MURANO, UN MUNDO DE CRISTAL

El corto viaje desde Venecia a Murano es ya motivo de curiosidad y sorpresa. Las pequeñas islas que forman el conjunto del núcleo muranés, están varadas en el centro de la laguna véneta, y separadas de la ciudad de los canales por unos quilómetros de agua turbia, espesa y oscura, que chapotea con insistencia en los costados del “vaporetto”, atestado de turistas, que nos conduce hasta los diversos embarcaderos o pantalanes que hacen de paradas.

Desde la estación de ferrocarril – la popular “Ferrovía” de las guías venecianas – en donde nos embarcamos en esa especie de autobuses flotantes que son los “vaporettos”, torcemos por el Canal Grande, el que separa las islas de San Marcos y Rialto, enfilando hacia la laguna abierta por delante de la elegante fachada de la Universidad de Venecia “Ca´ Foscari”, en su edificio central; ya que el resto de facultades y escuelas se reparten por toda la ciudad.

Seguimos navegación, entre el ruido inmisericorde de los motores del barco y los embates y chapoteos del agua; siguiendo una de las rutas señalizadas en la laguna mediante postes y luces para evitar que las embarcaciones queden embarrancadas en los bajíos y arenales que forman el fondo de la inmensa laguna o golfo de Venecia. Bordeamos la fachada norte del caserío veneciano, que vamos adivinando y reconociendo, a medida que nos separamos, en la silueta de sus torres y cúpulas, hasta que se alejan de nuestra perspectiva en uno de los giros y rodeos del viaje.

Sigilosamente nos acercamos a la inquietante isla de San Michele, donde se encuentra el “Cimentero”, que muestra sus cruces y agudos cipreses por encima de la valla marmórea que le sirve de cerramiento. En el pantalán flotante de su embarcadero, hasta los motores del “vaporetto” parecen guardar un respetuoso silencio.

Dejando a babor esta solemne isla de los muertos, ponemos rumbo a las instalaciones de uno de los numerosos clubs náuticos que hay en los aledaños de esta ciudad, nacida y tributaria del mar. Un poco más allá, otro embarcadero hace de dársena de una de las grandes vidrierías que nos anuncian la proximidad de Murano. Enfilando por el Canal Largo, que separa dos de sus islas, nos introducimos en el centro de esta peculiar población, rodeados de motoras, chalupas y embarcaciones de todo tipo; con la típica decoración de edificios, de fachadas e iglesias antiguas, decoradas en un estilo indiscutiblemente veneciano.

Nada más descender de la grasienta motonave, en la dársena flotante llamada: “Murano – Museo” se da uno cuenta de que ha llegado a un espacio mágico, en el que el cristal de vivos colores y formas reina por doquier, en escaparates, exhibidores, monumentos y personas.

Incontables tiendas, flanqueando los principales canales, o en las estrechas calles y recogidas plazas que forman el típico viario de Murano, ofrecen desde sus escaparates y mostradores los más variados objetos, figuras, formas y adornos de cristal brillante, polícromo, cuajado de irisaciones y matices, con el que se han ensartado pulseras, collares, broches y adornos personales, para combinarlos con todos los posibles o imaginables vestuarios femeninos.

Además de las tiendas y de sus exhibidores, hay numerosas y vistosas exposiciones de figuras, jarrones, lámparas y conjuntos ornamentales para salones, jardines y espacios domésticos destinados al lujo y la ostentación; para los que los diseñadores y artistas del cristal han creado obras espectaculares y sorprendentes, en los que se refleja y se combina la luz en brillos y coloraciones inusitadas. El cristal se convierte aquí en objetos casi mágicos de vivas transparencias, donde aparecen joyas, gemas de vivos colores y brillos, trasmutadas en obras de arte, como los “relojes blandos” de Salvador Dalí, los rostros de mujeres “cubistas” de Pablo Picasso, o en los pájaros y paisajes “surrealistas” de Joan Miró, sacados y materializados fuera de los lienzos.

Las fábricas y fundiciones de vidrio están abiertas al público que llena las angostas calles de Murano. El proceso de soplado, cortado y modelado del cristal ardiente es un espectáculo muy original e irrepetible, que los turistas procuran recoger con detalle en sus “digitales” y cámaras, reflejando la habilidad y rapidez con la que los operarios manejan las cañas de soplado, las tenazas y pinzas para dar formas, delante de los hornos rugientes de fuego blanco, en los que recalientan frecuentemente cada pieza.

El “Cristal de Venecia” ya era apreciado y valioso en la Edad Media, cuando se abrieron los mercados de toda Europa al encanto de su belleza. Entonces su artesanía y fabricación se hacía en toda la ciudad y llenaba las flotas de la Serenísima República de San Marcos para venderlo en los puertos de todo el Adriático, del Mediterráneo e, incluso, del Océano Atlántico. Pero, en 1292, el Doge y su Consejo decidieron prohibir las “vetrerías” en el centro de Venecia, por el peligro constante de que el fuego de sus hornos prendiese en las estructuras de madera de las casas que formaban el núcleo de la población provocando una catástrofe que destruyese la ciudad.

Se designó entonces a estas pequeñas islas como lugar de ubicación de las industrias del vidrio; alejadas lo suficientemente de Venecia como para eludir el riesgo de destrucción de palacios y basílicas; pero también lo suficientemente cercanas como para considerarlas parte de la ciudad misma, siendo gobernadas y administradas por un “podestá” nombrado por el mismo Doge.

En las guías turísticas habituales, nos describen los monumentos y peculiaridades de Murano con ese lenguaje llano y directo con el que se intenta captar el interés del viajero curioso y adinerado que visita preferentemente Venecia. En ellas nos hablan de las iglesias de

, de Santa Maria degli Angeli, de la de los santos Maria e Donatto, remedos humildes de las grandes basílicas e iglesias venecianas. De los viejos palacios renacentistas y del “Museo Vetrario” que se ubica en el Palazzo Giustiniano, en el que podemos admirar y recorrer la historia completa de esta peculiar “arte vetraria” que ha dado fama y riqueza a los muraneses.

También nos describen, al socaire de la enumeración de las iglesias, las pinturas y frescos que los artistas de la Escuela Veneciana dejaron plasmadas en Murano, pagadas espléndidamente por los ricos gremios y cofradías de la isla. Los cuadros de Palma “El Viejo”, de Giovanni Bellini, del Giorgione, o los frescos de Tiziano, Veronese o Tintoretto, haciendo de Murano otro de los numerosos y bellos museos d e la ciudad de los canales.

Pero, es sin duda, en el cristal vivo y fulgurante del que están hechos los objetos que allí se venden y exhiben donde mejor podemos captar el espíritu y el alma de Murano. Algunas de estas grandes “vetrerías” que se reparten por los canales han decorado sus aledaños con figuras y fuentes, para que el viandante perciba la ostentosa plasticidad del vidrio como material decorativo. En la placita de San Pietro Martire, ante el campanile de estilo casi bizantino, se ha situado una gran escultura de cristal, de formas puntiagudas y verdes, que restallan en el aire como una explosión de color. En otra plaza ajardinada, un haz de cañas de cristal dorado surgen del suelo para elevarse hasta más de tres metros entre destellos de luz y opulencia.

En muchos de los alfeizares de las ventanas, en las balaustradas de las escalinatas, en los adornos de los jardines, la presencia del cristal de mil formas y colores subraya la riqueza y buen gusto de sus propietarios y titulares. En los salones y estancias de los palacios, árboles de vidrio de notables proporciones sostienen en sus ramas trasparentes multitud de pajarillos de colores vivos que parecen piar y revolotear con sus alas de cristal desplegadas.

Hermosas visiones y sensaciones que se van desvaneciendo al regresar, de nuevo, al ruidoso “vaporetto” que nos ha de conducir a Venecia, entre vaivenes de las aguas de la laguna y los chapoteos incesantes que parecen despedirte al llegar al pantalán de la “Ferrovia”.

Frente a nosotros, cuando nos bajamos de la embarcación, ese nuevo puente tendido por Santiago Calatrava sobre el Canal Grande, para llegar a Piazzale Roma. El “puente de los resbalones”, como le han calificado ya los venecianos – muy críticos con su estructura moderna y aerodinámica – ante la inseguridad que tiene el viandante por su pasarela pulida o con pequeños e invisibles escalones.

En las calles y “rios” de Venecia, el recuerdo de Murano está siempre presente en el espectáculo continuo de sus tiendas y escaparates atestados de objetos y adornos de cristal.

Marcelino Cardalliaguet Quirant
Cáceres, Septiembre de 2008

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Un comentario el “MURANO, UN MUNDO DE CRISTAL

  1. Hans Lhotzky dice:

    Un viaje lindo y lleno de los artes. Estos cuadros de Palma, con los nymphos enormes es solament unos kilometros al norte en Vienna.
    Saludos, Hans L.

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