CRISIS SOCIAL, RELIGIOSA Y POLÍTICA EN EL REINADO DE FELIPE II

Uno de esos momentos a tener en cuenta es la muerte del rey Felipe II de Habsburgo, en 1598, cuando España no era precisamente la “octava potencia económica del Mundo”, sino la primera; y cuando una grave y prolongada crisis universal puso en solfa los principios ideológicos y económicos en los que se ordenaba la convivencia internacional y las bases de la economía de las naciones.

Creo que es motivo suficiente como para que hablemos de ella – de la “Crisis” del siglo XVI – con detenimiento y profundidad.

Los diez primeros años del gobierno personal de Felipe II fueron, si duda, una continua crisis interna de aquella inmensa confederación de estados que había heredado de su padre, el Emperador Carlos V – la que entonces se conoció como “Monarquía Católica”, que abarcaba casi media Europa y una notable proporción de otros continentes: el Nuevo Mundo, África y Asia – y de los compromisos y alianzas internacionales que se vio obligado a concertar para dar mayor seguridad y cohesión a sus reinos.

Don Felipe de Habsburgo fue el monarca más poderoso de su tiempo, “En cuyos dominios nunca se ponía el Sol”, pues se extendían alrededor de todo el planeta; y cuando en unos anochecía, en otros estaba amaneciendo. Pero también fue el monarca más desdichado, triste y taciturno, siempre vestido de luto por la muerte de alguna de sus cuatro esposas o de sus numerosos hijos; o lamentando alguna confabulación, fracaso político o derrota, de las que sufrió en su dilatado reinado, desde 1556 hasta su muerte en 1598.

Entre 1558 – año en que murió Carlos V en Yuste, cuando su hijo llevaba ya dos años gobernando como soberano – y 1568, se van a plantear o agravar una serie de procesos históricos, en los distintos ámbitos de la vida familiar, económica, religiosa, en la defensa de sus dilatados territorios o del catolicismo ortodoxo en el que basó su política exterior; que pusieron a este Monarca en graves trances personales y al reino entero en una profunda revisión de fundamentos ideológicos, que obligarían a don Felipe – que era de naturaleza retraída, tímida, reflexiva e indecisa – a tomar graves decisiones iban a influir negativamente en su personalidad y en su mala fama posterior.

Decisiones tajantes y, a veces, poco acertadas, que siempre estuvieron motivadas por los aires de dogmatismo e inflexibilidad que se iban instalando en la Iglesia Católica a raíz del Concilio de Trento. Doctrinas y planteamientos inflexibles que él consideró siempre que eran el cimiento y el cemento político de su Monarquía.

De esas medidas, drásticas y terminantes, nació la “Leyenda Negra” que le calificó de tirano fanático, de monarca cruel y sanguinario, o de “Diablo Negro del Sur”, el calificativo que le endosaron varios tratadistas o escritores coetáneos, – flamencos, ingleses y franceses, – seguidores de los nuevos planteamientos del “Luteranismo” o del “Calvinismo”.

Estos procesos históricos, así como varios acontecimientos luctuosos que se dieron estrechamente concatenados, vinieron a coincidir en el desdichado año 1568, que fue posiblemente el año más dramático de su reinado, y del que se derivaron peores consecuencias para los estados y naciones que formaban la Monarquía.

Para una mejor comprensión de sus planteamientos y desarrollo, vamos a desglosar el tema en cuatro planos de análisis, que nos permitan ver la historia de este período y sus personajes, con una perspectiva más diáfana. Con una secuenciación de acontecimientos mejor engarzada de lo que suele estar en los manuales al uso.

En primer lugar, vamos a considerar los problemas personales y familiares, que tuvieron una honda trascendencia en todas las Cortes europeas y en la misma continuidad de la Monarquía Hispana. Tengamos en cuenta que estos monarcas absolutos eran el eje sobre el que giraban todas las instituciones del Estado: “L´Êtat c´est moi”, decía Luis XIV un siglo después.

De su primer matrimonio con su prima hermana María Manuela de Portugal, Felipe II tuvo un único hijo – nacido en 1544 – ya que la princesa murió como consecuencia del parto. El Príncipe Don Carlos, que desde niño había dado muestras de esquizofrenia, de autismo y de otros desequilibrios mentales que su padre procuraba ocultar al mundo; pues, en 1568, con 24 años, era el único heredero a la Corona castellana, y esto representaba ya un peligro para la estabilidad y equilibrio de Europa.

Esta ocultación de los defectos e insensateces de Don Carlos: sus manías persecutorias, sus alianzas con protestantes o masones, o los abusos que cometía en sus encierros y aislamientos, fue muy perjudicial también contra el propio Monarca; ya que sus enemigos y detractores hicieron del Príncipe un mártir romántico y bondadoso frente a la maldad de su padre ( Schiller en su famosa obra de Teatro: “Don Carlos” le convirtió en un héroe del Romanticismo ).

Ese año de 1568, Felipe II tuvo que ordenar su aislamiento para evitar los contactos y contubernios del Príncipe con los rebeldes de los Países Bajos y con los protestantes; pero durante este encierro, Don Carlos enfermó gravemente y murió a comienzos del verano.

El tema era peliagudo, porque la Monarquía quedaba sin sucesión; ya que del segundo matrimonio con la reina de Inglaterra, María Tudor – “Bloody Mary”: María la Sanguinaria, como la llamaban los protestantes ingleses – no había descendencia, y en todos los estados europeos se tuvo la sensación de que la inestabilidad de la Corte de Madrid podría significar, en un momento de grave crisis, la inestabilidad del Mundo.

La única esposa que debió despertar realmente su amor – ya con 32 años y ella con 16 – sería Isabel de Valois. Aquella delicada princesa francesa, de la misma edad que su hijo, que selló con su matrimonio la paz más duradera entre Francia y Castilla – la de “Cateau – Cambresís” – firmada en 1559; en cuyas fiestas y celebraciones moriría accidentalmente el rey Enrique II, que confió a Felipe II, en el lecho de muerte, la protección de los Valois y del catolicismo francés, gravemente amenazado por los “Hugonotes” calvinistas.

Con Isabel tuvo dos hijas que no acababan de solventar el problema de la sucesión: Isabel Clara Eugenia, la mayor, la preferida de Felipe II, destinada a desempeñar importantes papeles en la política exterior de su padre. Y Catalina Micaela, de resultas de cuyo parto murió la reina en octubre de aquel mismo año.

La desaparición de Isabel causó en Felipe II una honda tristeza que le llevó a aislarse, cada vez más, en su retiro monástico de El Escorial; y a abandonar el Alcázar de Madrid en el que había tenido mucha mayor comunicación con los embajadores extranjeros y con sus propios cortesanos y secretarios.

Quizá la muerte de Isabel de Valois pueda considerarse como el momento de la inflexión más negativa en el desarrollo cronológico del reinado. Los treinta años siguientes, hasta 1598, fueron ya períodos de continuo batallar, de resolver encrucijadas penosas y de intentar asegurar la sucesión a la Corona con el nuevo matrimonio con su sobrina Ana de Austria.

Con motivo de la muerte del Príncipe heredero, y con el fin de buscar una salida dinástica dentro de la propia familia, vinieron de Austria sus sobrinos, hijos de su primo Maximiliano II y de su hermana María: Ernesto, Rodolfo y la jovencísima Ana, con el fin de educarse en Castilla; por si alguno de ellos hubiera de ocupar el Trono de Madrid.

Rodolfo estaba destinado a ser Emperador en Viena, era un típico Habsburgo: comilón, bebedor y algo degenerado; Ernesto sería nombrado pronto rey de Bohemia, y marchó a Praga; Ana, finalmente, fue desposada por Felipe II en 1571 – cuando el contaba con 44 años y ella apenas 14 – en un nuevo intento de conseguir heredero.

El hermano menor de la nueva reina: Alberto, contrajo matrimonio, más adelante con Isabel Clara Eugenia, la hija mayor de Felipe – y por tanto su prima carnal – a los que nombró gobernadores de Flandes y los Países Bajos para terminar con un conflicto civil y religioso que había durado casi treinta años.

Se cumplía así la repetida y nefasta política “faraónica” de los Austrias, casándose siempre entre los miembros de la misma dinastía – los faraones de Egipto se casaban con sus hermanas – hasta llegar a la degeneración física y mental de sus últimos representantes.

Efectivamente, su sobrina Ana de Austria le dio cinco hijos, de los cuales tres murieron siendo niños: Fernando, que falleció en 1578; Carlos Lorenzo, que murió con meses y Diego, que desapareció en 1582. Solo sobrevivieron: Felipe Próspero, que fue Felipe III y la menor de todos: María, de cuyo parto murió la reina en 1580.

Los avatares familiares, que hicieron de Felipe II uno de los monarcas más huraños y desdichados del siglo XVI, estuvieron estrechamente relacionados con la crisis religiosa e ideológica que había estallado ya en tiempos de Carlos V; pero que tomaría sus tintes más dramáticos y sangrientos en esta segunda mitad del siglo XVI en toda Europa.

Carlos V había intentado evitar este cisma religioso, desatado por Lutero en Alemania, aconsejando a su hijo, desde Yuste, a donde se había retirado en 1556, que no consintiera ninguna veleidad con el Dogma Católico, ni con la fidelidad al Papa de Roma.

Sabía por experiencia que el “Luteranismo” era demoledor para las viejas ideas medievales de sumisión absoluta al Dogma; de obediencia a la jerarquía pontificia; de sacralización de la Monarquía y de la Iglesia; y para otros pilares de la mentalidad católica: Sacramentos, celibato sacerdotal, libertad de interpretación del Evangelio, justificación por la Fe; etc.

Por ello, le animó a que reforzase el poder de los Tribunales de la Santa Inquisición; que reprimiese cualquier herejía – incluso el “Erasmismo” que él había profesado – y que todos los sospechosos de heterodoxia con respecto al dogma fueran llevados a la hoguera o a las prisiones inquisitoriales. Una especie de lucha contra el “Terrorismo” ideológico que se había desatado en Alemania, con los “anabaptistas” y Munzer; lo que para Carlos V representaba toda la Reforma.

En 1557 se celebraron los famosos “Autos Sacramentales” de Valladolid y Sevilla, donde ardieron los principales protestantes de Castilla, después de ser sometidos a tormentos y procesos terribles. Muchos de ellos eran figuras conocidas y apreciadas por el propio Emperador. Incluso, el Arzobispo de Toledo, fray Bartolomé de Carranza, y otros personajes de la Corte, cayeron en poder de los insaciables inquisidores: San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León, etc. Para mayor desdicha, su propio hijo y heredero, don Carlos, como hemos dicho antes, sería confinado en sus estancias y habitaciones del Alcázar de Madrid para evitar que mantuviera contactos políticos con los protestantes flamencos, en contra de su propio padre.

La Universidad de Alcalá, en la que había prendido el “Erasmismo” entre sus profesores y alumnos – como Juan Gil “Egidio”, el Dr. Agustín Cazalla, Constantino Ponce, etc. – fue sometida a una feroz censura, y fueron procesados sus miembros. Por Extremadura y Castilla se extendieron los “Alumbrados”, que fueron juzgados y condenados en Llerena.

Los humanistas y pensadores se vieron forzados a huir a Italia, Francia o los Países Bajos, como Juan Luis Vives. Incluso ilustres extremeños, como Francisco Sánchez de Las Brozas, Benito Arias Montano y otros, serían procesados por sus escritos u opiniones.

El pensamiento o la innovación científica quedaron cercenados y censurados, hasta el punto de que se prohibió que los jóvenes españoles saliesen a estudiar a las Universidades del extranjero. Solamente se autorizaba ir a Bolonia, que era una Universidad Pontificia.

En 1564 concluyó en Italia el Concilio de Trento – inspirado y controlado por los jesuitas – y el Papa Pío IV confirmó todas sus conclusiones, Capítulos y Actas. Inmediatamente, Felipe II ordenó que fueran aplicadas con todo rigor en todos los territorios de la Monarquía, exigiendo al fanático Fernando de Valdés – que entonces era Inquisidor General – que no se diera tregua ni descanso a cualquier desviación doctrinal con relación a estas Actas o Capítulos de Trento.

En dos espacios territoriales, estas exigencias provocaron rebeliones y levantamientos inmediatos: En Granada, donde los “moriscos” gozaban de una relativa libertad de cultos, creencias y comportamientos, con relación al Islam, desde la época de los Reyes Católicos, después de la Segunda Guerra de Granada (1500 – 1502).

Y en Flandes, especialmente en las provincias de Holanda, Zelanda y Frisonia, en las que había prendido con fuerza el “Calvinismo” entre la burguesía rica e industriosa del norte.

De la rebelión granadina y de la “Guerra de Las Alpujarras” – que duraría desde 1568 hasta 1571, con sus graves implicaciones internacionales, muy especialmente en el ámbito del Mediterráneo – nos ocuparemos en otro debate que vamos a dedicar a la “Expulsión de los Moriscos” de 1609. Cuando, al año que viene, se cumplan los cuatrocientos años de ese desdichado acontecimiento de nuestra historia, que tanto se dejó sentir en Extremadura.

En los Países Bajos, en los que se ordenó de inmediato aplicar las conclusiones de Trento y abrir Tribunales del Santo Oficio (“Tribunales de la Sangre”, como los llamaban los holandeses ) la desafección – incluso de los católicos – al principio; y la rebelión después provocarían una larguísima guerra “europea” – en prácticamente todos los países de Europa, que conocemos como “Guerras de Religión” – que acabaría por hundir las finanzas y las fuerzas políticas y militares de la Monarquía.

Existen muchos paralelismos, creo yo, entre aquella secuencia histórica y la que actualmente vivimos en el mundo; cambiando lo que entonces era el “Protestantismo” o “Reforma” por lo que hoy es el “Islamismo” radical y su extensión por el Oriente Medio.

El Duque de Alba ocupó militarmente las provincias flamencas cuando la Gobernadora – hermana de Felipe II – Margarita de Parma se marchó a Italia y se desentendió del tema. Casada con un hijo del Papa Paulo III, llamado Octavio Farnesio, su hijo Alejandro – primo hermano de Felipe II – iba a ser otro de los grandes generales de los Tercios de Flandes en esta interminable guerra.

Alba se portó entonces como si hubiera ocupado Irak; detuvo y ejecutó a los condes de Egmont y Horn – católicos que querían venir a Castilla para pedir al rey que no impusiera allí la Inquisición – permitió el “Saqueo de Amberes”, que debió ser como la destrucción de Bagdad; y decretó una persecución general y violenta contra calvinistas, “pordioseros” – nombre que adoptaron los rebeldes contra España – y partidarios de Guillermo de Orange; que ser casi un hermano para Felipe II – cuando vivía su padre – se convirtió en uno de sus peores enemigos y detractores.

Las guerras de Flandes fueron un verdadero “cáncer” para la monarquía filipina. En su sostenimiento se invirtieron millones de maravedís, escudos, ducados, florines y toda clase de divisas monetarias. El rey declaró en varias ocasiones la “bancarrota” de la Corona y esto provocaría una “crisis financiera” en todas las grandes Casas de Banca alemanas, italianas, flamencas – los Fugger, Weltzer, Centurione, Spínola, Affaitedi, etc. – y hasta españolas, que eran mucho menos importantes por causas religiosas.

Las enormes cantidades de oro y plata que llegaban desde el Nuevo Mundo a Sevilla no fueron suficientes para estabilizar las finanzas de la Corona – a pesar de que fueron a engrosar inmediatamente las cajas bacías de los bancos – y la inflación y la subida de los precios fue imparable. Ni siquiera el descubrimiento de la montaña de plata de Postosí, en 1561; o de los yacimientos de azogue de Huancavélica, en 1571; paliaron esta penuria de medios financieros y monetarios.

Este fenómeno comercial y financiero se ha llamado recientemente “Revolución de los Precios”, que partiendo de España afectó a todo el mundo occidental; y fue en él se fraguó – según algunos autores norteamericanos – una reforma de las bases económicas reinantes, que dieron lugar al “Capitalismo”. Sistema que hoy mismo se dice que hay que volver a reformar por otra crisis monetaria internacional que ha tenido resultados muy parecidos.

Esta desesperada lucha contra el “Terrorismo espiritual” de los protestantes, llevó a las fuerzas militares y diplomáticas españolas a conflictos en Francia, en donde la suegra del monarca español, Catalina de Médicis – viuda de Enrique II – le pidió protección para que defendiera a su país de los “Hugonotes” y de su jefe Enrique de Borbón, rey de Navarra, que aspiraba a terminar con la dinastía Valois.

Esta misma Cruzada Universal contra los herejes enfrentó a Felipe II a la Inglaterra de Isabel I, su cuñada, a quien también había pedido en matrimonio cuando murió María. Una guerra esencialmente naval y económica que se resolvería negativamente en la costosísima y desafortunada campaña de La Armada Invencible, que tanto influyó en el cambio de los parámetros de la navegación universal.

Desde la antigüedad romana, el dominio del Mediterráneo había sido el dominio naval universal; y las condiciones climáticas y geográficas del Mediterráneo habían impuesto a lo largo de la Edad Media, un determinado tipo de barcos movidos a remo y vela, que exigían una gran “chusma” de galeotes; de instrumentos de navegación basados en las “ cartas portulanas” y en el conocimiento de las costas; de capacidad limitada de las naves, que las obligaba a un tipo de comercio muy peculiar y selectivo en el que triunfaron armadores privados, almirantes y comerciantes de Venecia, Pisa, Génova o los corsarios del Norte de África.

Todo este mundo mediterráneo y sus formas y modos de dominar los mares se cerró en la batalla de Lepanto, en 1571, pues el dominio del mar interior ya no significaba una preeminencia universal en el resto del Océano. Por el contrario, la formación de la “Gran Armada” española en el Atlántico, contando con una ingeniería naval totalmente distinta, métodos de navegación diferentes, impulsión radicalmente diferente y una potencia armamentística que en nada se parecía a los medios de lucha en el mar de los barcos mediterráneos, significó una nueva forma de dominar los mares, que exigía medios económicos y financieros inmensamente superiores a los manejados por las pequeñas repúblicas mercantiles italianas, o por marineros como Andrea Doria, Alí Pachá, Kairedin “Barbarroja” o don Álvaro de Bazán, el más eminente de los armadores españoles del momento.

Al perder a la Armada Invencible, España perdió ya la posibilidad de seguir siendo la primera potencia naval del mundo. Lugar que, en los siglos sucesivos, ocuparía Inglaterra.

La ultima secuencia de su reinado y la que dejó consecuencias más positivas – al menos en los siguientes ochenta y cinco años – sería la incorporación de Portugal a la Monarquía Católica, con todo su enorme Imperio Territorial, que se extendía a lo ancho de todo el Universo.

Felipe II fue un niño portugués desde su nacimiento, como hijo de la Emperatriz Isabel y nieto de don Manuel El Afortunado. El primer idioma que habló fue el lenguaje de Camoens, que lo aprendió de su madre y de doña Leonor de Mascareñas, su aya y nodriza. Por todo ello, al morir don Sebastián en Alcazarquivir, y el Cardenal Infante don Enrique, de cortísimo reinado, los derechos a la Corona Lusa le pertenecían, aunque el Prior de Crato, don Antonio, se los disputase abiertamente.

La campaña de Portugal, llevada a cabo por el insustituible Duque de Alba, fue breve y de una gran efectividad. Felipe II sería proclamado en la Cortes de Tomar, a donde llegó después de pasar y descansar en Guadalupe – Real Monasterio y Sitio que jugaría un papel muy importante en las decisiones políticas de los reyes de la Casa de Austria – para ser reconocido por todos los estamentos lusitanos.

Don Felipe I – como se le conoce en los anales históricos portugueses – abría una época nueva: la época de los Austrias, que fue, como en España, una época de plenitud efímera y de largas decadencias. La vieja fórmula de la monarquía dual, que los Reyes Católicos inauguraron con la unión de Aragón y Castilla, se volvió a repetir ahora con Portugal. Cada reino conservó sus instituciones, sus fronteras, su diplomacia y su cultura; la unión solo se producía en la Corona y en la persona del Monarca; todo lo demás continuaba como antes. Aunque hay que precisar que para el resto de los Estados de Europa, especialmente los enfrentados o competidores de España, la cosa no era así: Portugal pasó a formar parte de la Monarquía Católica; y por tanto pasó a ser enemiga de Inglaterra, de Holanda, de la Francia de los Borbones y de los estados protestantes del Norte.

El esfuerzo defensivo creció enormemente, pues las flotas y armadas hispano-portuguesas tuvieron que recorrer todos los océanos y cabotar por todas las costas y puertos de los tres continentes. Este esfuerzo económico superó con mucho la capacidad financiera de la Monarquía; atacada y disminuida además por los piratas y corsarios que infestaban todas las rutas de comercio.

Lo mismo que ahora, ante la crisis general de recursos financieros y económicos, se alzan voces pidiendo “reformar el capitalismo”, cambiar los principios y métodos de la economía y adoptar inmediatas reformas estructurales para salvar el sistema; también, en la segunda mitad del siglo XVI, ciertos pensadores y tratadistas – a los que se conoce como “Arbitristas” – decidieron escribir al rey Felipe grandes “Relaciones” o “Memoriales” en los que se arbitraban las fórmulas para detener la crisis y transformar los modos y modas de la economía para salvar, al menos, la economía española, de la que dependían, en cierta forma, todas las demás.

Fueron, sin duda, los primeros “economistas” que aportaron teorías – a veces curiosas – sobre los factores esenciales y básicos de la actividad productiva: Pierre Vilar los llamó “Bullonistas”, o “proto – mercantilistas”; y, aunque Felipe II no los tuvo muy en cuenta a la hora de dirigir su reino; dejaron un conjunto de tratados y escritos que hoy tienen su importancia como puntos de referencia históricos.

El primero, y más importante, fue Luis de Ortiz, uno de los Contadores de la Real Hacienda, que en 1558 envió al rey el “Memorial para que no salgan los dineros de España”, con una serie de iniciativas que – vistas desde nuestro propio tiempo – serían de gran importancia.

Proponía Luis de Ortiz incrementar la productividad y el trabajo; desterrando el ocio de las clases privilegiadas y de los pícaros y pedigüeños que infestaban las ciudades del reino.

Abolir todas las fronteras interiores que aún existían entre todos los reinos de la Península, que encarecían los productos con aduanas y “almojarofazgos”.

Desamortizar los enormes bienes que acumulaba la Iglesia, que no estaban bien explotados o que se acumulaban – oro, joyas, dineros y rentas – si n producir beneficios.

Que se prohibiese la exportación de oro, plata y otras materias primas sin elaborar. Y que se montasen obrajes y talleres en España para vender al exterior objetos ya manufacturados. Para ello era necesario mejorar las máquinas, los caminos y puertos, organizar los gremios y mercados y que todo el mundo se pusiese a trabajar.

Este sentido “Mercantilista” – que después, en el siglo XVII y XVIII daría lugar a toda una corriente de teorías económicas en Francia – se ampliaría con los escritos del dominico fray Tomás de Mercado, que en 1569 publicó su obra “Summa de tratos y contratos” en la que desarrollaba un peculiar sistema financiero basado en el crédito, el interés, la acumulación monetaria como símbolo de riqueza, y, en definitiva nuevas teorías que desechaban los viejos dogmas del catolicismo y de la Iglesia que tenía todo esto como pecados.

Ni se aplicaron las iniciativas de Luis de Ortiz para incrementar la producción y la riqueza, ni tampoco las de Tomás de Mercado para estimular el comercio y el crédito, con lo que al final del reinado de Felipe II ya se podía intuir que España y toda la Monarquía Católica se iban hundiendo en el “crac” económico y en la decadencia política; aceleradas por las medidas desastrosas que el valido de Felipe III, don Francisco de Sandoval, Duque de Lerma, iba a tomar desde el comienzo de su reinado.

Cáceres, 24 de noviembre de 2008

Marcelino Cardalliaguet Quirant

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