiraron como maestro.
Cincuenta años, en esta acelerada y atropellada época de los inicios del siglo XXI, es mucho tiempo. En ese período se han declarado y consumido revoluciones, se han iniciado y liquidado guerras, y las gentes de medio mundo han cambiado de atuendo, de costumbres, de residencia o de lenguaje casi de manera permanente.
Sin lugar a dudas, en el pasado histórico de nuestra civilización, estas cinco décadas apenas habrían conocido algún cambio o variación en las costumbres y en los hábitos de conducta.
Apenas habrían registrado giros o mudanzas en las mentalidades o en el aspecto externo de nuestros antepasados. Pero en el pasado siglo XX, en períodos bastante menores de tiempo, cambiaron los Estados, las Naciones y hasta los pueblos.
En apenas unas décadas se implantaron costumbres y formas de vida que en la antigüedad clásica hubieran sido calificadas de “bárbaras” y desproporcionadas. Y la especie humana, en solo unos lustros del siglo pasado, en todos los rincones de la Tierra, se dedicó con especial saña y salvajismo a desarraigar, a perseguir, a aniquilar a razas enteras, ante la mirada sorprendida y asustada de las gentes de bien.
Don Diego María Crehuet – que vivió los momentos más violentos y terribles de esa centuria – era uno de esos hombres honestos y cabales que creyó firmemente que las leyes, la moralidad cristiana y la sociedad occidental, altamente tecnificada y civilizada, triunfarían sobre los males y vicios que entorpecían y embrutecían a los hombres. Que superaría la iniquidad y la vulgaridad de los ignorantes; que vencería la codicia y la ambición de los avaros y acaparadores.
En el momento en el que los españoles sufrían bajo los efectos de la gran depresión económica de principios del siglo XX, Diego María Crehuet escribía estas palabras – aplicables plenamente hoy a nuestra actual situación – : “El Derecho Mercantil debe preconizar severidad inflexible en la vigilancia por la diafanidad de los negocios y para salvaguarda de la confianza y de la buena fe de los ciudadanos honestos…. En estos nuestros días, que son los de moral fácil, de arribismos desenfrenados, de empresas turbias, de negocios tentadores, con solo la mira del lucro sin entrañas, bajo el espejuelo de cifras por cientos de millones, palacios grandiosos, lujosas oficinas y Consejos de Administración formados por personajes decorativos, la ley y el Derecho han de crear los cauces por los que discurran la honradez y la moderación en los tratos y negocios…”
Pero sus buenos propósitos fallaron. Se equivocó, y su error le llevó a situaciones personales muy delicadas, al aislamiento y a la marginación de sus últimos años.
En sus cortas narraciones literarias – que publicó en las revistas locales como desahogo de su frustrada vocación de novelista – se amparó en las gentes sencillas de los pueblos cacereños para resaltar los valores y virtudes que creía básicos para la convivencia humana. Fue esta quizá la mayor influencia recibida de su admirado poeta Gabriel y Galán, del que sin duda bebió en inspiración y lenguaje.
En los análisis jurídicos que hizo de las grandes obras de teatro o de poesía, del Renacimiento y del Barroco, se afanó con mayor ahínco en resaltar la interpretación jurídica y legal que estaba en mejor consonancia con su función de Fiscal o de Magistrado del Tribunal Supremo; y, sobre todo, como miembro de mérito de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, en la que siempre intervino con nuevas ideas y planteamientos.
Pero donde su huella fue más marcada y su trascendencia más notable fue en las “Memorias” que redactó como Fiscal General, con propuestas de reforma del Poder Judicial – concretas y muy positivas – que le valieron el aprecio y la consideración de sus colegas y compañeros de la Fiscalía y la Judicatura.
A los cincuenta años de su muerte, quizá la figura de Diego María Crehuet ya no sea el paradigma a imitar entre las gentes cacereñas o extremeñas. Su visión del mundo y de la sociedad ha quedado ya desdibujada por nuevos avatares y circunstancias que él no conoció, y que han significado un vuelco en las nociones de cultura, de moralidad, de ordenación jurídica y de relaciones entre los hombres o entre las naciones.
Nos gustaría en este “Epílogo” a la biografía del Magistrado Crehuet hacer un catálogo de todas aquellas ideas, instituciones o planteamientos que han ido cambiando nuestras vidas desde 1956 hasta la actualidad; pero este propósito nos llevaría a redactar el doble de páginas que las escritas hasta ahora con su vida y obras, y nos obligaría a comentar y analizar todas aquellas de las suyas que quedaron enterradas en los sotabancos del tiempo en el momento mismo en que él fuera inhumado.
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Marcelino Cardalliaguet Quirant
Doctor en Historia
Catedrático jubilado.

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OLIGARQUÍA Y CACIQUISMO EN EXTREMADURA

Marcelino Cardalliaguet Quirant

Los comienzos del siglo XX fueron para España y para Extremadura especialmente difíciles y críticos, tanto desde la conservación de la paz social, como desde los aspectos políticos y económicos heredados de la centuria anterior. La pérdida de las últimas colonias, o “Provincias de Ultramar”, a causa de la desdichada guerra contra los Estados Unidos, en 1898, provocaría ya los primeros síntomas de la crisis: hundimiento del prestigio internacional; pérdida de los mercados de azúcar, tabaco y otros productos “ultramarinos”; repatriación de los combatientes en Cuba y Filipinas – que tanta importancia tuvieron para Extremadura -, y el agudizamiento de las tensiones sociales del “caciquismo” tradicional y del subdesarrollo, denunciados y criticados en la brillante literatura de la “Generación del 98” – especialmente por Joaquín Costa – que proponían una “Regeneración” del país, bajo la batuta de un “Cirujano de Hierro” que pusiera orden en el desbarajuste nacional.
Tengamos en cuenta que uno de los aspectos políticos y sociales heredados de la centuria anterior habían sido los planteamientos “nacionalistas” de catalanes y vascos, insinuados y exigidos en los escritos de Prat de la Riba y de Sabino Arana, respectivamente; que con la crisis del 98 y el desprestigio nacional español, llegaron a sus máximas exigencias de independencia y desvinculación del resto de la nación. En 1887 se había fundado la Lliga de Calalunya, poco después aparecería el Partido Nacionalista Vasco (1895) y en el 97 la Lliga Galega.
En Extremadura, ya a comienzos del siglo, empezaron a oírse también ciertas voces “autonomistas”, como en Galicia, Andalucía, Baleares o Valencia. Desde 1899 se publicaba en Cáceres la “Revista de Extremadura”, órgano de la Comisión de Monumentos de Cáceres y Badajoz, en la que escribían sus propuestas autonomistas Matías Ramón Martínez, José López Prudencio, Mario Roso de Luna y otros intelectuales tendentes a una “regionalización” basada en argumentos geográficos, étnicos, lingüísticos y folclóricos. Poetas como José María Gabriel y Galán o juristas como Diego María Crehuet de Amo escribirían sus versos o sus cuentos y narraciones en un lenguaje vulgarizado, comarcano, lleno de formas populares, imitando los “dialectos” extremeños vigentes en ciertas regiones o comarcas: el “chinato” de Malpartida de Plasencia, el “mañegu” o “lagarteiru” de Valverde del Fresno, Eljas y San Martín de Trevejo, o del “jurdano” en el que se expresan los habitantes de Las Hurdes; en la provincia de Badajoz, el poeta Luis Chamizo utilizaba un lenguaje inventado por él, al que llamaba “castúo”, a base de expresiones vulgares y populares, en las que se suprimían las consonantes finales.
De cualquier manera, en Extremadura la cuestión regional era un problema menor, enraizado en minorías muy caracterizadas que no contaba con ningún apoyo popular. Después del “cisma” de los curas y frailes “santiaguistas” contra el Obispo de Badajoz, tampoco el tema religioso representó un escollo a la convivencia social de la región. En cambio, la presencia en el escenario rural de los abusos, injusticias y perversiones del “caciquismo”, con sus lacras sociales y políticas – analfabetismo, pobreza, ignorancia, etc. – sí que fue un serio problema en Extremadura, como en Castilla, Galicia o Andalucía; aunque podamos considerar que era una plaga que se extendía por toda España.
El día 17 de mayo de 1902 fue proclamado Rey de España el joven príncipe Alfonso de Borbón Habsburgo Lorena, nacido en 1885, pocos meses después de que muriera su padre Alfonso XII. Su proclamación se hizo en el entonces Congreso de los Diputados, mediante el juramento de respetar la Constitución de 1876, y la renuncia de su madre, la Reina doña María Cristina de Habsburgo, a los poderes de Gobernadora que le otorgara su augusto esposo poco antes de morir. Reinó desde entonces en el País durante 29 años, y ha sido sin duda uno de los monarcas más controvertidos de nuestra historia reciente; criticado y elogiado, casi en la misma proporción, por lo que hizo y por lo que dejó de hacer.
Las décadas iniciales del siglo XX nuestra región las vivió en un permanente movimiento de violencia y rebeldía de las clases trabajadoras del campo – braceros, yunteros, pequeños aparceros, etc. – contra los poseedores de grandes fincas y parcelas, los “terratenientes” y “latifundistas”, vinculados a los partidos políticos conservadores y liberales, a través de los “caciques” de los pueblos, encargados de “amañar” las elecciones para que en cada momento – según se determinara en Madrid por los líderes correspondientes – venciesen en las urnas unos u otros, en función de los intereses que prevaleciesen en las altas esferas políticas.
En los pueblos extremeños votaban frecuentemente hasta los muertos de los cementerios, unas veces por los conservadores y otras por los liberales. En determinadas circunstancias, se daba o se quitaba el trabajo a los braceros si no demostraban que habían votado a quien les decía el “cacique”; que no solía ser el alcalde ni ningún cargo del Ayuntamiento, sino el labrador más rico de cada localidad, que mandaba más que el alcalde; autoridad municipal, como la de los concejales, que él ponía o quitaba a su antojo.
En ocasiones, incluso, se recurría al “pucherazo”, que era meter en cada urna un montón de votos “extras” e impedir que votasen los pobres descontrolados del pueblo, con pandillas de “matones” pagados que se contrataban fuera de la localidad, para “reventar” las urnas o para cambiar las actas de la votación.
La Guardia Civil se mantenía siempre al margen de los procesos electorales, por orden expresa de los Gobernadores Civiles, lo que facilitaba mucho la manipulación casi delictiva de los “caciques”.
Las denuncias constantes y conscientes de esta situación de injusticia y abusos dio lugar a una literatura expresionista y dolorosa por parte de Felipe Trigo – en “El Médico Rural” y sobre todo en “Jarrapellejos” – que le vinculan con la “Generación de 98”; muy especialmente con Joaquín Costa, aragonés que gozaba de una gran veneración y respeto en el Ateneo de Madrid, creador de la corriente “Regeneracionista” que habría de informar la acción política de varios grupos y círculos de la capital de España; normalmente los de inspiración “progresista” o de claras tendencias “socialistas”.
Este “Regeneracionismo” que propugnaba Joaquín Costa para la sociedad española, pasaba por una profunda reforma de la propiedad agraria, nacida de los abusos de la desamortización decimonónica. Mejoras técnicas en las condiciones de los cultivos: regadíos, pantanos, transportes, mecanización, etc. ya que la agricultura española era la más atrasada y de menores rendimientos de toda Europa; pues no había evolucionado casi desde la Edad Media.
Eran necesarios – según Costa – cambios estructurales de la economía y de sus relaciones productivas, así como por la redistribución de las rentas y beneficios generados por el sector rural, basándose en la justicia social y en la rectitud moral de los políticos.
Todos estos planteamientos, que su autor expuso en numerosas obras y escritos, como “Colectivismo Agrario en España” (1898); “Oligarquía y Caciquismo como forma actual de gobierno en España: Urgencia y modo de cambiarla” (1901), etc. chocaban frontalmente con los intereses egoístas e insolidarios de las altas clases sociales, que veían en Costa a un “socialista” desaforado, que pretendía romper los esquemas políticos y sociales de los que ellos se aprovechaban.
En Extremadura, el representante más genuino de estas ideas “regeneracionistas” fue el Deán de la Catedral de Plasencia, don José Polo Benito, que escribía en 1919: “Resignado el pueblo a las venganzas del caciquismo, tan endémico aquí como las calenturas, lo han enseñado a ser manso y paciente; pues, ¿no lo veis cruzado de brazos, contemplando el desfile aparatosamente procesional de los mandarines de turno, prontas las espaldas a los golpes de la represalia, que en los repartimientos de los cargos municipales, sin citar otros, se llevan a cabo con espantosa impunidad…’?
Hubo momentos a lo largo del reinado de Alfonso XIII en los que esta resignación fue imposible. Braceros y campesinos estallaron en huelgas y manifestaciones violentas por toda la región; como en los años 1903 y 1904, en los que la situación se hizo insostenible para los más humildes trabajadores de la tierra, que no podían atender ni alimentas a sus familias con los exiguos jornales que percibían por su trabajo; mientras los precios de los productos alimenticios se elevaban continuamente; lo que reflejó Polo Benito en su libro: “El Problema social del campo en Extremadura” (Salamanca, 1919), con datos y detalles reveladores de la difícil situación de la mayoría de la población rural.
“Antes de la primera Guerra Mundial – escribía Pascual Carrión en su conocido estudio sobre “Los Latifundios en España” – los gañanes de los cortijos no ganaban más que 0´75 cts. ó 1 peseta de jornal, más la alimentación a base de gazpacho, durante el día, con tres libras de pan, agua, un poco de aceite y ajos. Un guiso de garbanzos bastante malo por la noche. En total 1´50 o 2´- pesetas”.
Según el citado Deán de Plasencia – que luego lo sería también de Toledo, y moriría fusilado en 1936, siendo beatificado por Benedicto XVI en 2007 – en Extremadura los jornales solían oscilar entre 1´75 a 2´75 pesetas diarias para los hombres; y entre 0´75 y 1´50 pts. para las mujeres. Pero estos jornales se pagaban solamente en épocas de siembra, escardado, vendimia y vareo de las aceitunas; pues para las tareas de la siega, trilla y otras operaciones del cereal, solían apalabrarse temporeros foráneos, en régimen de “destajo”, que lo efectuaban más rápido y con menos protestas.
Con mucha frecuencia, aparecían en las plazas mayores de los pueblos, por el día de San Juan, cuadrillas de segadores gallegos o portugueses que exigían menores salarios y soportaban mejor las imprecaciones de los capataces – quizá porque no los entendían -, con lo que los propios braceros extremeños se veían reducidos al paro o a la indigencia; precisamente en las épocas en las que el trabajo agrícola era más abundante, aunque los salarios se mantuviesen siempre en los mínimos.
En Extremadura los sentimientos hacia el nuevo y joven Monarca fueron unánimes; en Cáceres, ciudad más tradicionalista y católica, gozó de notables simpatías entre su población a partir de 1905, cuando giró su primera visita, el 25 de abril, y se le hicieron arcos de triunfo y solemnidades religiosas en Santa María. Ese mismo día marchó a Badajoz, donde también fue recibido con grandes pompas y actos institucionales o militares. Luego marchó en tren a Mérida y continuó por Ciudad Real hacia Madrid.
En 1909 hizo una segunda visita a Extremadura, llegando en coche desde Villaviçosa, en Portugal, a donde había viajado para apoyar y alentar al joven Manuel II, después de la grave crisis por la que pasaba la Monarquía en el país vecino. Después volvería en ocasiones a nuestra región, pero la mayoría de ellas era a cazar en fincas y dehesas de los nobles de la Corte.
La Gran Guerra europea – desde 1914 a 1918 – provocó en toda España – que era país neutral y proveedor de ambos beligerantes – una subida exagerada de los precios de los alimentos y de los productos agrícolas, beneficiando con abultadas ganancias a los propietarios terratenientes, a los grandes labradores o a las cooperativas agrícolas; pero cayendo como una losa sobre las clases obreras, braceros, yunteros y aparceros que no poseían tierras y dependían de pequeños salarios o “medianerías”. Los movimientos reivindicativos de estas clases humildes para conseguir mayores salarios – pocas veces coordinados y con alcances comarcales o regionales – siempre tuvieron la respuesta violenta y represiva de la Guardia Civil, deteniendo o apaleando a los revoltosos. Sería en 1917 cuando el azote del hambre en España se hizo angustioso, y todos los pueblos extremeños se lanzaron a una huelga general, en aquel mismo verano, coincidiendo con otras huelgas urbanas de trabajadores industriales, provocando una ola de violencias y represiones generalizadas.
A pesar de los continuos “memoriales” e “informes” que se encargaban por los gobiernos de la Monarquía, particularmente los gobiernos “progresistas” de Segismundo Moret o de José Canalejas, a la recién creada “Comisión de Reformas Sociales”, solamente éste último llegó a captar la gravedad del problema de los obreros del campo y de las consecuencias de la situación. Por ello, en 1911 quiso ampliar la “Ley de Repoblación y Colonización Interior”, que había promovido el conservador Antonio Maura en 1907, para facilitar tierras a los trabajadores agrícolas, a base de comprar el Estado tierras improductivas a los grandes terratenientes, y repartirlas entre los pobres que deseasen cultivarlas. La medida, como puede colegirse, no era, ni mucho menos “regeneracionista”, ya que iba encaminada fundamentalmente a favorecer los intereses de los sectores más poderosos y conservadores, que eran los que sostenían los gobiernos “mauristas”. No obstante, nuevos y graves problemas, como fueron la “Semana Trágica de Barcelona”, la guerra del Rif y el asesinato del propio Presidente del Gobierno, habían interrumpido el proceso sin que se alcanzasen resultados positivos.
El atentado que en la Puerta del Sol segó la vida de Canalejas en 1912, acabó también con la posibilidad de dar soluciones positivas a los eternos problemas y conflictos que embarraban la vida política española. Eduardo Dato, conservador de inspiración “maurista”, cuando llegó a la Presidencia del Gobierno en 1914 propuso que las Cortes aprobaran otro proyecto de ley muy semejante, pero fue rechazado por los diputados “caciquiles” que defendían los intereses oligárquicos de los propietario. La misma suerte corrió un nuevo proyecto redactado por Santiago Alba en 1916, hasta que al año siguiente estallase una gravísima crisis con huelga general, disturbios callejeros en casi todos los pueblos y ciudades, rebelión parlamentaria y hasta un “plante” militar que amenazó terminar la precaria estabilidad de la Monarquía Alfonsina.
Las reivindicaciones del “socialismo” – todavía no muy implantado en el campo, donde gozaba de mayor predicamento el “anarquismo”, más radical – vinieron a ser una constante llamada de atención contra la política seguida y mantenida por los cambiantes gobiernos de la ya desprestigiada monarquía “Borbónica”.
En el campo extremeño no llegó a prender el “anarquismo”, un tanto mesiánico y violento, que sí profesaban mayoritariamente los campesinos andaluces. Ni tampoco fue nuestra región escenario de atentados tan sangrientos como los provocados por “La Mano Negra” en la Andalucía profunda; pero sí que apareció por estas fechas, con una gran capacidad expansiva, el “socialismo” que iría sembrando entre braceros, yunteros y campesinos desposeídos de tierra una ideología “marxista” y reivindicativa que exigía el cambio social y la reforma de las estructuras agrarias.
Ya a partir de 1872 comenzaron a correr por los pueblos de Extremadura papeles y folletos en contra del “socialismo”; muy especialmente cartas pastorales de los obispos y panfletos editados y repartidos por los pueblos, como “La historia de Andresillo, o el comunismo visto por dentro”; “La Internacional Extremeña” y otras hojas volantes que repudiaban radicalmente los principios ideológicos de la “Asociación Internacional del Trabajo” (A.I.T.), que por estas fechas tenía ya una importante presencia en el país, especialmente entre los obreros industriales de Cataluña.
Unos pocos años después, en 1887, se fundaban en Madrid el “Partido Socialista Obrero Español” (PSOE) y la “Unión General de Trabajadores” (UGT) por el obrero tipógrafo Pablo Iglesias; aunque su llegada a nuestra región aún tardaría varias décadas y con escasa capacidad de convocatoria entre una población mayoritariamente analfabeta.
A partir de 1917 el panorama obrero y campesino en España cambió de forma muy notable. Comenzaron a surgir en los principales núcleos poblacionales de ambas provincias “asociaciones”, “círculos” o “agrupaciones” socialistas, que radicalizaron con mayor entusiasmo sus ideologías “marxistas” y sus actitudes revolucionarias, causadas por la huelga general, la situación crítica de las clases bajas y la fuerte reacción política y social de la Monarquía. A finales de aquel mnismo año, las noticias que venían de Rusia, donde había triunfado la Revolución “Bolchevique”, eran alentadoras para estas minorías intelectualizadas y dinámicas; y preocupantes para las clases privilegiadas y burguesas.
Según el citado libro de don José Polo Benito, en 1919 ya eran numerosas y muy dinámicas las agrupaciones “socialistas” – del PSOE y de UGT – de los pueblos extremeños; contaban con miles de afiliados y una notable participación política en los ayuntamientos más grandes de la región.
En Cáceres, donde había una nutrida masa obrera de mineros en la explotación de fosfatos de “Aldea Moret”, habían sido elegidos concejales cinco socialistas en su Ayuntamiento; entre ellos los hermanos Juan y Antonio Canales González, que harían una oposición contundente y radical a los partidos conservadores, mayoritarios en la ciudad, y a sus alcaldes. Contaba también esta agrupación con una “Casa del Pueblo” en la Ciudad Monumental y un periódico llamado “Unión y Trabajo” con una amplia difusión. Las propuestas de los hermanos Canales al pleno de la Corporación darían como resultado la creación de la “Tienda Asilo” para pobres, la iniciación de barriadas de “casas baratas” para clases bajas y el arreglo de calles y Plaza Mayor, con empedrados, aceras, alumbrado, etc. para dar trabajo a una buena parte de la población.
En Plasencia contaban con un concejal y 800 socios, desarrollando, al igual que en Cáceres, una vida política y cultural muy altiva en su “Casa del Pueblo”. Arroyo del Puerco – por su estación del ferrocarril – Oliva de Plasencia, Serradilla, Hinojal, Navalmoral de La Mata, Garrovillas, Madroñera y otros varios pueblos de la provincia de Cáceres – que eran los que mejor conocía el Deán de Plasencia – contaban con agrupaciones importantes que podrían imponer condiciones de trabajo, salario y jornada laboral a los propietarios o arrendatarios de tierras; lo cual encrespaba los ánimos de “caciques” y párrocos rurales.
En la provincia de Badajoz la agrupación socialista más numerosa debía ser la de Azuaga, también por la numerosa e importante masa obrera de sus minas. Tenían tres concejales en el Ayuntamiento y un periódico llamado “La Verdad Social” que publicaba “manifiestos” de marcado carácter revolucionario. También debía ser muy nutrida la agrupación de Badajoz, como capital de la provincia; las de Mérida, Zafra, Valencia del Ventoso, Monesterio, Usagre y Los Santos de Maimona, entre otros varios pueblos que cita Polo Benito. Contaban igualmente con “Casas del Pueblo” y con hojas o “pasquines” editados por ellos mismos para subrayar sus reivindicaciones sobre la vida obrera y campesina.
Durante el ajetreado reinado de don Alfonso XIII fueron varios los ministros liberales y progresistas que intentaron poner remedio a esta situación de injusticia y abusos por parte de los “latifundistas” y terratenientes que casi monopolizaban los cultivos en Andalucía, Castilla y Extremadura. Así, cabe citar, además de las iniciativas citadas anteriormente, las propuestas de Osorio y Gallardo, del conservador Antonio Maura y del economista Eduardo Sanz Escartín, Conde de Lizárraga, en sus obras sobre la reforma social, que chocaron contra el enorme poder de los “caciques” y políticos andaluces o extremeños que se opusieron a cualquier clase de cambio que les privase de una mano de obra barata, abundante y ayuna de cualquier cultura reivindicativa. A esto intentó ayudar la Iglesia creando “sindicatos católicos”; muchos de ellos promovidos por los mismos terratenientes – condes y marqueses – entre sus propios trabajadores, como el conocido don Casto López, Marqués de Comillas y otros grandes propietarios en el ámbito de la Acción Católica y de las “Sociedades de Socorros Mutuos” de previsión social.
La “Doctrina Social de La Iglesia” iniciada por el Papa León XIII a finales del XIX con la encíclica “Rerum Novarum” (1891) y subrayada por Pio XI en 1931 en “Quadragesimo anno” reforzaron estos movimientos sociales y obreros que se habían iniciado con la Acción Católica, Juventudes Obreras Católicas, y los sindicatos a que antes nos referíamos.
En 1920, el mismo rey Alfonso XIII realizaría un viaje a La Hurdes, al norte de la provincia de Cáceres, comarca aislada y remota que se definía, desde hacía siglos, como una bolsa de pobreza y atraso cultural, casi inconcebible en un país occidental y europeo. El Obispo de Plasencia y el Deán de su Catedral, don José Polo Benito, habían creado ya una revista y habían celebrado un “Congreso Hurdanófilo” (1904) para denunciar la situación de estas gentes, en lo más agreste de las sierras. Cuando el Rey vino a Salamanca en 1905, el propio José María Gabriel y Galán – residente entonces en Guijo de Granadilla – declamaría ante el Monarca uno de sus más expresivos poemas, describiendo a las mujeres hurdanas, que impresionó a don Alfonso.
El Monarca recorrió estas tierras por “caminos de lobos” desde el día 20 al 24 de junio de 1922, y pudo darse cuenta personalmente de la situación de estos pueblos y gentes extremeñas, que vivían en sus alquerías al nivel de la Edad Media: sin escuelas ni hospitales; sin apenas tierras qué cultivar, con niños que morían de escorbuto o crecían con notables taras físicas y mentales por falta de alimentos.
El viaje real solamente se pudo hacer en mulas porque no existían carreteras ni buenos caminos que comunicasen unas alquerías con otras; se inició en Casar de Palomero y siguió por Caminomorisco, Pinofranqueado, Martilandrán, Nuñomoral, Casares de Hurdes y Las Mestas, entonces alquerías de aspecto paupérrimo.
Contando con las aportaciones de el obispo de Plasencia y el de Coria – entonces don Pedro Segura Sáez, que acoimpoañó al rey en el viaje – así como de otros organismos provinciales y de la propia Corona, Alfonso XIII creo el “Real Patronato de Las Hurdes” para llevar a efectos una serie de planes y reformas que mejorasen las condiciones de vida de aquellas gentes. Se establecieron centros de acogida – los “Cotolengos” – en Caminomorisco, Nuñomoral y Las Mestas, en los que se situarían escuelas, asilos y poco más. Se arreglaron apenas sesenta quilómetros de carreteras y varias iglesias o ermitas en los pueblos; pero, sobre v todo destacó el gran montaje propagandístico, de cara a la prensa, para demostrar a los braceros extremeños que el rey se desvivía por la región.
Los resultados fueron muy escasos y los hurdanos siguieron siendo en las décadas siguientes el ejemplo de abandono y desidia de casi todos los gobiernos.
Los problemas políticos y económicos de España siguieron agravándose al comienzo de esta década de los años veinte. El 8 de marzo de 1921 era asesinado en Madrid el Presidente del Gobierno Eduardo Dato Iradier. El 22 de julio de ese mismo año, las tropas españolas que ocupaban el Rif, en Marruecos, fueron masacradas por las partidas de Abdel Krim en la interminable guerra de África, en la que se desperdiciaban todos los recursos del país.
Las huelgas, las asonadas en casi todas las ciudades y los atentados anarquistas, especialmente en Cataluña, hacían inviable una convivencia política que en 1922 estaba a punto de estallar, a causa del “Expediente Picasso” en el que se responsabilizaba al rey del desastre de Annual, por haber autorizado personalmente al General Silvestre el inicio de aquella acción militar desesperada.
El 13 de septiembre de 1923, el Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja llamaría por teléfono al rey para comunicarle que llegaría a Madrid en el tren, con todo su Estado Mayor, para dar un “golpe de estado” de carácter militar y asumir todas las tareas y responsabilidades del gobierno en nombre del Ejército.
El Monarca accedió a esta iniciativa y entregó el poder al general. Tengamos en cuenta que solo un año antes Benito Mussolini había realizado en Italia un movimiento parecido y el rey Victorio Emmanuele III le había entregado las riendas del Estado para imponer una dictadura “fascista”, autoritaria y antidemocrática; muchos sectores políticos españoles aprobaron y casi envidiaron este nuevo régimen.
El primer gobierno de la Dictadura – al que se llamó “Directorio Militar” – disolvió las Cortes Generales y asumió el poder legislativo del nuevo Estado. Prohibió los partidos políticos; aunque mantuvo una cierta tolerancia con el PSOE, cuyos líderes fueron “asesores” en los temes y problemas obreros del Dictador.
Se abolió por Decreto la “Junta Central de Colonización”, y se creó “manu militari” la “Dirección General de Acción Social y Agraria”, que se ocupó de facilitar a los pequeños arrendatarios y aparceros la adquisición de sus predios de cultivo, concediéndoles créditos a un interés bajísimo. Esta medida permitió la distribución de notables lotes de tierras entre los campesinos de pueblos como Cañamero, Alía y otros de Las Villuercas, creando sindicatos agrícolas y cooperativas de producción que pusieron en cultivo extensiones de tierra baldía con viñedos, olivares y pastos, con altos rendimientos.
La política seguida por la Dirección General de Acción Social estuvo siempre inspirada en los movimientos sindicales católicos y en la doctrina social de la Iglesia, que en muchos pueblos habían iniciado los párrocos con el consentimiento y ayuda de los grandes propietarios. Algunos de éstos, como el marqués de Comillas, en Campo Arañuelo, o los franciscanos de Guadalupe en las dehesas del convento, habían cedido incluso tierras a los sindicatos católicos para su venta a bajo precio y con créditos “blandos” a los cooperativistas que se comprometiesen a cesar en sus reivindicaciones sociales.
Todas estas medidas, unidas a la protección que la Dictadura dio a los sindicatos socialistas (UGT) y a la creación de muchos puestos de trabajo, desviando la mano de obra agrícola hacia las carreteras e nuevas industrias y mejorando sensiblemente la Seguridad Social Obrera, determinó una sensación de paz social y de prosperidad campesina que cambió el ambiente político extremeño.
Después de 1925, con la finalización de la guerra del Rif por el desembarco de Alhucemas y la derrota de Abdel – Krim – que acabó huyendo al Marruecos francés -; el nuevo “Directorio Civil” presidido por el General Primo de Rivera emprendió un vasto plan de obras públicas, diseñado por el Ministro José Calvo Sotelo, que se financió con abultados créditos bancarios cargados sobre los déficits del Presupuesto Nacional; déficits, a su vez, financiados por créditos internacionales en una década de bonanza económica y loca expansión norteamericana.
Calvo Sotelo, además de promulgar como leyes los Estatutos Municipales y Provinciales, que ponían un poco de orden en los Ayuntamientos y Diputaciones, frente a las influencias y desmanes “caciquiles”; reforzó el sistema bancario español – como Ministro de Hacienda – creando entidades como el Banco Exterior de España, que facilitara las exportaciones; el Banco de Crédito Industrial, el Banco de Crédito Local, para reforzar económicamente a los Ayuntamientos, y devaluó la peseta en un 60% para mejorar el comercio exterior abaratando los productos españoles.
Finalmente, creó un monopolio estatal de petróleos (CAMPSA) para regular los precios de la energía en el interior del país, regulando igualmente los demás monopolios “estancos”, como Correos, Teléfonos, Tabacos, etc. incrementando con ello los ingresos del Estado.
El “Plan Nacional de Obras e Infraestructuras” – cuando fue Ministro de Obras Públicas – absorbió prácticamente la totalidad de la mano de obra en paro; dando una sensación de bienestar a las masas obreras, a los sectores empresariales y bancarios y, en general, a todos los españoles; sin prever una creciente inflación de los mercados; una demanda interna y externa cada vez más abultada y un déficit nacional imposible de solucionar cuando, a finales de los “felices años veinte” se produjo el “crack” de Wall-Street y el hundimiento de la economía mundial.
En nuestra región, por el citado “Plan Nacional de Obras e Infraestructuras” se repararon las carreteras con mejores firmes y señalizaciones; levantándose de nuevo un enorme puente sobre el Tajo y el Almonte, junto al del ferrocarril, donde en la antigüedad estuvo el puente de “Alconétar”, cuyas ruinas aún eran notables.
Se aumentaron las líneas ferroviarias, con una que iría desde Villanueva de La Serena hasta Trujillo, Guadalupe y Talavera de La Reina; que quedó sin concluir y abandonada, cuando ya el final del período, en enero de 1930, se hundía todo el régimen monárquico, como consecuencia de la gran crisis mundial provocada por el “crack” de Nueva York.
Esta “bancarrota” económica de 1929 – en los Estados Unidos y en toda la Europa Occidental -, tuvo en España efectos catastróficos: inflación, carestía, incapacidad del Estado de absorber la deuda púbica, etc. El Régimen dictatorial y monárquico cayó en un notable desprestigio, por los intentos del General de perpetuarse en el poder reformando la Constitución en un sentido más “autoritario” y “fascista” – a lo que se negó el entonces Fiscal General del Estado, don Diego María Crehuet del Amo, cacereño y gran jurisconsulto del Tribunal Supremo – ; incluso, perdiendo preeminencia dentro del propio ejército, y su caída terminó por arrastrar a la Corona y a la figura de Alfonso XIII.
Las elecciones municipales celebradas el 12 de abril de 1931 dieron en Extremadura un triunfo relativo a los partidos tradicionales monárquicos y “caciquiles”, que dominaban en los pueblos; pero en las ciudades salieron más concejales republicanos, radicales y socialistas – como había ocurrido en el resto de España – con lo que el Rey se dio cuenta del escaso apoyo que tenía, y decidió abandonar el País, embarcando en Cartagena hacia su exilio en Roma, bajo la protección de su admirado régimen “fascista”.
El Ayuntamiento de Badajoz, presidido por el socialista Sinforiano Madroñero, y el de Cáceres, presidido por el también socialista Antonio Canales, dieron respaldo popular a un cambio institucional en las entidades locales, donde siempre había dominado los elementos conservadores y “caciquiles” de una y otra ciudad.
La situación social volvía a ser apurada y tensa en virtud de una deuda exterior que los primeros gobiernos de la II República no pudieron liquidar; pero estos problemas, con otros varios que afectaron a los extremeños y a todos los españoles, corresponden ya a una nueva etapa histórica que desarrollaremos en una charla posterior.
Muchas gracias por vuestra atención. Ahora abrimos el turno de debate para analizar lo dicho.

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RESEÑAS DE LIBROS PUBLICADOS

AGUILAR, M. Ángel y otros: Cáceres (2010) Segovia. Artec Ediciones.

Publicación de carácter institucional que debieron patrocinar los ayuntamientos de las ciudades españolas que eran “Patrimonio de la Humanidad” en el año 2010; y que ha aprovechado el actual Ayuntamiento de esta ciudad para subrayar la conmemoración del “XXV Aniversario de la inclusión de Cáceres en la Lista del Patrimonio Mundial” por parte de la UNESCO; evento que tuvo lugar a lo largo de varios días, desde el 25 de noviembre, coincidiendo con los acontecimientos de 1986, cuyo Alcalde y concejales recibieron esta singular publicación como obsequio y reconocimiento por aquella labor de entonces.
Sobre nuestra ciudad y su riqueza patrimonial se han publicado ya numerosos y notables libros, guías, estudios y apologías literarias con fotografías de relevantes artistas, como Múñez, Koldo Chamorro o Valentín Javier, y textos explicativos de más inspirados escritores que los que firman aquí. Lo cual haría innecesario adquirir o aprovechar ediciones de valor bastante inferior, editados fuera, para resaltar este importante Aniversario.
El presente volumen aparece, formalmente, bien presentado y diseñado – aunque no llegue al lujo y elegancia de libros anteriores – con una serie de perspectivas sobre motivos urbanos cacereños ya excesivamente manidas y repetidas; que, incluso dentro del mismo libro, se iteran y reproducen con innecesaria insistencia.
Motivos como las torres de “Los Púlpitos”, la de “Bujaco” o la de la iglesia de Santa María, aparecen reduplicados cuatro o cinco veces. Al palacio “Toledo-Moctezuma”, al caserón solariego de los Mayoralgo o al de los Gofines, les ocurre lo mismo. Pero, en cambio, muchos y bellos rincones y detalles del Casco Histórico, de sus callejuelas o de sus interiores, no aparecen en ninguna de sus páginas ; lo mismo que ocurre con los nuevos motivos de atracción histórico-artística descubiertos y rehabilitados recientemente, a los que ni siquiera se les cita.
Con relación a los textos escritos – aparte de los consabidos “Presentación” o “Introducción” del Director General de la UNESCO y de un Catedrático de Sociología, que responden al carácter institucional de la publicación – en ellos se reiteran de nuevo los tópicos y lugares comunes que ya vienen exaltados en los numerosos volúmenes que tratan sobre Cáceres. Aunque, en éste que ahora reseñamos, incurriendo en notables errores, difíciles de comprender. La “medievalidad” de su ambiente urbano; la nobleza y espíritu rebelde de sus antiguos vecinos; el simbolismo de las cigüeñas volando sobre torres y espadañas…. etc.
El primero de estos textos, debido a la experta pluma de Miguel Ángel Aguilar, se apoya con acierto en viejas referencias al “Viage” de Antonio Ponz, o en versos y poemas de Santa Teresa de Jesús, de Jorge Manrique, de Gerardo Diego y de otros poetas a los que enlaza con las bellezas de Cáceres. Pero, en la segunda parte, los escritos de Teófilo González o de José María Bermejo, ya no se acoplan bien con las fotografías y paisajes a los que quieren explicitar.
Incluso los “pies de foto” – que se sitúan, en este caso, en la parte superior de las imágenes – confunden al posible lector, cuando no le dejan “sin pena ni gloria” con relación a lo que está viendo.
Gran cantidad de estos “pies” de cada ilustración se limitan a decir lo que se ve; sin mayor misterio: “Viejas callejuelas”, “Piedra y agua”, “Cal sobre piedra”, “Luces y sombras”… Y muchos tópicos que se han repetido y prodigado con machacona insistencia en los numerosos libros, ensayos, elucubraciones literarias o históricas que se han escrito y publicado sobre la sufrida ciudad…. O sobre sus santos, procesiones, Cristos, Vírgenes y otros recursos de índole mística, que también han sido ya motivos para rellenar páginas y páginas de escasísima originalidad.
Sobran muchas fotos del mismo argumento; perspectivas urbanas repetidas y no comentadas. Sobran escudos armeros o motivos nobiliarios a los que no se da explicación ninguna. Faltan, en cambio, referencias puntuales a muchos monumentos y rincones recientemente descubiertos y rehabilitados, que demostrarían el interés que en Cáceres se tiene por su Patrimonio Histórico y Artístico.
Faltan visiones interiores de los numerosos museos con los que hoy cuenta la ciudad. Instalaciones para actividades escénicas, palacios de congresos, reparaciones y mejoras realizadas a raíz de la declaración como “Patrimonio de la Humanidad”, que son las que realmente justifican y dan sentido a esta celebración del “XXV Aniversario”; demostrando que no es una celebración inútil ya que puede ser tomada como punto de arranque para otro nuevo período de cinco lustros.
MCQ.

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VAZ-ROMERO NIETO, Manuel: Manuel Veiga López. Un afán de transformación social. (2011) Cáceres. Inst. Cult. “El Brocense” Diputación Provincial.

Libro de memorias y recuerdos de este conocido y popular político socialista – cacereño de adopción – redactado por el prolífico autor Manual Vaz-Romero; que, como en sus numerosísimos libros anteriores, vuelve a remarcar su peculiar estilo de prosa recargada y barroca, en la que las palabras adoptan significaciones muy diversas y distintas a las del diccionario, acumula adjetivos sin una clara necesidad estilística y pone, como muestras de originalidad, algunas incoherencias semánticas o de concordancia.
Lo primero que se advierte en esta biografía de Manuel Veiga, desde el primer capítulo, es la acumulación de elogios, loas, alabanzas y reconocimientos personales que el autor prodiga en cada una de sus páginas al biografiado, calificándole de “…gran erudito de probada solvencia intelectual.” “…Voluntarioso y dinámico…” Con “…su tenacidad, su empuje y su férrea voluntad…” o “su voz llena y bien timbrada…”
Incluso en un “Prólogo” de iguales características y estilo, debido a Fernando Ayala, se le califica de “ egregio extremeño” (¡¡). Todo lo cual se explica por la notable afabilidad personal de Manuel Veiga, que supo cultivar la amistad de gran cantidad de paisanos, que se han volcado después en loas y panegíricos a la hora de su fallecimiento.
También destacan las numerosas y amplias referencias a las películas que veía (?), a los libros que leyó de niño (?), a las canciones que escuchaba de joven (?) y a otras reiteraciones y pasajes tópicos y manidos que afectaban a todos los habitantes del planeta en aquellos tiempos, y que nada tenían que ver con la vida de su biografiado. Lo que hace sospechar que el autor las utiliza profusamente para rellenar páginas y dar volumen a su obra.
Las fuentes documentales y bibliográficas que utiliza el autor son escasas y pobres. Se basan, esencialmente, en sus conversaciones con el propio interesado o con sus colaboradores más directos, mantenidas personalmente. También en algunas entrevistas publicadas en los periódicos locales: El “HOY” de Badajoz o el “Extremadura” de Cáceres, hechas por conocidos periodistas al entonces Presidente de la Diputación o de la Asamblea de Extremadura, y en las publicaciones y artículos escritos por Veiga, en los que dejó reflejada su ideología, sus opiniones sobre los personajes que iba conociendo y sobre el pasado republicano del Cáceres, en el ya reseñado libro sobre el fusilamiento del alcalde Antonio Canales; libro que, en su día, no fue muy bien recibido por la propia familia del viejo alcalde socialista. (Al menos, así lo hicieron notar cuando presenté esta publicación, junto al fiscal Enrique Sena, en el Aula Cultural de la Caja de Ahorros ).
Sorprenden algunas imprecisiones históricas o biográficas, debidas quizá a la premura con que se redactó la obra, al calificar a Manolo Veiga de “auténtico pura sangre” y “paisano de Santa Teresa”, que atribuye a uno de sus panegiristas en el Diario “El Mundo”; también cuando subraya que en 1948 tenía diez años, cuando en el capítulo correspondiente constató su nacimiento en 1936; o cuando al hablar del Instituto de Badajoz lo ubica en el antiguo Seminario de “San Antón” ( y no San Atón, que es como se llamaba).
En fin: nunca fue Catedrático de Derecho Romano ni adquirió el edificio de la Diputación Provincial, como se insinúa en la pag. 207. Cuando se cambiaron las calles de Cáceres, no solamente se hizo con la del “Generalísimo Franco” – que pasó a ser “Pintores” – sino con otras varias, como la Plaza “General Mola” – Plaza Mayor – la Calle “José Antonio Primo de Rivera”, que paso a su nombre tradicional de calle “Barrio Nuevo”, etc.
El noviciado de jesuitas, adjunto a la iglesia de La Preciosa Sangre nunca se ha llamado edificio “San Jorge”, y podríamos seguir con este capítulo de precisiones y recomendaciones si no fuera ya tedioso y reiterativo.
Una vez subrayado lo que creemos que “sobra” de la biografía de Manuel Veiga, vamos a enumerar brevemente lo que falta, que también es interesante: Se pasan muy de corrido las importantísimas “Exposiciones” llevadas a cabo por la Institución “El Brocense” sobre “La Pintura del Renacimiento” en Extremadura. “La Pintura del Barroco”, con el mismo formato e intención. “El Arte en las civilizaciones Americanas”; “El Juguete en el siglo XX”, etc.
Tampoco se insiste en la importancia de los libros de notoria calidad y presentación que patrocinó siendo Presidente Provincial, aunque el hecho de figurar como “Coordinador” no quiere decir que interviniera en nada para su preparación: “Cáceres en Blanco y Negro”, “Cáceres, Tierras y Pueblos”, “Cáceres Patrimonio de la Humanidad”, etc., que fueron realmente obras de arte.

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MORALES, Alberto: Las Cartas (2011). “Publicep Libros”. Humanes de Madrid.

En una breve narración de 142 pags. el autor desarrolla una sencilla “èntènte a trois”, en la que plantea, con un estilo llano, intimista y reflexivo, los amores de dos mujeres con el protagonista masculino, en los que se van enredando idas y venidas, visitas y conversaciones, pequeñas intrigas y descripciones, que hacen de la lectura de esta novela, ya de por sí muy corta, algo pesada y farragosa.
Como dice el propio autor, a través de uno de sus personajes… “Pues se lo explicaré con más amplitud: la historia es simplona, aburrida y previsible; y, además, los protagonistas no tienen ningún atractivo..” Refiriéndose, por supuesto, a otra obra escrita por el protagonista de esta, pero que es perfectamente aplicable a la novela que estamos reseñando; ya que, efectivamente, el lenguaje es de lo más “plano” y corriente, los personajes y las situaciones tampoco cuentan con relieve u originalidad, y el argumento es tan vulgar que no podemos considerar a este libro como literariamente meritorio.
De todas maneras, Alberto Morales ha aprovechado su pequeño relato para plantear la crítica y análisis de toda la novelística actual; y éste sí que es interesante. Analiza agudamente el proceso de “fabricación” de los “bestsellers” por parte de las Editoriales. Los “trucos” de los “escritores de éxito” utilizados y repetidos constantemente con intrigas, misterios, sorpresas inesperadas y otras maneras de “hipnosis literarias” en libros de brujería, de ultratumba, de novela negra o de simple trasposición histórica de las narraciones de crímenes y pasiones.
En este sentido, hay páginas de “Las Cartas” que son de indiscutible interés y muy ilustrativas, que deberían recogerse en un “Manual del escritor novel”, para que tuviera en cuenta los recursos u amaneramientos que hacen a los libros “thrilers” sangrientos, particularmente intrigantes – aunque poco emocionantes – , superficiales y atractivos.
En realidad, se podría considerar a esta publicación como una crítica negativa, velada y disimulada, tras un argumento muy simple, de toda la narrativa que hoy se expone en los escaparates y se anuncia en la Televisión.
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MASA MURIEL, Esther: Los niños siguen preguntando por el cielo. Poemas sobre el cielo sobre la tierra. (2011) Madrid. D. Biblioteca Nueva, S.L.

En un breve y ligero poemario de 45 páginas, Esther Masa ha encerrado dentro de sus versos toda la sensibilidad, transparencia y delicadeza que se puedan traducir a palabras, acerca de los más profundos sentimientos que flotan en su consciencia de poeta.
Los niños y el cielo, que figuran en el título de la obra, no son más que lejanas referencias entrañables al Paraíso o a los angelitos que le habitan, y a ese sentido místico, imaginativo o mágico que todos conservamos de los cuentos de la infancia.
Pero, en realidad, las vibraciones y ecos más profundos de su espíritu – las que ha querido convertir en estos delicados versos – responden a la tristeza perenne por la temprana pérdida de su madre, a la que dedica las estrofas más hondas y sentidas de su poemario; y a la policromía viva y sorprendente del mundo, nacida de la paleta, rica y luminosa de su padre José; incluso, también, al sentido trascendente del tiempo, de su vivencia, de su propia contemplación, que se traduce en el “Vivo sin vivir en mí…” que tanto inspiró y desesperó a los poetas místicos de la religiosidad hispana.
Efectivamente, en los versos de Esther se entrecruzan la mística y el ensueño: el recuerdo nostálgico de lo irremediablemente perdido, y la pasión por el presente, en el que “…los niños siguen preguntando por el cielo…”
Verdes, azules, grises,
cuentan que la ensoñación
es posible, cuentan que,
como los colores del cielo…
efímera es nuestra vivencia….

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RAMOS RUBIO, José Antonio: “Trujillo: Patrimonio histórico y cultural” (2011). Badajoz. “SENDEROS DE EXTREMADURA” Revista de promoción turística. Nº 52: noviembre del 2011 a abril del 2012.

En un extenso artículo, ilustrado con bonitas y sugerentes fotografías de varios monumentos y panorámicas urbanas de esta notable ciudad extremeña, el autor describe someramente algunos de los edificios, palacios y caserones solariegos más notables de su casco monumental, comentando también la importancia histórica de sus poseedores en el pasado.
Para ello recurre a diversos tópicos, leyendas y “lugares comunes” de los más manidos, repetidos y devaluados, que suelen aparecer en las “Guías Turísticas” de menor calidad; deslizando en su redacción errores e inexactitudes de grueso calibre que “pintan mal” en la pluma de un conocido Licenciado en Historia por la Universidad de Extremadura, Doctor en Arte y miembro de número de la Real Academia de las Letras y las Bellas Artes de Extremadura.
La revista en la que se publica este artículo: “Senderos de Extremadura” (Badajoz), no es, por supuesto, una revista especializada ni científica; posiblemente sólo se edita como promoción turística de nuestra región. Pero, el autor del trabajo no debe olvidar ni menospreciar que su condición de Doctor y de Académico, son títulos de muy alta consideración universitaria, y que confieren carácter personal y vitalicio a quienes les han sido conferidos.
Pueden sobreentenderse algunas imprecisiones del lenguaje, como que Trujillo, por su situación, …”pertenece a las dos grandes cuencas fluviales de España.” Cosa que evidentemente no es cierta, ya que no está entra las cuencas del Duero y de Ebro, que sí son las grandes cuencas hidrográficas de nuestro País.
Pero, lo que no cabe afirmar, por muy amante que sea de su pueblo el Sr. Ramos Rubio, es que “..los Reyes Católicos tuvieran a Trujillo como Capital de su Corte…” O que “en el reinado de los Reyes Católicos, Trujillo era capital de la Provincia de Extremadura”. Pues un Doctor en Historia sabe, sin duda, que la Provincia de Extremadura se creó en el siglo XVIII, con los Decretos de Nueva Planta de Felipe V de Borbón; y lo que se cita en los “Recuentos de Vecinos” o en los “Encabezamientos de Alcabalas” de los siglos XV y XVI, es a la “Provincia de Trujillo” o a la “Provincia de León de la Orden de Santiago”.
Por ningún lado aparece la palabra “Extremadura”. En cambio, sí que es notable – aunque este autor ni siquiera lo menciona – que Trujillo fuera cabeza de un amplio “Corregimiento” de los cuatro en que se administraba todo el territorio: Badajoz, Cáceres, Plasencia y Trujillo.
Otro tópico inadmisible, cuando se intenta explicar la historia regional y nacional, es que …”En el Palacio de Luis de Chaves dijeron y escribieron los monarcas católicos: Tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando”… Y que: “.. .. En este acuerdo se habían sentado las bases de la Unidad de España: se había gestado la Hispanidad”.
Bueno; estas afirmaciones tan gratuitas e infundadas ponen de manifiesto el extraño desconocimiento que el autor tiene de la Historia de España, y de la de Trujillo. Primero, porque el “motete” o leyenda heráldica “Tanto Monta” – sin más aditamentos ni circunvoluciones – le adoptó Fernando de Aragón para su enseña o estandarte, junto al yugo atado con una soga, asesorado por su cronista y consejero Pedro Mártir de Anghiera y por Antonio de Nebrija, que eran humanistas de reconocido prestigio, basándose ambos en la leyenda de Alejandro Magno ante las puertas de Gordium y el famoso “Nudo Gordiano”. Todo lo demás que aparece en este artículo fueron “invenciones” de los falangistas para justificar históricamente la “Sagrada Unidad de España”, igual que la peregrina idea de la “Hispanidad” – quizá inventada por Maeztu o por Pemán – para recuperar prestigio entre los países latinoamericanos.
Doña Isabel y Don Fernando nunca pensaron en llevar a efecto la “Unidad de España”. Isabel fue siempre la reina de Castilla, con sus fronteras y territorios. En su testamento y en las “Ordenanzas” para el Nuevo Mundo lo puso bien de manifiesto: Solo los castellanos, sus súbditos, podrían ocupar aquellas islas, y el Reino de Castilla quedaba en herencia para su hija Juana; y no para su marido, que era Rey de otros Estados, y llegó a casarse de nuevo con doña Germana de Foix para dar un heredero distinto a sus reinos de territorios.
¿ Donde quedaba la tan traída y llevada “Unidad de España ‘?.
Estos monarcas nunca figuraron como los Reyes de España; así que Trujillo no pudo ser nunca “..la primera Capital de España…” lo dijera el señor Antonio Vargas Zúñiga, o cualquier otro.
En 1476 se unificaron en la Cortes de Madrigal de las Altas Torres las distintas y dispersas “Hermandades” que dependían de cada uno de los Concejos castellanos; creando entonces los citados Reyes Católicos la “Santa Hermandad”, que tendría jurisdicción en todo el reino castellano. Tampoco pudo ser cierto que el Cardenal Cisneros creara en 1526 “la fuerza conocida por Los Pardos para el respeto y la defensa interior de España”; simplemente porque en esa fecha el referido Cardenal ya había muerto diez años antes. Desconocemos de dónde ha sacado el autor la existencia de la tal “fuerza”.
Podríamos continuar enumerando y subrayando frases o afirmaciones que el Sr. Ramos Rubio ha deslizado en este texto, y que distorsionan bastante la verdad histórica de tan gloriosa ciudad; todo por repetir y reiterar viejos tópicos ya desechados, sin base documental. Lo mismo que ocurre frecuentemente en las “historias locales” de numerosas villas y ciudades extremeñas, que se basan más en las manipulaciones del pasado realizadas durante el trasnochado “Antiguo Régimen” que en las publicaciones actuales de libros y revistas de mayor crédito; y la la Universidad y la Academia deberían ya desterrar de la Historia Oficial.

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MURANO, UN MUNDO DE CRISTAL

El corto viaje desde Venecia a Murano es ya motivo de curiosidad y sorpresa. Las pequeñas islas que forman el conjunto del núcleo muranés, están varadas en el centro de la laguna véneta, y separadas de la ciudad de los canales por unos quilómetros de agua turbia, espesa y oscura, que chapotea con insistencia en los costados del “vaporetto”, atestado de turistas, que nos conduce hasta los diversos embarcaderos o pantalanes que hacen de paradas.

Desde la estación de ferrocarril – la popular “Ferrovía” de las guías venecianas – en donde nos embarcamos en esa especie de autobuses flotantes que son los “vaporettos”, torcemos por el Canal Grande, el que separa las islas de San Marcos y Rialto, enfilando hacia la laguna abierta por delante de la elegante fachada de la Universidad de Venecia “Ca´ Foscari”, en su edificio central; ya que el resto de facultades y escuelas se reparten por toda la ciudad.

Seguimos navegación, entre el ruido inmisericorde de los motores del barco y los embates y chapoteos del agua; siguiendo una de las rutas señalizadas en la laguna mediante postes y luces para evitar que las embarcaciones queden embarrancadas en los bajíos y arenales que forman el fondo de la inmensa laguna o golfo de Venecia. Bordeamos la fachada norte del caserío veneciano, que vamos adivinando y reconociendo, a medida que nos separamos, en la silueta de sus torres y cúpulas, hasta que se alejan de nuestra perspectiva en uno de los giros y rodeos del viaje.

Sigilosamente nos acercamos a la inquietante isla de San Michele, donde se encuentra el “Cimentero”, que muestra sus cruces y agudos cipreses por encima de la valla marmórea que le sirve de cerramiento. En el pantalán flotante de su embarcadero, hasta los motores del “vaporetto” parecen guardar un respetuoso silencio.

Dejando a babor esta solemne isla de los muertos, ponemos rumbo a las instalaciones de uno de los numerosos clubs náuticos que hay en los aledaños de esta ciudad, nacida y tributaria del mar. Un poco más allá, otro embarcadero hace de dársena de una de las grandes vidrierías que nos anuncian la proximidad de Murano. Enfilando por el Canal Largo, que separa dos de sus islas, nos introducimos en el centro de esta peculiar población, rodeados de motoras, chalupas y embarcaciones de todo tipo; con la típica decoración de edificios, de fachadas e iglesias antiguas, decoradas en un estilo indiscutiblemente veneciano.

Nada más descender de la grasienta motonave, en la dársena flotante llamada: “Murano – Museo” se da uno cuenta de que ha llegado a un espacio mágico, en el que el cristal de vivos colores y formas reina por doquier, en escaparates, exhibidores, monumentos y personas.

Incontables tiendas, flanqueando los principales canales, o en las estrechas calles y recogidas plazas que forman el típico viario de Murano, ofrecen desde sus escaparates y mostradores los más variados objetos, figuras, formas y adornos de cristal brillante, polícromo, cuajado de irisaciones y matices, con el que se han ensartado pulseras, collares, broches y adornos personales, para combinarlos con todos los posibles o imaginables vestuarios femeninos.

Además de las tiendas y de sus exhibidores, hay numerosas y vistosas exposiciones de figuras, jarrones, lámparas y conjuntos ornamentales para salones, jardines y espacios domésticos destinados al lujo y la ostentación; para los que los diseñadores y artistas del cristal han creado obras espectaculares y sorprendentes, en los que se refleja y se combina la luz en brillos y coloraciones inusitadas. El cristal se convierte aquí en objetos casi mágicos de vivas transparencias, donde aparecen joyas, gemas de vivos colores y brillos, trasmutadas en obras de arte, como los “relojes blandos” de Salvador Dalí, los rostros de mujeres “cubistas” de Pablo Picasso, o en los pájaros y paisajes “surrealistas” de Joan Miró, sacados y materializados fuera de los lienzos.

Las fábricas y fundiciones de vidrio están abiertas al público que llena las angostas calles de Murano. El proceso de soplado, cortado y modelado del cristal ardiente es un espectáculo muy original e irrepetible, que los turistas procuran recoger con detalle en sus “digitales” y cámaras, reflejando la habilidad y rapidez con la que los operarios manejan las cañas de soplado, las tenazas y pinzas para dar formas, delante de los hornos rugientes de fuego blanco, en los que recalientan frecuentemente cada pieza.

El “Cristal de Venecia” ya era apreciado y valioso en la Edad Media, cuando se abrieron los mercados de toda Europa al encanto de su belleza. Entonces su artesanía y fabricación se hacía en toda la ciudad y llenaba las flotas de la Serenísima República de San Marcos para venderlo en los puertos de todo el Adriático, del Mediterráneo e, incluso, del Océano Atlántico. Pero, en 1292, el Doge y su Consejo decidieron prohibir las “vetrerías” en el centro de Venecia, por el peligro constante de que el fuego de sus hornos prendiese en las estructuras de madera de las casas que formaban el núcleo de la población provocando una catástrofe que destruyese la ciudad.

Se designó entonces a estas pequeñas islas como lugar de ubicación de las industrias del vidrio; alejadas lo suficientemente de Venecia como para eludir el riesgo de destrucción de palacios y basílicas; pero también lo suficientemente cercanas como para considerarlas parte de la ciudad misma, siendo gobernadas y administradas por un “podestá” nombrado por el mismo Doge.

En las guías turísticas habituales, nos describen los monumentos y peculiaridades de Murano con ese lenguaje llano y directo con el que se intenta captar el interés del viajero curioso y adinerado que visita preferentemente Venecia. En ellas nos hablan de las iglesias de

, de Santa Maria degli Angeli, de la de los santos Maria e Donatto, remedos humildes de las grandes basílicas e iglesias venecianas. De los viejos palacios renacentistas y del “Museo Vetrario” que se ubica en el Palazzo Giustiniano, en el que podemos admirar y recorrer la historia completa de esta peculiar “arte vetraria” que ha dado fama y riqueza a los muraneses.

También nos describen, al socaire de la enumeración de las iglesias, las pinturas y frescos que los artistas de la Escuela Veneciana dejaron plasmadas en Murano, pagadas espléndidamente por los ricos gremios y cofradías de la isla. Los cuadros de Palma “El Viejo”, de Giovanni Bellini, del Giorgione, o los frescos de Tiziano, Veronese o Tintoretto, haciendo de Murano otro de los numerosos y bellos museos d e la ciudad de los canales.

Pero, es sin duda, en el cristal vivo y fulgurante del que están hechos los objetos que allí se venden y exhiben donde mejor podemos captar el espíritu y el alma de Murano. Algunas de estas grandes “vetrerías” que se reparten por los canales han decorado sus aledaños con figuras y fuentes, para que el viandante perciba la ostentosa plasticidad del vidrio como material decorativo. En la placita de San Pietro Martire, ante el campanile de estilo casi bizantino, se ha situado una gran escultura de cristal, de formas puntiagudas y verdes, que restallan en el aire como una explosión de color. En otra plaza ajardinada, un haz de cañas de cristal dorado surgen del suelo para elevarse hasta más de tres metros entre destellos de luz y opulencia.

En muchos de los alfeizares de las ventanas, en las balaustradas de las escalinatas, en los adornos de los jardines, la presencia del cristal de mil formas y colores subraya la riqueza y buen gusto de sus propietarios y titulares. En los salones y estancias de los palacios, árboles de vidrio de notables proporciones sostienen en sus ramas trasparentes multitud de pajarillos de colores vivos que parecen piar y revolotear con sus alas de cristal desplegadas.

Hermosas visiones y sensaciones que se van desvaneciendo al regresar, de nuevo, al ruidoso “vaporetto” que nos ha de conducir a Venecia, entre vaivenes de las aguas de la laguna y los chapoteos incesantes que parecen despedirte al llegar al pantalán de la “Ferrovia”.

Frente a nosotros, cuando nos bajamos de la embarcación, ese nuevo puente tendido por Santiago Calatrava sobre el Canal Grande, para llegar a Piazzale Roma. El “puente de los resbalones”, como le han calificado ya los venecianos – muy críticos con su estructura moderna y aerodinámica – ante la inseguridad que tiene el viandante por su pasarela pulida o con pequeños e invisibles escalones.

En las calles y “rios” de Venecia, el recuerdo de Murano está siempre presente en el espectáculo continuo de sus tiendas y escaparates atestados de objetos y adornos de cristal.

Marcelino Cardalliaguet Quirant
Cáceres, Septiembre de 2008

NOTAS BIOGRÁFICAS Y OBRAS PUBLICADAS

Nace en Ávila el día 3 de Julio de 1937, en plena Guerra Civil – mientras se desarrollaban las acciones de la Batalla de Brunete, cerca de Madrid – en el seno de una numerosa familia formada por Tomás Cardalliaguet Vázquez y Asunción Quirant Gutiérrez, que ya para entonces contaban con seis hijos, y llegarían a tener doce en el año cincuenta.
Como su padre era de nacionalidad francesa, tuvo serias dificultades para iniciar sus estudios primarios en la Enseñanza Estatal, lo que le obligó a ir a la escuela de las monjas dominicas en la Capilla de Mosén Rubí de Bracamonte, cerca de su casa. Los primeros cursos de Bachillerato los hizo en Valladolid, en el Colegio de “Ntra. Sra. de Lourdes”, con los hermanos de la doctrina Cristiana de San Juan bautista de La Salle. Pero acabó el Bachillerato en Ávila, en el Instituto Nacional de Enseñanza Media, con título de Bachillerato Elemental, Bachillerato Superior y Preuniversitario, según la reforma de las enseñanzas de 1953.
Se matriculó en la Universidad de Salamanca, en donde terminó la Licenciatura en Filosofía y Letras, en la especialidad de Historia; quedando en esta Facultad, en el Depto. de Historia Moderna colaborando, bajo la dirección del catedrático, don Manuel Fernández Álvarez, en la recopilación, trascripción y publicación de las cartas, relaciones e informes del “Corpus Documental de Carlos V” en cuatro tomos. (1973 – 1981) Salamanca. Publicado por el CSIC, la Fundación “Juan March” y la Universidad Salmantina.
Una vez concluida la carrera en 1966, quedaría en la propia Facultad como Profesor Ayudante de Clases Prácticas, impartiendo también clases en los primeros cursos comunes, a la vez que concluia los cursos de Doctorado para completar el Tercer Ciclo, o Ciclo Superior de los estudios universitarios; iniciando el proceso de investigación documental de su Tesis Doctoral.
En 1974 defendió esta Tesis Doctoral sobre la “Segunda Regencia del Príncipe don Felipe (1543 – 1548). Aspectos políticos y económicos de Castilla a mediados del siglo XVI” dirigida por el mismo Catedrático Dr. Don Manuel Fernández Álvarez, ante un Tribunal integrado por distintos Catedráticos de diversas Universidades Españolas, por la que obtuvo la máxima calificación.
En 1971 ya se había incorporado en Cáceres, al Colegio Universitario de Filosofía y Letras – que dirigió el Catedrático Dr. Don Ricardo Senabre Sempere – para impartir en los cursos comunes de la carrera, por el Plan de Estudios entonces vigente, las materias de Historia Universal e Historia General del Arte, en primer curso; Historia de España y Paleografía, en segundo curso; siendo Secretario de la Junta del Patronato del Colegio y de su Claustro de Profesores.
A partir de 1973, año en que se crea la Universidad de Extremadura, comenzó a impartir en las Facultades de Cáceres clases de Historia de España, Historia Moderna Universal y de España, Paleografía Española, y diversos cursos monográficos en los últimos años de carrera. En la Facultad de Derecho – creada este mismo año – impartirá la materia de Historia del Derecho y de las Instituciones Españolas, asesorado por el Catedrático don Francisco Tomás y Valiente, que lo era en la Universidad de Salamanca.
En 1975 obtuvo la Cátedra de Geografía e Historia para Bachillerato, pero continuaría en la Universidad en régimen de “comisión de servicios”, hasta que en 1976 hubo de ocupar – por orden ministerial – su plaza de Catedrático en el Instituto “Suárez de Figueroa” de Zafra (Badajoz), del que fue Director, hasta octubre de 1979, año en que sería destinado al Instituto de Bachillerato “El Brocense” de Cáceres. En este período hará investigaciones sobre el señorío de los Duques de Feria, la jurisdicción eclesiástica de la Iglesia Colegiata de Zafra y sobre la Provincia de León de la Orden de Santiago; trabajos que publicó en varias revistas históricas.
En Zafra fue Concejal de su Ayuntamiento, Diputado Provincial en Badajoz, Consejero de la Inst. Cultural “Pedro de Valencia” de la Diputación Provincial y miembro del consejo de redacción de la Revista “Estudios Extremeños”.
En el Instituto de Bachillerato de Cáceres fue Director desde 1982 hasta 1986, en que sería nombrado Coordinador del Programa Experimental de Reforma de las Enseñanzas Medias, ocupándose de varios Centros en los que se implantó este Programa; hasta 1990 que terminó tal experimentación.
Coordinó también al Grupo “Cárabo” de innovación educativa, compuesto por un amplio grupo de profesores de enseñanza secundaria de varios Institutos de toda Extremadura, con los que realizaría varias experiencias e investigaciones, simposios, congresos y reuniones del profesorado en colaboración con los I.C.E. de Extremadura y de Zaragoza.
Fue, en repetidas ocasiones, vocal y Presidente de varios Tribunales de Oposiciones para Profesores y Catedráticos de Enseñanzas Medias y Enseñanzas Secundarias – antes y después de la Ley General de Educación – con nombramiento del Ministerio de Educación y Ciencia.
En Cáceres ha sido Concejal y Primer Teniente de Alcalde durante dieciséis años (1983 – 1999), Consejero de la Institución Cultural “El Brocense” de la Excma. Diputación Provincial, Director de la Revista “Alcántara”, Coordinador Director del Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial, consejero de la Sala de Arte “El Brocense” y miembro del Patronato del Museo “Pérez Comendador – Leroux” de Hervás y del Colegio Mayor Universitario “Francisco de Sande”, adscrito a la Universidad de Extremadura.
Fue colaborador de la “GRAN ENCICLOPEDIA EXTREMEÑA” (1989 – 1992), de la que llevó la coordinación de la Sección de Actualidad y redactor en las Secciones de Historia Moderna, Historia de América, etc. Y en la actualidad sigue siendo miembro del Consejo de Redacción de la Revista “Ars et Sapientia” de los Amigos de la Real Academia de Extremadura; de la Revista de “Estudios Extremeños” de la Diputación de Badajoz, y fue durante más de cinco años Director de la Revista “Alcántara” de la Diputación de Cáceres ( 1995 – 2001 ). También ha sido durante años Coordinador de la Sección de Historia y Arqueología del Ateneo de Cáceres, desde 2001 hasta la actualidad.

LIBROS PUBLICADOS:

LA SEGUNDA REGENCIA DEL PRÍNCIPE DON FELIPE (1543 – 1548). (Documentos relativos a la vida política y económica castellana a mediados del siglo XVI). (1974) Salamanca. Resumen de la Tesis Doctoral.

ATRÁS Y ADELANTE (La Revolución en Extremadura) (1985) Cáceres. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura.

HISTORIA DE EXTREMADURA. (1989) Badajoz Universitas Editorial. (Varias Ediciones)

LUIS SERGIO SÁNCHEZ: PROFESOR Y POETA EXTREMEÑO A MEDIADOS DEL SIGLO XIX. (1995) Badajoz. Departamento de Publicaciones Diputación Provincial.

EL INSTITUTO PROVINCIAL DE SEGUNDA ENSEÑANZA DE CÁCERES (Ciento cincuenta años de historia educativa: 1839 – 1989) (1997). Cáceres. Instituto de Bachillerato “El Brocense”.

SOCIEDAD Y TERRITORIO EN LA HISTORIA DE EXTREMADURA. (1999) Cáceres. Inst. Cultural “El Brocense” Diputación Provincial y Universidad de Extremadura.

EXTREMADURA: EL PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD: CÁCERES, MÉRIDA Y GUADALUPE. (1999) Badajoz. Periódico HOY y Caja Duero. Edición por fascículos encuadernables.

CÁCERES; TIERRAS Y PÙEBLOS (1992) Cáceres. Patronato de Turismo y Artesanía de la Diputación Provincial en colaboración con el fotógrafo Valentín Javier y el editor César Viguera de Barcelona.

LAS TIERRAS DE GRANADILLA. (Desde las Hurdes al Valle del Ambroz). (1998) Cáceres. Patronato de Turismo y Artesanía de la Diputación Provincial. En colaboración con el Catedrático de Universidad Dr. don Enrique Cerrillo Martín de Cáceres, Mª Ángeles Ávila y varios fotógrafos y diseñadores.

CÁCERES INOLVIDABLE. (1998) Cáceres. Diputación Provincial y Caja Badajoz. Edición realizada en colaboración con fotógrafos y diseñadores.

TRANSICIÓN POLÍTICA Y ESTATUTO DE AUTONOMÍA. (Veinte años de la historia reciente de Extremadura 1978 – 2003). (2004) Mérida. Publicaciones de la Asamblea de Extremadura.

EXTREMADURA: GEOGRAFÍA, HISTORIA Y CULTURA. (2003) Mérida. Gabinete de Presidencia de la Junta de Extremadura. (Obra conjunta con el Catedrático de Geografía don Gonzalo Barrientos Alfageme y el profesor don Antonio Pérez.)

LA COSMOGRAFÍA ESENCIAL DE MASA SOLÍS. (Notas sobre su peripecia artística) (2004) Cáceres. Diputación Provincial. Ayuntamiento de Cáceres. Caja de Extremadura. Junta de Extremadura.

MÉRIDA : PUENTE DE CULTURAS. Libro de gran formato y diseño publicado por el Consorcio de la Ciudad Monumental, Histórico – Artística de Mérida, La Asamblea de Extremadura y la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura. Mérida, 2006

LAS TIERRAS DE CÁCERES: PARAISO DE EMOCIONES. (2007) Publicaciones del Patronato de Turismo, Artesanía y Cultura Popular de la Diputación Provincial. Cáceres.

DON DIEGO MARÍA CREHUET DEL AMO: Un jurista en la literatura. (2010) Cáceres. Consorcio para la Capitalidad Cultural Europea de 2016. Diario HOY y Ateneo de Cáceres.

LA TAHONA DE LA CARCEL: Una Historia entrañable de la ciudad de Ávila en el último siglo. (2011) Cáceres. Autoedición.

COLABORACIONES EN OTROS LIBROS COLECTIVOS E INSTITUCIONALES

“Patrimonio histórico y cultural de Extremadura”. En el volumen: EXTREMADURA: LA TIERRA QUE AMANECE. (2003) Badajoz.. Adenex. Junta de Extremadura.

“25 Aniversario de la Institución Cultural “El Brocense”. Una Visión Histórica” En el Volumen: 25 ANIVERSARIO DE LA INSTITUCIÓN CULTURAL “EL BROCENSE”. (2005) Cáceres. Diputación Provincial.

“Nadar sobre el viento” En el Volumen: AYUNTAMIENTOS Y DEMOCRACIA EN EXTREMADURA (1979 – 2004 ). (2004 ) Badajoz. Federación de Municipios y Provincias de Extremadura. Diputaciones Provinciales de Badajoz y Cáceres, Junta de Extremadura. Cajas de Ahorros de Badajoz y Extremadura.

Tiene publicados también numerosos artículos, estudios y reseñas en todas las revistas culturales y científicas de Extremadura. Ha impartido varias conferencias y charlas sobre temas de Historia y Arte, etc. en el ATENEO DE CÁCERES, en el que es coordinador de la Sección de Historia y Arqueología; en los CURSOS DE VERANO de la Universidad de Extremadura; en las AULAS CULTURALES DEL C.I.R. CENTRO de Cáceres y en varios pueblos de la Provincia.

ARTÍCULOS Y ESTUDIOS PUBLICADOS EN REVISTAS

En la REVISTA DE ESTUDIOS EXTREMEÑOS (Diputación Provincial de Badajoz) De la que es miembro de su Consejo de Redacción.

– “Estimación de los factores de la emigración extremeña en el siglo XVI”. (1978). Revista de Estudios Extremeños, ( Separata ) Badajoz,

– “Las rentas de la Insigne Iglesia Colegial de Zafra (Badajoz) a finales del Antiguo Régimen” (1981) Este artículo se publicó también en el volumen Homenaje al Profesor don Antonio Domínguez Ortiz editado por el Ministerio de Educación y Ciencia. Madrid, 1981.

– “Zafra y su comarca a finales del Antiguo Régimen” (1984) Badajoz. Nº III Tomo XL

– “El Archivo Parroquial de la Insigne Iglesia Colegial de Zafra” (1985) (Separata). Badajoz.

– “El programa territorial del Despotismo Ilustrado en Extremadura” (1993) Badajoz. – Nº II Mayo-Agosto Tomo XLIX

– “La huella de los musulmanes en Extremadura. Una visión territorial” (1994) nº I Enero-Abril. Tomo L.

– “Figuras y perfiles extremeños en el tránsito del siglo XIX al XX” (1998) Badajoz. Nº II Mayo-Agosto Tomo LIV.

– “Cronistas, apologistas y biógrafos de la Reina Isabel La Católica”. (2005) Badajoz

En la REVISTA “ALCÁNTARA” (Diputación Provincial de Cáceres ). De la que fue Director durante varios años (1995 – 1999 )

– “Propiedades y vínculos eclesiásticos en Zafra y su comarca a finales del Antiguo Régimen” (1987) Cáceres. Nº 9

– “Condiciones geográficas y estructuras mentales en la trama de asentamientos protohistóricos en Extremadura” (1995) Cáceres. Nº 3

– “La repoblación del territorio extremeño en la Edad Media (Análisis de los factores políticos y jurisdiccionales)” (1996) Cáceres. nº 37 Enero- Marzo

– “La Historia Moderna y el Descubrimiento de América en las páginas de ALCÁNTARA” (1996) Cáceres nº 39 Extraordinario “50 Aniversario”. Septiembre -Diciembre.

– “Cultura y lenguaje” (1997) Cáceres nº 40 Enero-Abril

– “San Pedro de Alcántara: Su obra y su tiempo” (1999) Cáceres. Nº 47 Mayo-Agosto.

– “Los perfiles de un ilustre cacereño” (1999) Cáceres. Nº 48 Homenaje al Conde de Canilleros. Mayo-Agosto.

– “Don Miguel Muñoz de San Pedro e Higuero, Conde de Canilleros y de San Miguel (1899 – 1972)” (1999) Cáceres. Nº 48 Centenario del nacimiento del Conde de Canilleros. Mayo-Agosto.

– “Las herencias de una larga dictadura. Extremadura bajo el gobierno del General Franco (1939 – 1975) (2000) Cáceres. Nº 50 Mayo – Agosto.

En la “REVISTA DE EXTREMADURA” (Segunda época )

– “Ordenación jurisdiccional y territorial de Extremadura en los siglos XV y XVI” (1993) Cáceres, nº 12 Segunda época. Septiembre – Diciembre de 1993

En la REVISTA “ARS ET SAPIENTIA” (Asociación de Amigos de la Real Academia de Extremadura ) Redacción.

– “Una nueva reflexión sobre la figura de Godoy (2001) Cáceres. Nº6 Diciembre.

– “Isabel La Católica: Una reina para la eternidad”. (2004). Cáceres. Nº13 Abril

– “Isabel I: Sus reformas económicas en Castilla. (2004). Cáceres. Nº13. Abril.

– “Autonomía y racionalidad. (2004) Cáceres nº 15 Diciembre.

– “Fray Juan de Zúñiga Pimentel. Primer humanista extremeño. (2004) nº 15 Diciembre.

– “Sombras y destellos en la historiografía reciente de Extremadura: cuatro lustros de revisión e investigación” (1993) Madrid. Diciembre.

En Actas de CONGRESOS, JORNADAS Y SIMPOSIOS

– “Jurisdicciones territoriales en Extremadura durante el siglo XVI”. Comunicación presentada al V Congreso de Estudios Extremeños. Cáceres, Mérida, Badajoz 1972.

– “Las rentas señoriales del Ducado de Feria a finales del Antiguo Régimen” (1983) Cáceres. Depto. de Historia Moderna. II Jornadas de Metodología y Didáctica de la Historia

– “El problema jurisdiccional en Extremadura en el siglo XVI”. (1972) V Congreso de Estudios Extremeños y I Congreso Internacional sobre “Hernán Cortés y su tiempo” (1987). Mérida Cáceres Medellín.

– “El sistema fiscal e impositivo castellano en tiempo de Hernán Cortés (1985) Congreso Internacional sobre “Hernán Cortés y su tiempo”. Cáceres, Mérida Medellín.

– “Las revistas culturales en la Extremadura del siglo XXI. Comunicación presentada en el I Encuentro transfronterizo de Revistas de Cultura celebrado en Vila Viçosa ( Portugal ) los días 26 y 27 de noviembre del 2005

– “La metodología activa en el área de Ciencias Sociales (Una propuesta de innovación en el aula) (1989) Revista EDUCACIÓN ABIERTA nº 74 ICE Universidad de Zaragoza.

Publicaciones sobre ARTE

– “La estilización pictórica y el cubismo cromático del pintor Massa Solís” (1990) Presentación del Catálogo de este pintor en sus exposiciones de Nueva York y Viena ( Texto traducido al Inglés y al Alemán para los respectivos catálogos).

– “Ubaldo Cantos: Pintor”. (1994) Presentación del Catálogo de este artista en su exposición de La Coruña.

– “Estética de la autenticidad en la pintura de Alfonso Barriga”. (2002) Presentación del catálogo de este artista en su exposición del Parador de Turismo de Cáceres.

– “Cáceres patrimonio de la Humanidad. Diálogos de luz y silencios en la Ciudad Histórica. (1993) Madrid. Revista FOTO Nº 131, noviembre de 1993; a propósito de la declaración de Cáceres como Patrimonio Cultural de la Humanidad

– “Massa Solís: Una visión medular de su cromatismo pictórico” (1999) Presentación del Catálogo “Homenaje a mi pueblo” con una exposición celebrada en Miajadas (Cáceres).

CONFERENCIAS, CHARLAS Y MESAS REDONDAS

– “El sentido de la Historia en la Biblia. Aspectos de la Historia del pueblo de Israel” Conferencia pronunciada en el Centro Superior de Estudios Religiosos de Cáceres, en noviembre de 1972.

– “Estimación de los factores de la emigración extremeña en el siglo XVI” Conferencia pronunciada en el Circulo de “La Concordia” de Cáceres, el día

– “ El sistema de fuentes del Derecho en la España visigoda” Conferencia pronunciada en la Facultad de Derecho de la Universidad Extremadura como prueba de ingreso en dicha Facultad, en octubre de 1973.

– “Cáceres en la Lista de Patrimonio Mundial”. Conferencia pronunciada en Oviedo, en el Centro Social del Monte Naranco, con motivo de una semana cultural sobre Extremadura.

– “Cáceres Capital Cultural de Extremadura”. Conferencia pronunciada en el Centro Extremeño de Barberá del Vallés (Barcelona) con motivo de la Semana Cultural de las Casas de Extremadura en Cataluña (1992).

– “V Centenario del bautismo de los indios traídos por Cristóbal Colón” Conferencia pronunciada en el Real Monasterio de Guadalupe el día 28 de Julio de 1997 con ocasión de esta efemérides.

– “Extremadura en América” Conferencia pronunciada en el Aula de Cultura de la Caja de Ahorros de Extremadura para los oficiales y soldados de CIR Centro de Cáceres en Diciembre de 1996.

– “La situación geopolítica de Europa en el siglo XVI” Conferencia pronunciada en el Aula Cultura de la Caja Extremadura dentro del programa realizado por el CIR Centro para el curso 2000 – 2001.

– “El Real Monasterio de Guadalupe y su importancia en la Historia de España”. Conferencia pronunciada en el Ateneo de Cáceres, el jueves, 13 de marzo de 2003.

– “Carlos V y Yuste”. Conferencia pronunciada en el Ateneo de Cáceres, el jueves, 5 de junio de 2003

– “El Arte Contemporáneo. Conferencia pronunciada en el Ateneo de Cáceres el jueves, 6 de mayo de 2004.

– “Relaciones políticas de los Reyes Católicos con Extremadura. Conferencia pronunciada en el Ateneo de Cáceres, el jueves, 25 de noviembre de 2004.

– “Extremadura en América (Las huellas extremeñas en los países Latino americanos). (1996 – 1997 ) Serie de conferencias impartidas en los Centros de Profesores de Badajoz, Zafra, Azuaga, Trujillo y Cáceres a lo largo del Curso Académico.

– “De la Guerra Civil al Estatuto de Autonomía” (1995) Serie de charlas impartidas en los Centros de Profesores de Badajoz, Cáceres, Plasencia y otros C.P.R.s a lo largo del Curso Académica.

– A lo largo del año 2010, en un programa radiofónico del Canal Extremadura Radio, que se presentaba como una revista radiofónica titulada “Los Dos de la Tarde” desarrollo diariamente una página llamada: Callejeros Extremeños, en la que iba explicando el nombre de las calles de las ciudades, pueblos y localidades de toda Extremadura, bien fueran nombres de personajes ilustres de cada localidad, acontecimientos históricos o referencias culturales de las mismas. A lo largo de ese año – excepto los meses de verano – salieron a antena más de 250 calles, con sus datos, detalles y anécdotas.

OBRAS DE CREACIÓN LITERARIA

Además de toda la obra publicada como investigador y como historiador, fruto de su labor profesoral y de su trabajo universitario, también ha escrito varias obras en verso y en prosa, aún no publicadas, que se completan con varios proyectos puramente creativos, que verán la luz en un inmediato futuro.
Novelas que están ya terminadas: “RELACIONES INDIANAS DE FRAY ONOFRE GIL”, ya inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de la Consejería de Cultura y Patrimonio de la Junta de Extremadura.

“LOS DEVELOS DEL REY PEDRO”, breve novela histórica sobre Castilla en el siglo XIV. “LA GRUTA”. “LAS DIVINAS INDULGENCIAS DEL HERMANO NATAEL” Y OTROS RELATOS SINUOSOS” Colección de cuentos y relatos ya inscritos en el Registro de Propiedad Intelectual para su eventual publicación.

“AROMAS DE BAGDAD” (Un relato histórico largo sobre Ziryab Al Bagdadí y las modas y costumbres que trajo a Córdoba en el siglo IX )

“VOLVERÁN BANDERAS VICTORIOSAS” (Varios pasajes históricos de la España del siglo XX, alrededor de la figura de Trifón Paredes, cuya muerte se convierte en motivo de evocaciones y recuerdos de todos los que le conocieron en las distintas etapas de su vida).

Como posibles publicaciones poéticas están ya terminadas: “Singladuras de la palabra” y otros poemarios sin título, pendientes de corrección y ordenación: “Versos en blanco y negro, “Conversaciones con mi amigo Blas”, etc.

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CRISIS SOCIAL, RELIGIOSA Y POLÍTICA EN EL REINADO DE FELIPE II

Uno de esos momentos a tener en cuenta es la muerte del rey Felipe II de Habsburgo, en 1598, cuando España no era precisamente la “octava potencia económica del Mundo”, sino la primera; y cuando una grave y prolongada crisis universal puso en solfa los principios ideológicos y económicos en los que se ordenaba la convivencia internacional y las bases de la economía de las naciones.

Creo que es motivo suficiente como para que hablemos de ella – de la “Crisis” del siglo XVI – con detenimiento y profundidad.

Los diez primeros años del gobierno personal de Felipe II fueron, si duda, una continua crisis interna de aquella inmensa confederación de estados que había heredado de su padre, el Emperador Carlos V – la que entonces se conoció como “Monarquía Católica”, que abarcaba casi media Europa y una notable proporción de otros continentes: el Nuevo Mundo, África y Asia – y de los compromisos y alianzas internacionales que se vio obligado a concertar para dar mayor seguridad y cohesión a sus reinos.

Don Felipe de Habsburgo fue el monarca más poderoso de su tiempo, “En cuyos dominios nunca se ponía el Sol”, pues se extendían alrededor de todo el planeta; y cuando en unos anochecía, en otros estaba amaneciendo. Pero también fue el monarca más desdichado, triste y taciturno, siempre vestido de luto por la muerte de alguna de sus cuatro esposas o de sus numerosos hijos; o lamentando alguna confabulación, fracaso político o derrota, de las que sufrió en su dilatado reinado, desde 1556 hasta su muerte en 1598.

Entre 1558 – año en que murió Carlos V en Yuste, cuando su hijo llevaba ya dos años gobernando como soberano – y 1568, se van a plantear o agravar una serie de procesos históricos, en los distintos ámbitos de la vida familiar, económica, religiosa, en la defensa de sus dilatados territorios o del catolicismo ortodoxo en el que basó su política exterior; que pusieron a este Monarca en graves trances personales y al reino entero en una profunda revisión de fundamentos ideológicos, que obligarían a don Felipe – que era de naturaleza retraída, tímida, reflexiva e indecisa – a tomar graves decisiones iban a influir negativamente en su personalidad y en su mala fama posterior.

Decisiones tajantes y, a veces, poco acertadas, que siempre estuvieron motivadas por los aires de dogmatismo e inflexibilidad que se iban instalando en la Iglesia Católica a raíz del Concilio de Trento. Doctrinas y planteamientos inflexibles que él consideró siempre que eran el cimiento y el cemento político de su Monarquía.

De esas medidas, drásticas y terminantes, nació la “Leyenda Negra” que le calificó de tirano fanático, de monarca cruel y sanguinario, o de “Diablo Negro del Sur”, el calificativo que le endosaron varios tratadistas o escritores coetáneos, – flamencos, ingleses y franceses, – seguidores de los nuevos planteamientos del “Luteranismo” o del “Calvinismo”.

Estos procesos históricos, así como varios acontecimientos luctuosos que se dieron estrechamente concatenados, vinieron a coincidir en el desdichado año 1568, que fue posiblemente el año más dramático de su reinado, y del que se derivaron peores consecuencias para los estados y naciones que formaban la Monarquía.

Para una mejor comprensión de sus planteamientos y desarrollo, vamos a desglosar el tema en cuatro planos de análisis, que nos permitan ver la historia de este período y sus personajes, con una perspectiva más diáfana. Con una secuenciación de acontecimientos mejor engarzada de lo que suele estar en los manuales al uso.

En primer lugar, vamos a considerar los problemas personales y familiares, que tuvieron una honda trascendencia en todas las Cortes europeas y en la misma continuidad de la Monarquía Hispana. Tengamos en cuenta que estos monarcas absolutos eran el eje sobre el que giraban todas las instituciones del Estado: “L´Êtat c´est moi”, decía Luis XIV un siglo después.

De su primer matrimonio con su prima hermana María Manuela de Portugal, Felipe II tuvo un único hijo – nacido en 1544 – ya que la princesa murió como consecuencia del parto. El Príncipe Don Carlos, que desde niño había dado muestras de esquizofrenia, de autismo y de otros desequilibrios mentales que su padre procuraba ocultar al mundo; pues, en 1568, con 24 años, era el único heredero a la Corona castellana, y esto representaba ya un peligro para la estabilidad y equilibrio de Europa.

Esta ocultación de los defectos e insensateces de Don Carlos: sus manías persecutorias, sus alianzas con protestantes o masones, o los abusos que cometía en sus encierros y aislamientos, fue muy perjudicial también contra el propio Monarca; ya que sus enemigos y detractores hicieron del Príncipe un mártir romántico y bondadoso frente a la maldad de su padre ( Schiller en su famosa obra de Teatro: “Don Carlos” le convirtió en un héroe del Romanticismo ).

Ese año de 1568, Felipe II tuvo que ordenar su aislamiento para evitar los contactos y contubernios del Príncipe con los rebeldes de los Países Bajos y con los protestantes; pero durante este encierro, Don Carlos enfermó gravemente y murió a comienzos del verano.

El tema era peliagudo, porque la Monarquía quedaba sin sucesión; ya que del segundo matrimonio con la reina de Inglaterra, María Tudor – “Bloody Mary”: María la Sanguinaria, como la llamaban los protestantes ingleses – no había descendencia, y en todos los estados europeos se tuvo la sensación de que la inestabilidad de la Corte de Madrid podría significar, en un momento de grave crisis, la inestabilidad del Mundo.

La única esposa que debió despertar realmente su amor – ya con 32 años y ella con 16 – sería Isabel de Valois. Aquella delicada princesa francesa, de la misma edad que su hijo, que selló con su matrimonio la paz más duradera entre Francia y Castilla – la de “Cateau – Cambresís” – firmada en 1559; en cuyas fiestas y celebraciones moriría accidentalmente el rey Enrique II, que confió a Felipe II, en el lecho de muerte, la protección de los Valois y del catolicismo francés, gravemente amenazado por los “Hugonotes” calvinistas.

Con Isabel tuvo dos hijas que no acababan de solventar el problema de la sucesión: Isabel Clara Eugenia, la mayor, la preferida de Felipe II, destinada a desempeñar importantes papeles en la política exterior de su padre. Y Catalina Micaela, de resultas de cuyo parto murió la reina en octubre de aquel mismo año.

La desaparición de Isabel causó en Felipe II una honda tristeza que le llevó a aislarse, cada vez más, en su retiro monástico de El Escorial; y a abandonar el Alcázar de Madrid en el que había tenido mucha mayor comunicación con los embajadores extranjeros y con sus propios cortesanos y secretarios.

Quizá la muerte de Isabel de Valois pueda considerarse como el momento de la inflexión más negativa en el desarrollo cronológico del reinado. Los treinta años siguientes, hasta 1598, fueron ya períodos de continuo batallar, de resolver encrucijadas penosas y de intentar asegurar la sucesión a la Corona con el nuevo matrimonio con su sobrina Ana de Austria.

Con motivo de la muerte del Príncipe heredero, y con el fin de buscar una salida dinástica dentro de la propia familia, vinieron de Austria sus sobrinos, hijos de su primo Maximiliano II y de su hermana María: Ernesto, Rodolfo y la jovencísima Ana, con el fin de educarse en Castilla; por si alguno de ellos hubiera de ocupar el Trono de Madrid.

Rodolfo estaba destinado a ser Emperador en Viena, era un típico Habsburgo: comilón, bebedor y algo degenerado; Ernesto sería nombrado pronto rey de Bohemia, y marchó a Praga; Ana, finalmente, fue desposada por Felipe II en 1571 – cuando el contaba con 44 años y ella apenas 14 – en un nuevo intento de conseguir heredero.

El hermano menor de la nueva reina: Alberto, contrajo matrimonio, más adelante con Isabel Clara Eugenia, la hija mayor de Felipe – y por tanto su prima carnal – a los que nombró gobernadores de Flandes y los Países Bajos para terminar con un conflicto civil y religioso que había durado casi treinta años.

Se cumplía así la repetida y nefasta política “faraónica” de los Austrias, casándose siempre entre los miembros de la misma dinastía – los faraones de Egipto se casaban con sus hermanas – hasta llegar a la degeneración física y mental de sus últimos representantes.

Efectivamente, su sobrina Ana de Austria le dio cinco hijos, de los cuales tres murieron siendo niños: Fernando, que falleció en 1578; Carlos Lorenzo, que murió con meses y Diego, que desapareció en 1582. Solo sobrevivieron: Felipe Próspero, que fue Felipe III y la menor de todos: María, de cuyo parto murió la reina en 1580.

Los avatares familiares, que hicieron de Felipe II uno de los monarcas más huraños y desdichados del siglo XVI, estuvieron estrechamente relacionados con la crisis religiosa e ideológica que había estallado ya en tiempos de Carlos V; pero que tomaría sus tintes más dramáticos y sangrientos en esta segunda mitad del siglo XVI en toda Europa.

Carlos V había intentado evitar este cisma religioso, desatado por Lutero en Alemania, aconsejando a su hijo, desde Yuste, a donde se había retirado en 1556, que no consintiera ninguna veleidad con el Dogma Católico, ni con la fidelidad al Papa de Roma.

Sabía por experiencia que el “Luteranismo” era demoledor para las viejas ideas medievales de sumisión absoluta al Dogma; de obediencia a la jerarquía pontificia; de sacralización de la Monarquía y de la Iglesia; y para otros pilares de la mentalidad católica: Sacramentos, celibato sacerdotal, libertad de interpretación del Evangelio, justificación por la Fe; etc.

Por ello, le animó a que reforzase el poder de los Tribunales de la Santa Inquisición; que reprimiese cualquier herejía – incluso el “Erasmismo” que él había profesado – y que todos los sospechosos de heterodoxia con respecto al dogma fueran llevados a la hoguera o a las prisiones inquisitoriales. Una especie de lucha contra el “Terrorismo” ideológico que se había desatado en Alemania, con los “anabaptistas” y Munzer; lo que para Carlos V representaba toda la Reforma.

En 1557 se celebraron los famosos “Autos Sacramentales” de Valladolid y Sevilla, donde ardieron los principales protestantes de Castilla, después de ser sometidos a tormentos y procesos terribles. Muchos de ellos eran figuras conocidas y apreciadas por el propio Emperador. Incluso, el Arzobispo de Toledo, fray Bartolomé de Carranza, y otros personajes de la Corte, cayeron en poder de los insaciables inquisidores: San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León, etc. Para mayor desdicha, su propio hijo y heredero, don Carlos, como hemos dicho antes, sería confinado en sus estancias y habitaciones del Alcázar de Madrid para evitar que mantuviera contactos políticos con los protestantes flamencos, en contra de su propio padre.

La Universidad de Alcalá, en la que había prendido el “Erasmismo” entre sus profesores y alumnos – como Juan Gil “Egidio”, el Dr. Agustín Cazalla, Constantino Ponce, etc. – fue sometida a una feroz censura, y fueron procesados sus miembros. Por Extremadura y Castilla se extendieron los “Alumbrados”, que fueron juzgados y condenados en Llerena.

Los humanistas y pensadores se vieron forzados a huir a Italia, Francia o los Países Bajos, como Juan Luis Vives. Incluso ilustres extremeños, como Francisco Sánchez de Las Brozas, Benito Arias Montano y otros, serían procesados por sus escritos u opiniones.

El pensamiento o la innovación científica quedaron cercenados y censurados, hasta el punto de que se prohibió que los jóvenes españoles saliesen a estudiar a las Universidades del extranjero. Solamente se autorizaba ir a Bolonia, que era una Universidad Pontificia.

En 1564 concluyó en Italia el Concilio de Trento – inspirado y controlado por los jesuitas – y el Papa Pío IV confirmó todas sus conclusiones, Capítulos y Actas. Inmediatamente, Felipe II ordenó que fueran aplicadas con todo rigor en todos los territorios de la Monarquía, exigiendo al fanático Fernando de Valdés – que entonces era Inquisidor General – que no se diera tregua ni descanso a cualquier desviación doctrinal con relación a estas Actas o Capítulos de Trento.

En dos espacios territoriales, estas exigencias provocaron rebeliones y levantamientos inmediatos: En Granada, donde los “moriscos” gozaban de una relativa libertad de cultos, creencias y comportamientos, con relación al Islam, desde la época de los Reyes Católicos, después de la Segunda Guerra de Granada (1500 – 1502).

Y en Flandes, especialmente en las provincias de Holanda, Zelanda y Frisonia, en las que había prendido con fuerza el “Calvinismo” entre la burguesía rica e industriosa del norte.

De la rebelión granadina y de la “Guerra de Las Alpujarras” – que duraría desde 1568 hasta 1571, con sus graves implicaciones internacionales, muy especialmente en el ámbito del Mediterráneo – nos ocuparemos en otro debate que vamos a dedicar a la “Expulsión de los Moriscos” de 1609. Cuando, al año que viene, se cumplan los cuatrocientos años de ese desdichado acontecimiento de nuestra historia, que tanto se dejó sentir en Extremadura.

En los Países Bajos, en los que se ordenó de inmediato aplicar las conclusiones de Trento y abrir Tribunales del Santo Oficio (“Tribunales de la Sangre”, como los llamaban los holandeses ) la desafección – incluso de los católicos – al principio; y la rebelión después provocarían una larguísima guerra “europea” – en prácticamente todos los países de Europa, que conocemos como “Guerras de Religión” – que acabaría por hundir las finanzas y las fuerzas políticas y militares de la Monarquía.

Existen muchos paralelismos, creo yo, entre aquella secuencia histórica y la que actualmente vivimos en el mundo; cambiando lo que entonces era el “Protestantismo” o “Reforma” por lo que hoy es el “Islamismo” radical y su extensión por el Oriente Medio.

El Duque de Alba ocupó militarmente las provincias flamencas cuando la Gobernadora – hermana de Felipe II – Margarita de Parma se marchó a Italia y se desentendió del tema. Casada con un hijo del Papa Paulo III, llamado Octavio Farnesio, su hijo Alejandro – primo hermano de Felipe II – iba a ser otro de los grandes generales de los Tercios de Flandes en esta interminable guerra.

Alba se portó entonces como si hubiera ocupado Irak; detuvo y ejecutó a los condes de Egmont y Horn – católicos que querían venir a Castilla para pedir al rey que no impusiera allí la Inquisición – permitió el “Saqueo de Amberes”, que debió ser como la destrucción de Bagdad; y decretó una persecución general y violenta contra calvinistas, “pordioseros” – nombre que adoptaron los rebeldes contra España – y partidarios de Guillermo de Orange; que ser casi un hermano para Felipe II – cuando vivía su padre – se convirtió en uno de sus peores enemigos y detractores.

Las guerras de Flandes fueron un verdadero “cáncer” para la monarquía filipina. En su sostenimiento se invirtieron millones de maravedís, escudos, ducados, florines y toda clase de divisas monetarias. El rey declaró en varias ocasiones la “bancarrota” de la Corona y esto provocaría una “crisis financiera” en todas las grandes Casas de Banca alemanas, italianas, flamencas – los Fugger, Weltzer, Centurione, Spínola, Affaitedi, etc. – y hasta españolas, que eran mucho menos importantes por causas religiosas.

Las enormes cantidades de oro y plata que llegaban desde el Nuevo Mundo a Sevilla no fueron suficientes para estabilizar las finanzas de la Corona – a pesar de que fueron a engrosar inmediatamente las cajas bacías de los bancos – y la inflación y la subida de los precios fue imparable. Ni siquiera el descubrimiento de la montaña de plata de Postosí, en 1561; o de los yacimientos de azogue de Huancavélica, en 1571; paliaron esta penuria de medios financieros y monetarios.

Este fenómeno comercial y financiero se ha llamado recientemente “Revolución de los Precios”, que partiendo de España afectó a todo el mundo occidental; y fue en él se fraguó – según algunos autores norteamericanos – una reforma de las bases económicas reinantes, que dieron lugar al “Capitalismo”. Sistema que hoy mismo se dice que hay que volver a reformar por otra crisis monetaria internacional que ha tenido resultados muy parecidos.

Esta desesperada lucha contra el “Terrorismo espiritual” de los protestantes, llevó a las fuerzas militares y diplomáticas españolas a conflictos en Francia, en donde la suegra del monarca español, Catalina de Médicis – viuda de Enrique II – le pidió protección para que defendiera a su país de los “Hugonotes” y de su jefe Enrique de Borbón, rey de Navarra, que aspiraba a terminar con la dinastía Valois.

Esta misma Cruzada Universal contra los herejes enfrentó a Felipe II a la Inglaterra de Isabel I, su cuñada, a quien también había pedido en matrimonio cuando murió María. Una guerra esencialmente naval y económica que se resolvería negativamente en la costosísima y desafortunada campaña de La Armada Invencible, que tanto influyó en el cambio de los parámetros de la navegación universal.

Desde la antigüedad romana, el dominio del Mediterráneo había sido el dominio naval universal; y las condiciones climáticas y geográficas del Mediterráneo habían impuesto a lo largo de la Edad Media, un determinado tipo de barcos movidos a remo y vela, que exigían una gran “chusma” de galeotes; de instrumentos de navegación basados en las “ cartas portulanas” y en el conocimiento de las costas; de capacidad limitada de las naves, que las obligaba a un tipo de comercio muy peculiar y selectivo en el que triunfaron armadores privados, almirantes y comerciantes de Venecia, Pisa, Génova o los corsarios del Norte de África.

Todo este mundo mediterráneo y sus formas y modos de dominar los mares se cerró en la batalla de Lepanto, en 1571, pues el dominio del mar interior ya no significaba una preeminencia universal en el resto del Océano. Por el contrario, la formación de la “Gran Armada” española en el Atlántico, contando con una ingeniería naval totalmente distinta, métodos de navegación diferentes, impulsión radicalmente diferente y una potencia armamentística que en nada se parecía a los medios de lucha en el mar de los barcos mediterráneos, significó una nueva forma de dominar los mares, que exigía medios económicos y financieros inmensamente superiores a los manejados por las pequeñas repúblicas mercantiles italianas, o por marineros como Andrea Doria, Alí Pachá, Kairedin “Barbarroja” o don Álvaro de Bazán, el más eminente de los armadores españoles del momento.

Al perder a la Armada Invencible, España perdió ya la posibilidad de seguir siendo la primera potencia naval del mundo. Lugar que, en los siglos sucesivos, ocuparía Inglaterra.

La ultima secuencia de su reinado y la que dejó consecuencias más positivas – al menos en los siguientes ochenta y cinco años – sería la incorporación de Portugal a la Monarquía Católica, con todo su enorme Imperio Territorial, que se extendía a lo ancho de todo el Universo.

Felipe II fue un niño portugués desde su nacimiento, como hijo de la Emperatriz Isabel y nieto de don Manuel El Afortunado. El primer idioma que habló fue el lenguaje de Camoens, que lo aprendió de su madre y de doña Leonor de Mascareñas, su aya y nodriza. Por todo ello, al morir don Sebastián en Alcazarquivir, y el Cardenal Infante don Enrique, de cortísimo reinado, los derechos a la Corona Lusa le pertenecían, aunque el Prior de Crato, don Antonio, se los disputase abiertamente.

La campaña de Portugal, llevada a cabo por el insustituible Duque de Alba, fue breve y de una gran efectividad. Felipe II sería proclamado en la Cortes de Tomar, a donde llegó después de pasar y descansar en Guadalupe – Real Monasterio y Sitio que jugaría un papel muy importante en las decisiones políticas de los reyes de la Casa de Austria – para ser reconocido por todos los estamentos lusitanos.

Don Felipe I – como se le conoce en los anales históricos portugueses – abría una época nueva: la época de los Austrias, que fue, como en España, una época de plenitud efímera y de largas decadencias. La vieja fórmula de la monarquía dual, que los Reyes Católicos inauguraron con la unión de Aragón y Castilla, se volvió a repetir ahora con Portugal. Cada reino conservó sus instituciones, sus fronteras, su diplomacia y su cultura; la unión solo se producía en la Corona y en la persona del Monarca; todo lo demás continuaba como antes. Aunque hay que precisar que para el resto de los Estados de Europa, especialmente los enfrentados o competidores de España, la cosa no era así: Portugal pasó a formar parte de la Monarquía Católica; y por tanto pasó a ser enemiga de Inglaterra, de Holanda, de la Francia de los Borbones y de los estados protestantes del Norte.

El esfuerzo defensivo creció enormemente, pues las flotas y armadas hispano-portuguesas tuvieron que recorrer todos los océanos y cabotar por todas las costas y puertos de los tres continentes. Este esfuerzo económico superó con mucho la capacidad financiera de la Monarquía; atacada y disminuida además por los piratas y corsarios que infestaban todas las rutas de comercio.

Lo mismo que ahora, ante la crisis general de recursos financieros y económicos, se alzan voces pidiendo “reformar el capitalismo”, cambiar los principios y métodos de la economía y adoptar inmediatas reformas estructurales para salvar el sistema; también, en la segunda mitad del siglo XVI, ciertos pensadores y tratadistas – a los que se conoce como “Arbitristas” – decidieron escribir al rey Felipe grandes “Relaciones” o “Memoriales” en los que se arbitraban las fórmulas para detener la crisis y transformar los modos y modas de la economía para salvar, al menos, la economía española, de la que dependían, en cierta forma, todas las demás.

Fueron, sin duda, los primeros “economistas” que aportaron teorías – a veces curiosas – sobre los factores esenciales y básicos de la actividad productiva: Pierre Vilar los llamó “Bullonistas”, o “proto – mercantilistas”; y, aunque Felipe II no los tuvo muy en cuenta a la hora de dirigir su reino; dejaron un conjunto de tratados y escritos que hoy tienen su importancia como puntos de referencia históricos.

El primero, y más importante, fue Luis de Ortiz, uno de los Contadores de la Real Hacienda, que en 1558 envió al rey el “Memorial para que no salgan los dineros de España”, con una serie de iniciativas que – vistas desde nuestro propio tiempo – serían de gran importancia.

Proponía Luis de Ortiz incrementar la productividad y el trabajo; desterrando el ocio de las clases privilegiadas y de los pícaros y pedigüeños que infestaban las ciudades del reino.

Abolir todas las fronteras interiores que aún existían entre todos los reinos de la Península, que encarecían los productos con aduanas y “almojarofazgos”.

Desamortizar los enormes bienes que acumulaba la Iglesia, que no estaban bien explotados o que se acumulaban – oro, joyas, dineros y rentas – si n producir beneficios.

Que se prohibiese la exportación de oro, plata y otras materias primas sin elaborar. Y que se montasen obrajes y talleres en España para vender al exterior objetos ya manufacturados. Para ello era necesario mejorar las máquinas, los caminos y puertos, organizar los gremios y mercados y que todo el mundo se pusiese a trabajar.

Este sentido “Mercantilista” – que después, en el siglo XVII y XVIII daría lugar a toda una corriente de teorías económicas en Francia – se ampliaría con los escritos del dominico fray Tomás de Mercado, que en 1569 publicó su obra “Summa de tratos y contratos” en la que desarrollaba un peculiar sistema financiero basado en el crédito, el interés, la acumulación monetaria como símbolo de riqueza, y, en definitiva nuevas teorías que desechaban los viejos dogmas del catolicismo y de la Iglesia que tenía todo esto como pecados.

Ni se aplicaron las iniciativas de Luis de Ortiz para incrementar la producción y la riqueza, ni tampoco las de Tomás de Mercado para estimular el comercio y el crédito, con lo que al final del reinado de Felipe II ya se podía intuir que España y toda la Monarquía Católica se iban hundiendo en el “crac” económico y en la decadencia política; aceleradas por las medidas desastrosas que el valido de Felipe III, don Francisco de Sandoval, Duque de Lerma, iba a tomar desde el comienzo de su reinado.

Cáceres, 24 de noviembre de 2008

Marcelino Cardalliaguet Quirant